En dos meses cumpliré veinticuatro años.
Es algo que debería emocionarme, pero en lugar de eso me encuentro repasando cada momento del pasado. Pienso en todas las personas que alguna vez creí que se quedarían, en todas las promesas que parecían definitivas y en cada ocasión en la que sentí que por fin había encontrado un lugar seguro. Con el tiempo entendí que muchas de esas historias no estaban destinadas a durar. Algunas terminaron de forma tranquila; otras dejaron heridas que tardaron mucho más en cerrar. Lo que más pesa no es el final en sí, sino la sensación de haber construido algo importante para descubrir después que no significaba lo mismo para la otra persona.
A veces el dolor dura meses enteros. Se instala en la rutina, aparece en los momentos más inesperados y convierte cualquier recuerdo en una conversación pendiente. Otras veces sucede algo distinto: alguien se sienta contigo, te escucha sin juzgarte y te recuerda que no eres el único que está luchando contra sus propios fantasmas. En esos momentos el peso se vuelve más llevadero. Descubres que hay personas que entienden el cansancio, la incertidumbre y la sensación de estar intentando sostener demasiadas cosas al mismo tiempo. Esa compañía no resuelve los problemas, pero ayuda a respirar un poco mejor.
Lo pueden ver en mis ojos.
Estoy cansado.
No es el cansancio de una mala noche o de una semana complicada. Es el agotamiento acumulado de años intentando que las cosas funcionen, de seguir adelante cuando habría sido más fácil rendirse y de cargar con expectativas que a veces parecen demasiado grandes para una sola persona.
Estoy cansado de intentarlo siempre.
Cansado de ser quien permanece.
Cansado de amar con intensidad mientras otros encuentran la forma de seguir adelante mucho más rápido.
Durante mucho tiempo pensé que el esfuerzo garantizaba resultados. Creía que si daba lo mejor de mí en una relación, en una amistad o en un proyecto, eventualmente las cosas saldrían bien. La realidad me enseñó que no siempre funciona así. Hay personas que se van aunque hayas hecho todo lo posible para que se quedaran. Hay historias que terminan sin una explicación clara. Y hay pérdidas que no se pueden evitar por más que uno lo intente.
Nadie me explicó que los veintitrés dolerían tanto.
Nadie me dijo que el amor podía romperte mientras construías tus sueños.
Nadie me advirtió que el éxito también tiene un precio.
A veces extraño al niño que fui. Extraño la facilidad con la que encontraba alegría en cosas simples, la manera en que vivía el presente sin preocuparse constantemente por el futuro y la confianza con la que enfrentaba el mundo. Con los años llegaron las responsabilidades, las metas, las comparaciones y los miedos. Ahora paso demasiado tiempo dentro de mi cabeza, analizando decisiones, cuestionando caminos y preguntándome si estoy haciendo lo suficiente.
Hay noches en las que me cuesta encontrar tranquilidad. Me acuesto pensando en todo lo que falta por hacer, en los errores que cometí y en las oportunidades que no quiero desperdiciar. Mientras tanto, el reloj sigue avanzando sin detenerse por nadie. Esa es una de las partes más difíciles de crecer: entender que el tiempo continúa aunque uno todavía esté intentando recuperarse de ciertas heridas.
Trabajo contra el tiempo por una vida que todavía no sé si podré disfrutar plenamente. Tengo miedo de volver a entregar mi corazón y terminar en el mismo lugar de siempre. Tengo miedo de equivocarme otra vez, de confiar en quien no debo o de invertir años en algo que no funcione. Al mismo tiempo, intento construir un futuro mejor mientras cargo con el peso de decisiones pasadas que algunas personas parecen incapaces de olvidar.
Y hay días en los que me siento un error en la vida de las personas.
Sonrío.
Trabajo.
Entrego mi mejor versión.
Sigo adelante incluso cuando lo único que quiero es quedarme en casa y desconectarme de todo.
La mayoría de las personas solo ve la parte visible. Ven los proyectos terminados, los avances, los resultados y las metas alcanzadas. Lo que no ven son las noches de ansiedad, las dudas constantes, el desgaste emocional y el esfuerzo que implica seguir funcionando cuando por dentro te sientes completamente agotado.
Nadie nota que he estado sobreviviendo con el corazón roto.
Nadie ve el esfuerzo que implica seguir sonriendo cuando por dentro te sientes derrotado.
Solo ven los resultados.
Nunca las cicatrices.
A veces quisiera detenerme por un momento. Respirar sin sentir que estoy perdiendo tiempo. Salir a caminar sin pensar en pendientes. Ver un atardecer sin revisar el teléfono cada pocos minutos. Dormir una noche completa sin despertarme preocupado por el futuro. Son deseos simples, pero últimamente parecen más difíciles de alcanzar de lo que deberían.
Sin embargo, siempre aparece la misma sensación: el miedo a quedarme atrás. Tengo la impresión constante de que si reduzco el ritmo, todo aquello por lo que he trabajado podría escaparse de mis manos. Es una presión silenciosa que me acompaña todos los días y que rara vez desaparece por completo.
He perdido demasiado tiempo con personas que eligieron a alguien más cuando cayó la noche.
Mientras ellos encontraban compañía, yo construía proyectos.
Mientras ellos se enamoraban, yo trabajaba.
Mientras ellos vivían el presente, yo intentaba asegurar mi futuro.
Y aun así, sigo sintiendo que voy tarde.
Esa es una contradicción difícil de explicar. He dedicado años a perseguir objetivos que antes parecían imposibles. He sacrificado tiempo, comodidad y estabilidad emocional para acercarme a la vida que quiero construir. Sin embargo, cuando me comparo con otros, todavía siento que me falta demasiado camino por recorrer.
La gente suele decirme:
—Estoy orgulloso de ti.
—Has logrado muchísimo para tu edad.