El invierno antes del eclipse

Capítulo 7: Banquete para el Alma

El eco de los pasos de la Dama Oh aún resonaba en mis oídos cuando abandoné mis aposentos. Los pasillos del palacio estaban ya engalanados con faroles de papel cuya luz temblorosa pintaba las paredes con sombras cálidas. El aire olía a pino encendido en los braseros de bronce, mezclado con el tenue perfume de lirios recién dispuestos en vasijas de porcelana blanca. Aquella noche no era como las demás. El protocolo marcaba cada gesto, pero en mi corazón aguardaba mucho más que un banquete: un reencuentro largamente esperado.

El pabellón elegido para la cena familiar era el Jangnyeongjeon Hall, solemne, con vigas pintadas en tonos verdes y rojos que reflejaban la grandeza de nuestra dinastía. Sobre el suelo pulido se habían dispuesto soban, pequeñas mesas lacadas, cada una con cuencos de porcelana azul y blanca, jade brillante y utensilios de plata reservados solo para la familia real. En el centro, un tapiz bordado con grullas y pinos parecía recordarnos la longevidad y la unión, como si los ancestros mismos hubiesen decidido presidir la velada.

Me senté en mi lugar, a la derecha del Taesang-wang Adheon, quien, pese a su fragilidad, mantenía aún la dignidad de un monarca. A mi izquierda se acomodaron las princesas gemelas, Ji-ah y Min-seo, tenían sus largas trenzas cayendo sobre la espalda, atadas con cintas de seda bordadas en hilos dorados. El brillo del daenggi parecía resaltar la juventud en sus rostros, mientras compartían risas contenidas, como si guardaran un secreto.

Entonces, la voz solemne de un eunuco anunció:

-¡Sus Altezas, el príncipe Min-ho y el príncipe Sung-joon, hacen su entrada!

Ambos se inclinaron profundamente ante su padre y ante mí antes de avanzar. El primero en cruzar fue Min-ho, cuya sonrisa vivaz contrastaba con la sobriedad de su dopo azul marino. Tras él entró Sung-joon, más sereno, con ojos que reflejaban la sabiduría templada por libros y disciplina. Apenas pude contener las lágrimas: eran hombres ya formados, pero en mi pecho seguían siendo los niños que corrían por los jardines de Gyeongbokgung.

-Madre, hemos regresado a casa -dijo Min-ho, con la voz vibrando de alegría contenida.

Yo extendí mis manos, y ellos se arrodillaron como dictaba la etiqueta. Los toqué con ternura, rompiendo por un instante la rigidez del protocolo.

-El palacio se siente más completo con ustedes de nuevo -respondí, con la voz temblorosa.

El Taesang-wang asintió solemne, invitándolos a tomar asiento.

Apenas los criados colocaban los primeros cuencos de jeongol humeante, otro eunuco anunció con voz firme:

-¡Su Majestad, el Rey Jun-su, solicita permiso para entrar!

Todos los presentes alzaron la vista. Mi corazón dio un vuelco al verlo cruzar el umbral. Ya no era el niño que una vez llegó a mis brazos herido por la ausencia de su madre; ahora vestía el gonryongpo carmesí bordado con dragones dorados, símbolo del soberano de Joseon. Avanzó con paso firme, inclinándose ante su padre y luego ante mí. Su sonrisa, sin embargo, fue solo para mí: íntima, cómplice, como si aún buscara mi aprobación más allá del título que lo protegía.

-Madre, adelanté mis deberes esta noche para poder compartirla con todos -me confesó en voz baja, apenas un roce en mi mano.

El eunuco que lo acompañaba se inclinó y añadió:

-Los enviados de Ming han sido atendidos con todo esmero. Su Majestad revisó personalmente cada informe.

Sentí orgullo y ternura en igual medida. No solo era mi hijo: era el futuro de Joseon, y aun así guardaba un espacio para traerme paz.

-Siempre cargas más de lo que deberías -le susurré-. Yo solo deseo que seas feliz.

Jun-su inclinó la cabeza con leve sonrisa.

-Estoy en el trono para proteger a nuestra familia. Usted debería descansar, aunque sea un poco.

Antes de que pudiera responder, un nuevo anuncio resonó:

-¡Su Alteza, el Príncipe Jin-su, hace su entrada!

Las puertas se abrieron y allí estaba él, el primogénito de Adheon. Regresaba no como aspirante al trono, sino como Consejero Real, el hombre sabio que guiaba a su hermano en el gobierno. Portaba rollos de seda y cofres con presentes, y en su porte no había rastro de la sombra de su madre, sino dignidad y calma.

Su mirada recorrió la sala con serenidad, y cuando se inclinó ante su padre y ante mí, comprendí que el peso de los años le había devuelto no solo experiencia, sino también la esperanza de un futuro propio.
Pronto, su unión con Kang Soo-yeon, hija del ministro de Asuntos del Estado, finalmente se celebraría tras tantos años de espera. Y esa noche, la dicha parecía anticiparse en cada gesto: el regreso del hijo largamente anhelado, y el comienzo de una nueva etapa para él y para la familia.

En ese instante, el tiempo pareció detenerse. Todos mis hijos, bajo un mismo techo. Mi corazón se colmó de gratitud.

Las gemelas, Ji-ah y Min-seo, se adelantaron con pasos pequeños y decididos. Cada una sostenía un delicado cofre de madera lacada.

-Madre -dijo Ji-ah tímidamente-, esto es para usted.

-Queríamos que coincidiera con su anillo -añadió Min-seo, sonriendo traviesamente.

Dentro hallé un colgante de jade tallado en forma de mariposa. Mis ojos se humedecieron: un gesto pequeño, pero nacido de un amor puro.

El Taesang-wang Adheon se aclaró la garganta. Su voz recorrió la sala con firmeza serena:

-Es increíble verlos crecer así. Cada uno refleja no solo virtud, sino también el amor que mantiene unida a esta familia.

Los eunucos sirvieron los platos en estricto orden. Jeongol en cuencos de cerámica blanca; galbijjim con aroma dulce y especiado; samgyetang con ginseng escondido para fortalecer a Ha-jin; guisos de temporada que honraban tanto la tradición como el espíritu.

Ha-jin, con apenas dieciocho años, se inclinó tímidamente hacia mí.




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