El invierno antes del eclipse

Capítulo 1: La visita inesperada

El murmullo del viento se deslizaba entre los pilares rojos del palacio, haciendo danzar las cortinas de seda que colgaban en la pérgola. Desde mi asiento en el pabellón oriental, observaba los ciruelos florecer a destiempo, como si incluso la naturaleza quisiera rebelarse contra el rigor del invierno.

La calma fue interrumpida por la voz suave, pero firme, de mi dama de la corte.

—Daebi Mama... —dijo la Dama Oh inclinándose profundamente—. El Bujehak Seo Jiwon solicita audiencia.

Su nombre cayó sobre mí como un golpe invisible. Mi pulso vaciló bajo las mangas de mi jeogori, aunque mi rostro permaneció imperturbable, como corresponde a una reina. Décadas habían pasado, y aun así, aquel eco dormido en lo profundo de mi memoria volvió a despertar con fuerza.

—Que se acerque —ordené con serenidad, aunque mi voz tembló apenas, imperceptible para cualquiera salvo para mí misma.

Seo Jiwon avanzó hasta la pérgola escoltado por eunucos. Sus pasos eran pausados, medidos, respetuosos del protocolo. Vestía un durumagi de lino azul oscuro y un gat de bambú negro. El tiempo había trazado líneas de madurez en su rostro, pero su mirada... su mirada era la misma que un día me ofreció refugio bajo la lluvia.

Al llegar ante mí, se detuvo a tres pasos de distancia y se inclinó en una reverencia profunda, con la frente casi tocando el suelo.

—Es un honor volver a ver a Su Majestad después de tantos inviernos —su voz sonó grave, contenida por el respeto debido, pero en ella latía un matiz de emoción innegable.

Lo observé en silencio, permitiéndome por un instante quebrar la etiqueta.
—Sí, han pasado demasiados años... —respondí, dejando escapar un suspiro apenas audible.

Al incorporarse, sostuvo sus manos en alto, presentando un volumen encuadernado en seda azul.
—Traigo para Su Majestad un humilde presente. La historia de una joven que atravesó el dolor y halló en sí misma la fuerza para convertirse en la heroína de su destino.

Tomé el libro entre mis manos. El roce, leve e inesperado, fue como un latido contenido. Mis mejillas, pese al peso de la corona, se tiñeron de un rubor que luché por disimular.
—Acepto su cortesía, erudito Seo. Y agradezco la delicadeza de sus palabras.

Entonces, un repentino destello de vida irrumpió en la solemnidad. Una niña de apenas seis años corrió entre los pilares y se ocultó tímidamente tras los pliegues del durumagi de su padre. Con un ademán rápido, Seo Jiwon se inclinó.

—Perdone la osadía, Daebi Mama. Hoy no vine solo. Ella es mi hija.

La pequeña, con grandes ojos brillantes, hizo una reverencia torpe y encantadora.
—Se llama Yeona —explicó él con una leve sonrisa—. Nunca pude olvidar su nombre, Majestad... por eso quise que mi hija llevara algo parecido.

Mi respiración se detuvo por un instante. Mis labios esbozaron una sonrisa suave, impregnada de melancolía.
—Es un gesto hermoso, erudito. El tiempo avanza, las heridas se cierran... y con ellas llega la primavera.

Él sostuvo mi mirada con un brillo que atravesó todo protocolo.
—Es cierto, Majestad. Pero recuerde... es en invierno donde aprendemos quiénes somos en verdad.

Y en ese instante, sus ojos se convirtieron en un espejo del pasado.
La solemnidad del palacio se desvaneció, como un sueño que se rompe al amanecer. Las columnas rojas, los faroles encendidos y hasta el peso frío de mi corona se disiparon, borrándose con el murmullo del viento.

Solo quedó el latido de mi memoria.
Solo quedó aquella joven que fui.

La niña noble, torpe aún en sus pasos, que corría bajo la lluvia de un día lejano, con la seda de su hanbok empapada y pegada a su piel, con las lágrimas mezclándose con las gotas que caían del cielo.
El aire olía a tierra mojada, a ciruelos vencidos por la tormenta, y el aguacero golpeaba los tejados como si quisiera borrar cada huella de mi camino.

Y entonces... él estaba allí.
Seo Jiwon. El joven erudito de mirada limpia y sonrisa titubeante, que se detuvo al verme. Sus manos temblaron al abrir la sombrilla de papel de aceite; parecía demasiado frágil para sostenerla, demasiado torpe para pronunciar palabra. Pero aun así, la extendió hacia mí.

Un gesto sencillo, pero en aquel momento se sintió como un milagro.
La lluvia dejó de caer sobre mi rostro, y en su lugar descubrí la ternura de unos ojos que no pedían nada, que no exigían nada, que solo me ofrecían resguardo.

Yo temblaba, no sé si de frío o de algo más profundo. El silencio entre nosotros fue más elocuente que cualquier palabra. Porque no dijo nada, y sin embargo, todo quedó dicho en aquel acto de compasión.

Él, un desconocido.
Yo, una joven rota.
La lluvia, nuestro único testigo.

Ese fue el instante en que el mundo cambió para mí, aunque no lo supe entonces. Ese fue el día en que el invierno me arrebató todo... pero me entregó también la promesa de un fuego que no se extinguiría jamás.

Ese fue el principio de todo.
Ese fue el invierno antes del eclipse.

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Nota del autor:

❅Daebi Mama: Su Majestad la Reina Madre. (madre del rey actual que gobierna Joseon)

❅Jeogori: Es la parte superior de la vestimenta tradicional coreana, el hanbok, y es una especie de chaqueta que cubre el torso y los brazos, tanto para hombres como para mujeres.

❅Durumagi: Es un abrigo exterior largo que forma parte del hanbok, el traje tradicional coreano.

❅Gat: Un tipo de sombrero tradicional coreano, elaborado con crin de caballo y bambú.

❅Hanbok: Es la vestimenta tradicional de Corea, un traje emblemático que simboliza la cultura y la historia del país.




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