El invierno antes del eclipse

Prólogo

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Dicen que el invierno reclama todo lo que toca.
Que hiela la tierra, los ríos... y hasta las almas que se atreven a soñar.
Yo no lo creí, hasta que lo vi marcharse.

Lee Adheon, el hombre que me juró eternidad, me dejó en el umbral del silencio.
No hubo despedida.
No hubo mirada.
Solo el eco de sus pasos alejándose, tan fríos como la nieve que cubría el suelo.

Me quedé sola.
Sola con las ruinas de un palacio que nunca me perteneció, con promesas rotas que aún ardían en mi memoria, con la amarga certeza de que el amor, cuando muere, no redime... arrasa.

Quise llorar, pero las lágrimas se negaron a caer.
Mi corazón, orgulloso incluso en la desgracia, prefirió quebrarse en silencio.
Y en ese instante comprendí que una parte de mí había muerto junto a él.

Pero el invierno, aunque cruel, también guarda secretos.
En mi desolación apareció un hombre distinto: un erudito de palabras suaves y mirada serena.
No fue enviado para amarme.
No fue destinado a permanecer.
Y, sin embargo, me enseñó que incluso el corazón más herido puede hallar fuerza para volver a alzarse.

Porque yo no nací para ser la sombra de un abandono.
No nací para ser la mujer olvidada en la nieve.
Mi destino es otro: arder en la oscuridad, desafiar lo imposible, convertirme en llama y en eclipse.

Este fue el invierno que me arrebató la inocencia.
El invierno que me enseñó que hasta en la ceniza late la semilla de un reinado.

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