Durante mucho tiempo pensé que escribir este libro era una forma de no olvidarte.
Me equivoqué.
Era una forma de recordarme a mí.
Cada página que terminé me devolvió algo que había perdido en el camino: una parte de mi voz, de mi confianza, de mi capacidad para creer que la vida continuaba después del dolor.
Hubo noches en las que pensé que jamás volvería a sentirme completo. Creí que algunas heridas me acompañarían para siempre y que ciertas ausencias serían imposibles de soportar. Pero el tiempo tiene una manera extraña de acomodar aquello que parecía irreversible.
No olvidé lo que pasó.
Simplemente aprendí a vivir sin cargarlo todos los días.
Hoy puedo mirar atrás y reconocer al chico que lloró en silencio, que suplicó respuestas, que buscó amor donde no lo había. Lo abrazo con cariño porque hizo lo mejor que pudo con el corazón que tenía en ese momento.
Y aunque algunas noches todavía regresen ciertos recuerdos, ya no tienen el poder de destruirme.
Porque entendí algo que me costó meses aceptar:
No perdí cuando te fuiste.
Perdí cuando olvidé quién era por intentar quedarme.
Y gané el día que decidí volver a encontrarme.
Si llegaste hasta aquí, espero que también encuentres el camino de regreso a ti.
Porque al final, después de todo el dolor, de todas las despedidas y de todas las noches en que creímos que no sobreviviríamos...
Lo hicimos.