La mañana del gantaek amaneció envuelta en una bruma ligera, como si los cielos mismos desearan velar el día en que el destino del reino sería puesto en manos de doncellas apenas florecidas. Desde mis aposentos, el eco de los eunucos resonaba con rigurosa disciplina; escuchaba sus pasos medidos, las órdenes secas, el arrastrar de telas y la colocación de estandartes. El aroma a madera de pino recién encendida en los braseros se entremezclaba con el incienso de loto, elevando columnas pálidas que parecían enredarse con la neblina del amanecer, como si el palacio entero respirara un aire sagrado y sofocante a la vez.
Avancé lentamente hacia el estrado central, cada paso acompañado por el crujir apenas audible de mis zapatos de seda sobre la madera encerada. Mi dangui, de seda bordada en tonos verdes y dorados, caía en ondas pesadas, arrullándome como una segunda piel que me recordaba que ya no pertenecía a mí misma, sino al trono. Sobre mi cabeza, el dosel real se desplegaba con grullas y pinos tejidos en oro, símbolos de longevidad, constancia y rectitud. Frente a mí aguardaba mi asiento: un cojín de seda carmesí sobre una tarima de madera lacada, tan hermoso como implacable. Allí debía sentarme, no como mujer, sino como reina.
A mi derecha tomó lugar la Princesa Consorte Seo-ra. Su porte era el de alguien que había aprendido a equilibrar la serenidad con el dolor. En sus ojos brillaba el recuerdo de una desgracia que el tiempo no había borrado del todo, pero también la gratitud que nos había unido cuando cuidé de su hijo, el pequeño Do-hyun. Ese vínculo, invisible para la corte, nos acercaba más allá de los protocolos.
A mi izquierda se acomodó la Gwi-in Da-hye, con la calma de quien conoce los secretos del palacio mejor que las palmas de sus manos. Junto a ella, su hijo Seong-min, su nuera Ye-rim y los nietos que solían llenar los patios con risas inocentes. Aquella reunión no era solo un acto político: era la convergencia de la sangre, la lealtad y las heridas compartidas.
Seong-min, con el humor ligero que lo caracterizaba en medio de la solemnidad del palacio, inclinó la cabeza hacia su madre y, entre risas contenidas, dijo:
-Madre, ayude a Su Majestad a escogerle una buena esposa a mi sobrino. No se puede dejar tan importante asunto solo al juicio de los ministros.
Da-hye lo reprendió suavemente con la mirada, pero yo no pude evitar que la sombra de una sonrisa se dibujara en mis labios. En ese instante, Seong-min se levantó con respeto, hizo una reverencia hacia mí y condujo a su esposa Ye-rim y a sus hijos hacia sus aposentos, dejándonos el espacio libre para que la ceremonia comenzara con toda la solemnidad debida.
El tambor sonó, profundo, como si despertara a los ancestros desde lo más hondo de la tierra. Los eunucos entonaron con solemnidad:
-¡Que dé inicio la ceremonia del gantaek!
El murmullo que había recorrido el salón se extinguió de inmediato. Las puertas del Jongjeongjeon Hall se abrieron con un chirrido solemne, y la primera joven hizo su entrada.
-¡La hija del erudito Seo Jiwon, dama Eun-chae!
El anuncio resonó como un presagio. La joven apareció con un hanbok en tonos amarillo y rojo claro, sencillo pero lleno de una gracia que parecía natural. Su mirada permanecía baja, pero no abatida; su andar era medido, ni demasiado lento ni demasiado apresurado. Al llegar frente al estrado, ejecutó un jeol perfecto, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente.
-Majestad, me presento ante su augusta presencia -pronunció con voz clara, sin temblor alguno.
La observé en silencio un instante más largo de lo protocolar. Había pureza en su porte, una serenidad que no era fingida. En ese momento, pensé que si los dioses deseaban dar paz al corazón de mi hijo Jun-su, aquella doncella sería la elegida.
-Tu respeto ha sido recibido. Que la rectitud del erudito sea también la guía de su hija -respondí con voz solemne, cuidando que cada sílaba llevara el peso del trono.
Eun-chae retrocedió con gracia y ocupó su lugar entre las demás candidatas. El tambor resonó de nuevo.
-¡La dama Ra-hee, hija del lord Kang Dae-ho!
El silencio se hizo aún más denso, como si el aire se espesara. La joven avanzó con un hanbok rojo profundo, un color demasiado audaz para una doncella que se ofrecía al servicio del trono. Sus ojos, oscuros como la obsidiana, se alzaron más de lo permitido; sus labios sostenían una sonrisa calculada, una que parecía esconder más de lo que revelaba.
Se inclinó, sí, pero con la ligereza de quien no conoce el peso de la humildad. Lo hizo como quien se sabe respaldada por fuerzas invisibles.
Recordé de inmediato las palabras de la Dama Oh: "Pretenden colocarla en el palacio como instrumento, un ancla para torcer la voluntad real." Esa advertencia había resonado en mis sueños durante noches enteras.
-Majestad, he venido a servir con cuerpo y alma al trono -dijo Ra-hee, su voz melosa, afilada como una hoja oculta en terciopelo.
Mantuve el rostro inmutable, aunque mi interior hervía.
-Tu reverencia ha sido recibida -contesté al fin, con un tono exacto, devolviéndole el peso de la solemnidad que exigía el momento. Ni un ápice de más, ni un ápice de menos.