Siempre estuvo frente a mí.
Lo dijiste, lo mostraste y lo repetiste de muchas formas distintas. Aun así, no fui capaz de verlo. No porque estuviera ciego, sino porque estaba enamorado. Con el tiempo entendí que el amor puede distorsionar la realidad hasta volver aceptable aquello que, visto con claridad, habría sido imposible ignorar.
Durante mucho tiempo me pregunté si todo esto era una especie de castigo. Después comprendí que mi único error fue amarte y que el dolor no siempre llega porque lo merecemos. A veces simplemente ocurre.
Te vi sostener su mano. Te vi sonreírle. Te vi mirarlo con una ternura que nunca vi dirigida hacia mí. En ese momento entendí algo que me rompió por dentro: con él sí estabas enamorado.
No te preocupes, voy a estar bien. Eso fue lo que me repetí mientras intentaba mantener la calma. Pero mi vista se volvió borrosa y sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Acababa de ver al hombre que consideré el amor de mi vida en los brazos de alguien más, y comprendí que la realidad puede ser mucho más cruel de lo que imaginamos.
Había pasado muy poco tiempo, demasiado poco. Sin embargo, parecía que yo ya formaba parte de un pasado lejano. Quise convencerme de que estaba interpretando mal las cosas. Quise pensar que aquello no estaba ocurriendo. Pero era real. Lo vi con mis propios ojos y esa imagen sigue acompañándome hasta hoy.
Recuerdo haber buscado una explicación desesperadamente. No una solución ni una segunda oportunidad. Solo quería entender. Porque cuando amas de verdad, cuesta aceptar que algo pueda doler de esta manera.
Durante mucho tiempo me repetí que jamás habías estado con alguien más, que todo lo que me habías dicho era cierto y que yo estaba exagerando. Me aferré a esas ideas porque eran más fáciles de soportar que la verdad. Pero llegó un momento en que ya no pude seguir evitando la realidad.
Siempre estuvo él.
Y yo fui demasiado ingenuo para aceptarlo.
Todavía hay preguntas que siguen sin respuesta. Me pregunto si alguna vez me amaste, aunque fuera un poco. Si existió una sola noche en la que me quisieras de verdad. Si alguna vez recuerdas todo esto y sientes algo al respecto.
No quiero volver contigo. No quiero reconstruir lo que se rompió. Lo único que alguna vez quise fue una respuesta sincera. Que me miraras a los ojos y reconocieras el daño que causaste. No para cambiar el pasado, sino para saber que lo que vivimos tuvo algún significado para ti.
He vuelto a odiar las noches. Cuando llega la oscuridad también regresan los recuerdos, y entre todos ellos siempre aparece la misma escena. Tú sonriéndole. Tú sosteniendo su mano. Tú entregándole con naturalidad todo aquello que yo esperé durante meses.
Volví a casa con esa imagen clavada en la cabeza. La repasé una y otra vez hasta derrumbarme. Hasta sentir que el dolor ocupaba cada espacio de la habitación. Pasé horas despierto esperando que amaneciera, como si la llegada del día pudiera aliviar algo.
También recuerdo las rosas. Recuerdo su sonrisa. Recuerdo la facilidad con la que parecía recibir todo aquello que yo había deseado. Y aunque me cueste admitirlo, sentí envidia.
No de él.
Sentí envidia de la versión de ti que yo nunca conocí.
Mirando hacia atrás, entiendo que también me fallé a mí mismo. Esperé demasiado. Rogué demasiado. Creí demasiado. Mientras yo intentaba salvar lo que quedaba de mi corazón, tú ya estabas construyendo algo nuevo con otra persona.
Y esa fue la noche en que finalmente entendí la verdad.
Nunca estuve compitiendo con alguien más.
Simplemente estaba intentando ocupar un lugar que nunca fue mío.