El amor nunca avisa cuando está por llegar. No pregunta si estás listo ni espera el momento adecuado. Simplemente aparece y, sin darte cuenta, empieza a ocupar un espacio cada vez más grande en tu vida.
Así se sintió conocerte. Poco a poco empecé a notar detalles que antes habrían pasado desapercibidos: la forma en que me mirabas, el aroma de tu cabello, tu sonrisa, tu voz al otro lado del teléfono. Todo comenzó a quedarse conmigo hasta el punto de que podía reconocerte en cualquier pensamiento cotidiano.
Llegaste y cambiaste muchas cosas. Durante mucho tiempo me acostumbré a verme como el chico solitario, alguien que caminaba por su cuenta sin esperar demasiado de nadie. Contigo eso cambió. Empecé a sonreír cada vez que podía decir que era tu chico, y descubrí que me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Había algo especial en verte al final del día. Mirarte a los ojos, compartir el mismo espacio y sentir que no hacía falta explicar demasiado. Cuando estábamos juntos, muchas de las preocupaciones que cargaba parecían perder peso. Por primera vez en mucho tiempo me sentía cómodo dentro de algo que no quería cuestionar.
Mucha gente intentó imaginar cómo era nuestra relación cuando nadie estaba mirando. Inventaban historias, hacían suposiciones y llenaban los espacios vacíos con sus propias versiones. La realidad era mucho más simple. Éramos tú y yo construyendo una pequeña vida lejos de la atención de los demás. Conversaciones largas, risas inesperadas y momentos que solo tenían sentido para nosotros.
Teníamos una energía difícil de explicar. Llegábamos a cualquier lugar y parecía que todo cambiaba un poco. Las reglas importaban menos, las preocupaciones se hacían más pequeñas y, por un rato, era fácil creer que nada fuera de nosotros tenía demasiada importancia.
A veces pensaba que me estaba obsesionando contigo, aunque no de una manera dañina. Era más bien la sensación de haber encontrado algo tan valioso que me daba miedo perderlo. Como cuando estás viviendo algo bueno y una parte de ti teme despertar y descubrir que nunca fue real.
Por eso quería seguir acumulando momentos. Tomarte de la mano, caminar sin rumbo, reírnos más de la cuenta y actuar como si el tiempo no estuviera avanzando. Me gustaba la idea de quedarme ahí, dentro de esa versión de nosotros donde todo parecía sencillo.
También me resultaba curioso escuchar las opiniones de quienes creían conocer nuestra historia. La mayoría nunca entendió lo que realmente significaban para mí las cosas más pequeñas. No sabían lo feliz que me hacía escucharte decir mi nombre ni lo importante que era cuando me presentabas como alguien que ocupaba un lugar especial en tu vida.
Había algo que siempre me hacía sonreír: escucharte decir que yo era tu chico. No era una frase extraordinaria para nadie más, pero para mí significaba mucho. Era una forma de sentir que pertenecíamos al mismo lugar y que compartíamos algo que valía la pena cuidar.
Ninguna experiencia anterior me había hecho sentir lo mismo. Nadie me había dado esa mezcla de tranquilidad y entusiasmo. Nadie había logrado que imaginar un futuro pareciera algo tan natural. Me gustaba verte defenderme, sentir que estabas orgulloso de mí y descubrir que existía alguien dispuesto a elegirme de la misma manera en que yo lo elegía.
Tal vez eso fue lo que más me enamoró. No fueron los grandes gestos ni las promesas. Fue la sensación de que, por una vez, alguien también me había escogido.
Y entre todo lo que recuerdo de nosotros, hay una verdad que sigue intacta. Antes de las heridas, antes de las despedidas y antes de los monstruos, yo fui tu chico. Y durante un tiempo fui inmensamente feliz.