Cicatrices ocultas

12- Un mundo por descubrir

CAPÍTULO 12

Nuestro pequeño mundo

Las semanas habían transcurrido con una cadencia dulce y pausada, convirtiendo lo que al principio parecía una sucesión de encuentros improvisados en algo mucho más profundo y estable.

Lo que había comenzado con unos cuantos mensajes, algunas comidas compartidas y paseos marcados por la timidez se había transformado en una relación llena de complicidad, confianza y pequeños gestos cotidianos. Ya no necesitaban buscar excusas para verse ni pensar demasiado qué podían hacer juntos. Habían llegado a ese punto en el que la compañía del otro se había convertido en una parte natural de sus vidas.

Poco a poco, habían aprendido a conocerse de verdad.

Tomeu sabía distinguir cuándo Manoplas estaba especialmente contento por la manera en que se le iluminaban los ojos, cuándo necesitaba un poco de tranquilidad o cuándo sus silencios escondían alguna preocupación que todavía no se atrevía a expresar. También había descubierto que, detrás de aquella timidez que tanto lo había caracterizado, se escondía un sentido del humor extraordinario, lleno de ocurrencias inesperadas y comentarios que conseguían arrancarle carcajadas incluso en los días más agotadores.

Manoplas, por su parte, había descubierto muchas cosas de Tomeu. Conocía sus bromas recurrentes, sus manías después de una jornada de trabajo y aquella costumbre tan suya de acercarse por detrás para rodearle la cintura cuando estaban juntos en casa. También había aprendido a reconocer sus muestras de cariño: los besos distraídos en la mejilla, las caricias en el pelo y aquella forma tan especial de entrelazar sus dedos con los suyos cuando caminaban por la calle.

Eran pequeños detalles que, sin hacer demasiado ruido, habían terminado construyendo algo muy importante.

Ya no necesitaban grandes acontecimientos para sentirse felices.

A veces, bastaba con compartir una tarde cualquiera.

Una mañana de sábado, mientras la luz otoñal se filtraba suavemente entre las cortinas de su habitación, el teléfono de Manoplas comenzó a vibrar sobre la mesita de noche.

Todavía medio dormido, estiró el brazo para alcanzarlo.

Era Tomeu.

—Buenos días, dormilón. ❤️

Manoplas entreabrió los ojos y sonrió antes de responder.

—Buenos días. ¿Ya estás despierto?

—Hace horas. Algunos tenemos responsabilidades.

—Qué insoportable eres antes del mediodía.

—Pero me adoras.

—Lamentablemente, sí. Jajajaja.

La respuesta llegó acompañada de varios corazones.

Después apareció un nuevo mensaje.

—¿Qué planes tienes para hoy?

Manoplas se incorporó lentamente y recorrió con la mirada su habitación. La cama todavía estaba deshecha, el ordenador permanecía encendido en modo de espera y sobre la mesa descansaban algunos objetos que había dejado allí la noche anterior.

En otras circunstancias, probablemente habría pasado buena parte del sábado disfrutando de sus series y de la tranquilidad de su casa.

Pero aquella mañana tenía ganas de algo diferente.

—Ninguno por ahora. ¿Por qué?

—Había pensado que podríamos ir a comer fuera y después dar una vuelta. Hace un día estupendo y no estaría mal aprovecharlo.

—Me parece un plan excelente.

—¿Seguro? Si prefieres quedarte descansando, tampoco pasa nada.

—Que sí, pesado. Tengo unas ganas enormes de verte.

Tomeu respondió inmediatamente.

—Pues sécate las lágrimas de emoción, que esta tarde nos pertenece.

Manoplas soltó una carcajada y dejó el teléfono sobre la cama.

Se quedó unos segundos mirando el techo, disfrutando de aquella sensación tan agradable de tener algo bonito que esperar.

Hacía mucho tiempo que no se despertaba un sábado con semejante ilusión.

A las doce y media comenzó a prepararse.

Abrió el armario y estuvo observando durante unos instantes la ropa que tenía colgada. Finalmente eligió una camiseta de algodón que le gustaba especialmente, unos vaqueros cómodos y sus zapatillas favoritas.

Después se acercó al espejo del recibidor, se arregló el pelo con los dedos y se aplicó un poco de su colonia preferida.

Durante unos segundos se observó con atención.

Todavía había pequeños detalles de su aspecto que no terminaban de convencerlo, pero aquella antigua costumbre de buscar defectos empezaba a perder fuerza.

Ya no necesitaba sentirse perfecto para salir de casa.

—Bueno... Pues tampoco está mal —murmuró con una sonrisa.

Cogió el teléfono, se hizo una fotografía frente al espejo y se la envió a Tomeu.

—¿Qué tal el estilismo de hoy?

La respuesta apareció casi inmediatamente.

—Madre mía... ¿Pretendes provocarme un infarto en plena mañana?

—No exageres, hombre.

—No exagero. Estás guapísimo.

—Eso lo dices porque eres mi novio.

—Lo digo porque es verdad. Aunque reconozco que tengo cierta debilidad por ti.

Manoplas sonrió, notando cómo se le encendían las mejillas.

—Guárdate los piropos para cuando me tengas delante.

—Imposible. Desatar tus colores es uno de mis pasatiempos favoritos.

—Qué pesado eres... —murmuró, todavía sonriendo.

Guardó el teléfono en el bolsillo, cogió las llaves y salió de casa.

Al cerrar la puerta, experimentó una sensación que cada vez le resultaba más familiar: la tranquilidad de saber que estaba haciendo algo porque realmente le apetecía.

No había tenido que convencerse durante horas ni buscar excusas para superar la resistencia de salir al exterior.

Simplemente tenía ganas de vivir aquel día.

Tomeu lo esperaba junto a la fachada del restaurante que habían elegido. Cuando lo vio aparecer al doblar la esquina, su rostro se iluminó inmediatamente.

—¡Pero bueno! ¡Si ha llegado mi chico!

Manoplas se acercó sonriendo y se dejó envolver por sus brazos.

—Hola, cariño.

—Hola, guapo. Ven aquí, que tengo que comprobar si estás tan bien como en la fotografía.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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