CAPÍTULO 16
El silencio después de ti
Los días posteriores al accidente se convirtieron en un territorio opaco, desprovisto de referencias, donde Manoplas naufragaba sin mapa ni brújula. El tiempo había perdido su significado y las horas transcurrían unas detrás de otras sin dejar apenas huella, como si el mundo hubiese decidido continuar avanzando mientras él permanecía atrapado en el instante exacto en que su vida se había partido en dos.
Al principio, la mente humana despliega sus mecanismos de defensa más rudimentarios para amortiguar el impacto de lo insoportable. Manoplas experimentaba aquella anestesia emocional de manera intermitente: momentos de absoluta desconexión alternados con episodios de lucidez tan devastadora que apenas podía soportarlos.
Las mañanas llegaban sin ilusión. Las tardes se deslizaban interminables y las noches pesaban como bloques de plomo.
Se despertaba de madrugada con el corazón desbocado, desorientado entre las sábanas, convencido durante unos segundos de que todo había sido una pesadilla absurda. En ese breve intervalo, antes de que la realidad terminase de abrirse paso, todavía existía la posibilidad de que Tomeu estuviera durmiendo en algún lugar, preparando su siguiente turno o pensando en qué decirle cuando volviera a verle.
Entonces, casi por reflejo, su mano tanteaba la mesita de noche en busca del teléfono.
La pantalla se encendía e iluminaba la habitación con su halo frío. Allí seguía todo: la última fotografía de Tomeu, las conversaciones pendientes, los mensajes que ya nunca recibirían respuesta.
Y con aquel destello luminoso, el mundo volvía a derrumbarse.
El dolor no llegaba gradualmente. Se precipitaba sobre él como un alud indetenible. La incredulidad, la rabia, la impotencia y el vacío absoluto se mezclaban en una única sensación de desamparo. No había una parte de su cuerpo que pareciese ajena a aquella pérdida.
Había momentos de flaqueza irracional en los que seguía esperando el temblor familiar del aparato anunciando un mensaje suyo. Cuando el móvil vibraba por cualquier notificación, su corazón daba un vuelco de esperanza ciega. Durante una fracción de segundo, volvía a ser aquel chico que esperaba con ilusión las palabras de su pareja.
Pero después comprobaba que no era él.
Y la decepción se convertía en otra pequeña muerte.
Aun así, abría el chat una y otra vez.
Leía las conversaciones antiguas, contemplaba las imágenes congeladas en el tiempo y repasaba aquellas frases intrascendentes que un día le habían arrancado sonrisas despreocupadas. Ahora, cada sílaba parecía guardar el filo de una cuchilla. Los mensajes continuaban allí, mudos y obstinados, conservando intacta la voz de quien los había escrito, aunque la persona que había detrás de aquellas palabras ya no pudiera volver a pronunciarlas.
Aquella era quizá la parte más cruel: tenerlo todo delante y no poder recuperar absolutamente nada.
Enclaustrado de nuevo en su habitación, Manoplas bajó las persianas hasta sumir el espacio en una penumbra de búnker. Apenas abría las ventanas y había dejado de preocuparse por el aspecto que presentaba el dormitorio. La ropa se acumulaba en una esquina, los vasos vacíos permanecían sobre la mesita y las sábanas adquirían ese aspecto desordenado de quienes han dejado de encontrar motivos para levantarse.
Durante las primeras semanas, el exterior intentó rescatarlo.
Su círculo más cercano le escribió con insistencia, llamó repetidamente a su puerta y le propuso pequeñas salidas, aunque solo fueran unos minutos para tomar algo o caminar sin rumbo. Algunos se ofrecían a quedarse con él, incluso en silencio, conscientes de que cualquier conversación podía resultar inoportuna.
—Venga, Manoplas, date una vuelta corta. Nos sentamos en cualquier sitio y volvemos cuando quieras.
—Hoy no puedo. De verdad que no me apetece...
—No tienes que hablar si no quieres. Solo sal de estas cuatro paredes.
—Prefiero quedarme aquí.
No tenía fuerzas. Ni un solo gramo de energía para sostener una conversación, fingir entereza o escuchar los bienintencionados consejos de quienes le animaban a continuar con su vida.
¿Qué vida?
La que conocía había quedado sepultada bajo el estruendo de un accidente, entre sirenas, cristales rotos y una llamada que jamás habría querido recibir. Levantarse del colchón ya requería un esfuerzo titánico. Ducharse, vestirse o preparar algo de comida se habían convertido en tareas que parecían exigirle una energía que sencillamente no poseía.
La televisión permanecía encendida durante horas, con el volumen tan bajo que apenas se distinguían las voces. Los personajes de las series hablaban, reían, discutían y se enamoraban dentro de una realidad que ya no tenía nada que ver con la suya. A veces Manoplas ni siquiera miraba la pantalla. Necesitaba aquel murmullo de fondo para no sentirse completamente solo con sus pensamientos.
Y después estaba el timbre de la puerta.
El maldito timbre que antes anunciaba el alivio dorado de las entregas y las sonrisas cómplices de Tomeu se había transformado en un recordatorio fantasmal. Durante mucho tiempo, cada vez que sonaba, Manoplas experimentaba una reacción involuntaria. Se incorporaba ligeramente, miraba hacia el pasillo y esperaba escuchar aquella voz familiar al otro lado.
En ocasiones, incluso llegaba a dar un paso hacia la entrada.
Después recordaba.
Y regresaba lentamente a su habitación.
Una tarde, mientras intentaba ordenar con torpeza el cajón inferior del armario, sus dedos rozaron un tejido áspero. Apartó varias prendas y encontró una camiseta oscura que Tomeu se había dejado olvidada tras una de sus cenas improvisadas.
La extrajo con una delicadeza extrema, como si se tratara de una reliquia a punto de desmoronarse.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplándola.
Aquel sencillo trozo de algodón le devolvió de golpe una noche que hasta entonces había permanecido escondida entre los recuerdos: Tomeu acababa de regresar de su turno, llevaba el cansancio dibujado en el rostro y ambos habían terminado acurrucados en el sofá, viendo una comedia absurda en la televisión.