Caminaba lentamente junto al estanque del palacio, con el libro de Seo Jiwon apretado contra mi pecho, como si al sostenerlo pudiera contener también los latidos que se agitaban en mí. El aire olía a lirios recién abiertos, y los sauces inclinaban sus ramas sobre el agua serena, como si quisieran guardar los secretos que la historia me obligaba a callar. El murmullo del viento rozaba las linternas de piedra, y ese sonido tenue, casi un suspiro, me hizo recordar lo frágil que puede ser el silencio cuando se mezcla con la memoria.
Sentía que cada paso sobre la piedra pulida era un eco de lo que fui; cada reflejo en la superficie del agua me devolvía un rostro que ya no era mío, pero que aún vivía escondido dentro de mí: la joven que alguna vez creyó que el amor era eterno.
-Daebi Mama... -la voz de la Dama Oh me alcanzó desde la galería. Sus palabras, siempre suaves pero firmes, traían consigo el peso de la vida que ahora me pertenecía. Ella añadió con una reverencia que apenas alcancé a ver de reojo-: El Rey la desea ver en el Salón del Dragón.
Me detuve, el corazón dividido entre el presente y el pasado. Giré el rostro hacia Seo Jiwon, y por un instante, los años parecieron desvanecerse.
-Me temo que es hora de despedirnos -murmuré, y mi voz sonó más temblorosa de lo que esperaba. Intenté regalarle una sonrisa serena, pero en mis labios se mezcló la gratitud con la nostalgia, como si ambos sentimientos hubiesen esperado demasiado tiempo para pronunciarse.
Él se inclinó profundamente, con esa reverencia solemne que parecía venir no solo de su cuerpo, sino de su alma. -El honor ha sido mío, Su Majestad. Volver a verla, después de tanto... y encontrarla convertida en la reina de esta nación, es un privilegio que atesoraré.
Sus palabras me atravesaron como un susurro en medio del invierno. Yo bajé la mirada, incapaz de sostener sus ojos demasiado tiempo. Y entonces, una pequeña figura se aferró tímidamente a la túnica de su padre.
La niña lo miró primero a él, buscando aprobación, y luego se inclinó con torpeza hacia mí. Sus grandes ojos tenían un brillo familiar que me obligó a apartar la vista antes de que la emoción me venciera.
-Es encantadora -alcancé a decir, obligándome a mantener el tono propio de una reina, aunque dentro de mí la voz de la mujer simple y frágil clamaba por salir-. Cuando deseen regresar, será un honor recibirlos en este palacio. Una flor como su hija siempre encontrará un lugar en mis jardines.
Él sonrió con un gesto contenido, y vi en esa sonrisa un rastro de la juventud que compartimos, aunque el tiempo se empeñara en borrarla.
Me incliné apenas, como dictaba el protocolo, y emprendí el camino hacia el Salón del Dragón. Los mosaicos de piedra se extendían como un río bajo mis pies, pero a cada paso sentía que mi alma no caminaba hacia adelante, sino hacia atrás, hacia un lugar que ya no existía.
El murmullo de los sauces quedó atrás, y con él, la certeza de que el presente se deshacía poco a poco entre mis dedos. Mi memoria, caprichosa y despiadada, me arrastró sin pedir permiso. Y entonces, lo vi con una claridad abrumadora: la joven Yeon-Hwa que corría bajo la lluvia, con el corazón desgarrado y el nombre de un hombre escapando de sus labios como un lamento sin fin.
El presente se oscureció.
El pasado comenzó a latir
El recuerdo aún me quemaba por dentro cuando la voz solemne de un eunuco me devolvió al presente.
-Su Majestad, ha llegado el momento de presentarse ante el Rey.
El chirrido de las puertas del Salón del Dragón resonó como un canto antiguo, y la luz dorada del interior me envolvió el rostro. Crucé el umbral con el corazón agitado, y allí, en lo alto del estrado, vi a mi hijo, Jun-su. El peso de la corona no había borrado de su semblante aquel brillo que alguna vez iluminó su niñez. Mi orgullo floreció en silencio, fuerte y vibrante, como la primera flor del invierno que se atreve a desafiar la escarcha.
Me incliné con la reverencia que correspondía, pero mi voz, al pronunciar sus títulos, fue la de una madre antes que la de una reina.
-Su Alteza Real... -dije suavemente, levantando apenas la cabeza-. ¿En qué puedo serle útil a estas horas?
Él me miró con una sonrisa cálida que atravesó la distancia entre el trono y yo.
-He decidido dar un paseo contigo, madre. Hace tiempo que extraño caminar a tu lado después de mis jornadas.
El sonido de su voz, tan parecido al eco de su infancia, me envolvió de ternura. Extendí mi mano hacia él, y juntos salimos del salón, seguidos a prudente distancia por eunucos y damas de la corte, cuyos pasos parecían desvanecerse en el murmullo de los jardines.
Mientras recorríamos los corredores, Jun-su guardó silencio por un instante, hasta que finalmente habló, con un matiz de nostalgia que me desgarró dulcemente.
-Hay tantas cosas que extraño de cuando era niño, madre...
Lo miré con cuidado, como si esas palabras fueran un hilo frágil que sostenía su corazón.
-El deber siempre vendrá acompañado de un peso, hijo mío -respondí, procurando que mi voz llevara consuelo y firmeza a la vez-. Pero la cacería real será una ocasión para compartir con tus hermanos y tu padre. El deber no debe robarte del todo la risa.
Jun-su bajó la mirada, con la preocupación asomando en sus ojos.
-¿Crees que padre tendrá la salud suficiente para acompañarnos?
Me obligué a sonreír, aunque en lo profundo de mí ardiera la incertidumbre.
-No se lo perdería por nada -le aseguré-. Sus medicinas lo están fortaleciendo, y estará preparado.
Vi cómo sus hombros se relajaban apenas, y en ese gesto reconocí al niño que corría tras mí por los senderos del palacio. Por un instante, el Rey desapareció, y solo quedó mi hijo.
Al poco tiempo, mencionó lo que los ministros habían susurrado en la corte: la conveniencia de convocar a la selección de una Reina.