La madrugada se derramaba sobre el palacio como un susurro de seda. No era el sol quien despertaba primero, sino el murmullo de los pájaros y el perfume tenue del loto que llegaba desde los estanques. En la penumbra dorada, mi mirada se posó en Adheon. Dormía profundamente, con el pecho elevándose en un ritmo sereno, como si el tiempo hubiese detenido su cruel marcha para concederle un respiro. Su semblante, suavizado por el descanso, me revelaba al hombre más allá del rey: el compañero, el padre, el alma que había sostenido el peso de una nación y ahora reposaba a mi lado.
No pude resistirlo. Mi mano, temblorosa de ternura, se deslizó hasta su rostro. Rozar su piel fue como tocar un pergamino donde los años habían escrito la historia de un reinado y de nuestras batallas compartidas. Al contacto, sus párpados se entreabrieron, dejando escapar un destello de calidez que solo él sabía ofrecerme. Una sonrisa -leve, íntima, casi secreta- nació en sus labios, y sentí que la estancia entera se iluminaba con ella.
-Yeon-Hwa... -murmuró con voz ronca, todavía encadenada al sueño-. Tus caricias... siempre me roban el descanso, pero también me devuelven la vida.
Mis labios se curvaron en una risa contenida, y el corazón se me llenó de una certeza inquebrantable: no había nada más valioso que despertar entre sus brazos, en ese instante donde el mundo parecía reducido solo a nosotros dos.
-Hoy llegarán los príncipes -dijo entonces, y en sus ojos se encendió un brillo de orgullo paternal que me estremeció-. Min-ho y Sung-joon, los hijos que partieron niños y regresan hombres, el travieso que conquista con sus risas y el analítico que todo lo observa en silencio.
Mi corazón dio un vuelco, como si hubiese vuelto a latir más joven, más ligero.
-¡Oh, Adheon! -susurré con un temblor de emoción-. Haré que preparen sus comidas favoritas. Quiero ver cómo se encienden sus rostros al probar lo que tanto han extrañado. Han pasado demasiados meses sin ellos...
Él rió, y su risa fue música para mi alma: grave, templada, pero cargada de un gozo que pocas veces le oía. Iba a responderme, cuando una voz interrumpió la intimidad de nuestros pensamientos.
-Majestad... -se escuchó desde el otro lado de la puerta, firme y diligente-. El médico real solicita audiencia con usted.
Era la Dama Oh, mi sombra constante, mi guardiana en lo visible y en lo invisible.
Me giré hacia Adheon, quien suspiró con un cansancio tan profundo que parecía arrastrar consigo siglos enteros.
-Debe de ser para mostrarte las nuevas medicinas que han llegado para Ha-jin -dijo, su voz grave teñida de preocupación-. Siempre es su salud lo que nos convoca al amanecer.
Mis manos se entrelazaron sobre mi regazo, y bajé la mirada, sintiendo cómo un hilo de dolor atravesaba la ternura del momento.
-A veces me parece increíble... -susurré con la voz quebrada, temblorosa como si confesara un secreto al viento- que Ha-jin haya heredado de mí la fragilidad del corazón. Pero lo que más me hiere no es la dolencia en sí... sino verle privado de tantas cosas que sueña, de los anhelos que sus ojos guardan y no puede alcanzar.
Adheon me tomó la mano con esa firmeza serena que solo él poseía, como si quisiera sostenerme también a mí para que no me desplomara en la pena. Sus dedos, cálidos, se aferraron a los míos con un amor tan profundo que dolía.
-No te castigues, Yeon-Hwa -dijo con ternura y preocupación, su mirada hundiéndose en la mía-. La cacería real le hará bien. No será solo un juego de príncipes, sino un respiro para su alma. Respirará el aire de las montañas, se llenará de la fuerza del bosque... y, más aún, su corazón se alegrará al ver a toda la familia reunida. Después de la visita, ve a verle, amor mío. Él necesita tu presencia tanto como yo la necesito cada día.
Asentí despacio, guardando aquellas palabras como si fueran bálsamo. En ese momento, las Nain entraron en la alcoba con pasos suaves, trayendo con ellas los hanbok cuidadosamente preparados. Los pliegues de las telas brillaban como agua bajo el sol. Mientras me ayudaban a vestir, Adheon tomó mi mano de nuevo y sus ojos se detuvieron en mi anillo de jade.
-Ese anillo... -murmuró con voz temblorosa- resplandece en tu dedo como si hubiese sido creado solo para ti.
Me incliné hacia él, acercando mis labios a los suyos en un beso lento, profundo, que guardaba tanto amor como promesa. Sentí que todo mi mundo se reducía a ese contacto.
-Aunque la marea se alce y el viento me reclame lejos de ti... -susurré-, cuando toque este anillo recordaré que mi amado siempre estará a mi lado, incluso en la distancia.
Él cerró los ojos, y yo supe que en aquel silencio ambos sellábamos un juramento invisible, eterno.
Con el corazón aún temblando, me retiré rumbo al Naeyakbang, la oficina de medicinas del palacio. El aire allí olía a hierbas secas y a secretos guardados en frascos de porcelana. El médico real me recibió con una reverencia profunda, inclinando la cabeza con solemnidad.
-Majestad -dijo con voz firme, aunque sus ojos no podían ocultar la devoción-, han llegado nuevas raíces y hierbas de gran valor: danshen para suavizar la sangre en sus cauces, omija para dar fortaleza al corazón, insam para devolver la vitalidad que la dolencia roba al príncipe Ha-jin. Con su permiso, deseo preparar una fórmula especial, única para él.
Escuché cada palabra como si fueran versos sagrados, y después asentí con calma, aunque mi alma ardía de ansiedad.
-Que se preparen en infusión -ordené suavemente, con la voz cargada de esperanza-. Tres veces al día, hasta la cacería real. El príncipe debe estar fuerte para entonces... no solo en cuerpo, también en espíritu.
-Así se hará, Majestad -respondió él, inclinándose otra vez-. Pongo en ello todo mi empeño y mi lealtad.
Al salir del Naeyakbang, mis pasos me llevaron por los jardines del palacio. Las flores, agitadas por el viento, parecían susurrar entre sí, como si me compartieran secretos que no lograba descifrar. Las voces de los ministros aún resonaban en mi memoria: dudas disfrazadas de reverencia, tensiones escondidas bajo las formas de la corte. Una llama ardía en mi pecho: debía buscar respuestas más allá de los muros del palacio.