La despedida con Seo Ji-won fue un instante suspendido, demasiado fugaz para el clamor de mi corazón. Sus palabras se quedaron flotando entre nosotros, como un suspiro que el viento se negó a llevarse.
-Protege a mi hija -me pidió, y en su voz había un temblor que intentaba ocultar-. Y recuerda... aunque los años se vuelvan ríos y nos arrastren lejos, siempre podrás apoyarte en mí, como lo hiciste en el pasado.
Su mirada se ancló en la mía con la fuerza de un juramento no pronunciado, pero eterno. Luego, el palanquín avanzó, y los pasos acompasados de los portadores marcaron el ritmo de mi alejamiento. Cada golpe contra la tierra parecía arrancar un recuerdo de mi pecho.
Volví a aquel día de lluvia, cuando el joven erudito me tendió la mano. Desde ese momento, un fuego prohibido comenzó a arder en mi interior. Sabía que no debía dejarme consumir por él: mi padre aún velaba con preocupación, temiendo mis desvaríos. Pero la curiosidad, el deseo de saber más de aquel muchacho, me crecía como un incendio que ninguna tormenta podía apagar.
El eco de la memoria se deshizo cuando las puertas del palacio se alzaron, solemnes y guardianas, ante mi llegada. La Dama Oh me esperaba, inclinando su cuerpo en una reverencia impecable.
-Su majestad, el príncipe Ha-jin la aguarda.
Asentí con serenidad y me retiré primero a mis aposentos. El peso del palanquín aún vibraba en mis hombros, pero me vestí con rapidez y avancé por los pasillos, donde la luz del día parecía enredarse entre los biombos de papel.
Encontré a mi hijo regresando, con un resplandor en el rostro que hacía mucho no veía.
-Qué dicha verte con mejor semblante, hijo mío -dije, y mi voz se quebró en ternura-. Parece incluso que tomaste un paseo.
Ha-jin sonrió, y en su expresión se mezclaba la frescura de la juventud con una fortaleza que aún me conmovía.
-Así es, madre. Y estoy emocionado... escuché que mis hermanos Min-ho y Sung-joon regresan esta tarde.
Al oírlo, mi corazón se iluminó. El brillo de sus ojos me devolvió una paz que pocas veces se posa sobre mí.
El eunuco Park Seong-il se adelantó, inclinándose con la compostura de los años al servicio real.
-Su alteza ha mejorado en estos días. Ha cumplido con sus obligaciones y asistido a sus lecciones con diligencia.
Me acerqué y apoyé la mano sobre el hombro de Ha-jin. Sentí el calor de su cuerpo, pero también la fragilidad de su corazón latiendo bajo mis dedos.
-No te exijas más de lo que tu fuerza permite -murmuré-. Yo sé lo que significa vivir con un corazón que arde y, al mismo tiempo, se resquebraja en silencio.
Él sonrió de nuevo, con esa chispa de picardía que siempre logra desarmarme, como si quisiera convencerme de que sus latidos eran más fuertes que cualquier presagio.
-¿O será porque nací bajo la sombra de un eclipse, madre? -preguntó Ha-jin, con una sonrisa tenue que ocultaba más de lo que mostraba.
Guardé silencio, dejando que la pregunta se enredara en mi pecho como un nudo imposible de desatar. Con la yema de mis dedos rocé su mejilla, cálida y frágil al mismo tiempo.
-Los eclipses traen consigo tanto augurios de desgracia como bendiciones ocultas -respondí al fin, con la voz entrecortada por la memoria-. He presenciado dos en mi vida: uno la noche en que naciste, y otro cuando fui llamada a este palacio. Nunca estuve segura de si el destino me convertiría en reina... pero siempre supe, desde el primer instante, que tenía en mis brazos el mayor de los tesoros.
Sus ojos se humedecieron, y por un instante, en esa mirada vi no al joven príncipe, sino al niño que temí perder tantas veces, cada vez que la enfermedad lo doblegaba y me dejaba temblando de angustia.
-Entonces, madre... -dijo con un dejo de osadía-, quiero participar en la cacería real. Prometo no fatigarte con preocupaciones. Quizá incluso consiga la victoria.
El miedo me mordió el corazón como un lobo hambriento, pero supe que no podía mantenerlo encerrado en un mundo de sombras y cuidados eternos.
-No puedo atarte con mis temores -susurré, besando su frente con la devoción de quien entrega una plegaria al cielo-. Eres mi hijo amado, pero también debes aprender a volar. Te esperaré en la cena, junto a tus hermanos.
Al salir de sus aposentos, mis pensamientos aún batallaban entre orgullo y desvelo. Fue entonces cuando el ministro Choi Dong-ho apareció en el pasillo, con esa sonrisa demasiado medida, como si cada gesto suyo estuviera escrito en un guion secreto.
-Su majestad -dijo, con un tono empapado de falsa cordialidad-, no olvide que entre los deberes de una reina está elegir también a las concubinas reales. Hay una joven muy especial que cuenta con el favor de varios ministros.
Contuve la rabia que me encendía las venas y lo miré con la calma solemne de quien no se permite mostrar grietas.
-Que participe en el gantaek -respondí, firme-. Pero recuerde, ministro, la decisión final será mía.
Su sonrisa se quebró apenas un instante, antes de inclinarse en reverencia. Yo continué mi camino hasta el Suragan. Allí, el aire se impregnaba de aromas: el vapor del samgyetang perfumado con ginseng, el dulzor de los guisos, el perfume terroso del galbijjim, el consuelo cálido de un baekban dispuesto con esmero. Todo estaba pensado para fortalecer a Ha-jin, incluso en el silencio de una mesa.
El Maestro Han Suk-cheon se inclinó con respeto.
-Todo estará en orden, majestad.
Le agradecí con un gesto, aunque mis labios ya no encontraban palabras. Necesitaba un respiro, un instante lejos de miradas y obligaciones. Regresé a mis aposentos, donde mis ojos buscaron de inmediato el libro que Ji-won había puesto en mis manos. Lo abrí con dedos temblorosos, como si abriera también la herida de un recuerdo que nunca cicatrizó.
En la primera página, leí:
"Así como el árbol más fuerte crece, también lo hizo la mujer que tuve el honor de servir. Fueron sus años más oscuros los que me enseñaron lo que era el verdadero amor: cuidar de ella, protegerla, sostenerla incluso cuando la esperanza parecía quebrarse."