27. Todo era mentira
Manoplas llevaba varios días intentando asimilar lo que estaba sucediendo. La aparición de aquella imagen había cambiado por completo su manera de ver las cosas. Lo que hasta entonces había considerado una relación basada en la confianza se había convertido en una fuente constante de angustia y desconfianza.
No conseguía quitarse de la cabeza una pregunta: ¿cómo había podido ocurrir algo así sin que ella se diera cuenta?
La grabación de su intimidad no era solamente una traición. Era la confirmación de que alguien había invadido uno de los espacios más personales de su vida. Y lo peor era que empezaba a sospechar que aquella situación no había sido fruto de una casualidad.
El primo sabía más de lo que estaba contando.
Sus silencios, sus cambios de actitud y las respuestas evasivas que había dado durante los últimos días empezaban a encajar de una manera inquietante. Manoplas había intentado justificar su comportamiento, pero ya no podía seguir ignorando las señales.
Algo se había preparado a sus espaldas.
Y todo apuntaba a que Lolo estaba detrás.
Las primeras sospechas
Aquella mañana, Manoplas decidió volver a leer las conversaciones que había mantenido con el primo desde el comienzo de su acercamiento.
Al principio encontró mensajes cariñosos, muestras de interés y palabras que le habían hecho sentirse especial. Él siempre parecía saber qué decir, cuándo buscarla y cómo conseguir que se sintiera escuchada.
Recordó las veces que le había preguntado por sus preocupaciones, los momentos en los que había mostrado interés por sus problemas y las conversaciones en las que ella había terminado compartiendo cosas que normalmente no contaba a cualquiera.
Ahora todo parecía diferente.
Empezó a preguntarse si aquellas preguntas habían sido realmente espontáneas o si el primo había querido conocer sus puntos débiles para utilizarlos después.
Volvió a leer algunos mensajes.
«Quiero que confíes en mí».
«No tienes que preocuparte por nada cuando estás conmigo».
«Me gusta que podamos hablar de todo».
Aquellas frases, que antes le producían tranquilidad, ahora le provocaban una profunda tristeza.
No sabía qué parte de aquella relación había sido auténtica.
Lo que más le dolía era pensar que quizá había estado compartiendo sus sentimientos con alguien que nunca había tenido las mismas intenciones.
Una conversación pendiente
Manoplas decidió que necesitaba respuestas. No quería seguir recibiendo explicaciones a medias ni aceptar nuevas excusas.
Llamó al primo.
—Tenemos que hablar.
—¿Qué ocurre?
—Tú sabes perfectamente lo que ocurre.
Él guardó silencio.
—He recibido una imagen de aquella noche —continuó ella—. Alguien ha grabado nuestra intimidad sin que yo lo supiera. Quiero que me expliques cómo ha podido suceder.
—No sé qué decirte.
—Eso ya me lo has dicho otras veces. Necesito la verdad.
—Manoplas, las cosas no son tan sencillas.
—Pues explícamelas.
El primo respiró profundamente.
—Hay cosas que no te he contado.
Aquella frase confirmó sus sospechas.
—¿Qué cosas?
—No quería que esto terminara así.
—¿Que terminara cómo? ¿Que descubriera que me estabais engañando?
—No es exactamente eso.
Manoplas sintió que la rabia empezaba a imponerse sobre la tristeza.
—No vuelvas a darme explicaciones a medias. Si has participado en algo, quiero saberlo.
El primo no contestó.
Por primera vez, Manoplas comprendió que su silencio podía ser más revelador que cualquier explicación.
El principio de la verdad
Durante las horas siguientes, el primo estuvo dando vueltas a lo que debía hacer. Sabía que Manoplas merecía conocer la verdad, pero también temía las consecuencias de reconocer su participación.
Lolo le había advertido repetidamente que no debía hablar. Le había recordado que ambos estaban implicados y que cualquier revelación podía perjudicarlos.
Sin embargo, la situación había llegado demasiado lejos.
El primo ya no podía seguir fingiendo que todo había sido un simple malentendido.
Finalmente, decidió enviarle un mensaje.
«Tengo que contarte algo. Mi acercamiento contigo no fue completamente sincero. Al principio seguía instrucciones de Lolo. Él sabía que estaba acercándome a ti y quería que consiguiera tu confianza».
Manoplas leyó el mensaje varias veces.
Sintió un vacío en el estómago.
Aquello significaba que las sospechas que había intentado apartar de su cabeza eran ciertas.
Respondió inmediatamente:
«¿Me estás diciendo que todo lo que hemos vivido estaba preparado?».
El primo tardó en contestar.
«No sé cómo explicártelo. Al principio sí formaba parte de un plan».
Manoplas dejó el teléfono sobre la mesa.
No podía creerlo.
Las conversaciones, los encuentros, las muestras de cariño y aquella noche que había considerado tan especial podían haber sido parte de una estrategia diseñada para manipularla.
La traición adquiría ahora una dimensión mucho más profunda.
El nombre de Lolo
Manoplas necesitaba saber hasta dónde llegaba la participación de Lolo.
Volvió a llamar al primo.
—Quiero que me contestes una cosa. ¿Lolo sabía lo de la grabación?
El primo permaneció callado.
—Te lo estoy preguntando directamente.
—Sí.
Aquella respuesta fue suficiente para que todo cambiara.
—¿Él organizó aquello?
—Lolo estaba al corriente de lo que iba a ocurrir. Yo sabía que quería utilizar nuestra relación para conseguir información y acercarse más a ti. Después me enteré de que existía la grabación.
—¿Y no hiciste nada?
—Tuve miedo.
—¿Miedo de qué? ¿De enfrentarte a él? ¿Y yo qué? ¿No pensaste en lo que podía pasarme?
El primo no encontró respuesta.
—Yo confiaba en ti —continuó Manoplas—. Te conté cosas personales, compartí contigo momentos importantes y creí que había algo verdadero entre nosotros. Mientras tanto, tú estabas siguiendo las instrucciones de otra persona.