El monstruo que soy tiene tu nombre

CAPÍTULO 12. Tú creaste este monstruo

Durante mucho tiempo creí que amar significaba dar todo aquello que uno espera recibir: cuidado, respeto, apoyo y compromiso. Pensaba que si ofrecía eso de manera sincera, tarde o temprano encontraría lo mismo de vuelta.

Estaba equivocado.

Con el tiempo entendí que no todas las personas saben qué hacer cuando reciben amor genuino. Algunas lo aceptan mientras les resulta útil, lo consumen hasta obtener lo que buscan y, cuando dejan de necesitarlo, siguen adelante sin mirar atrás. No porque les falte afecto, sino porque siempre están persiguiendo algo nuevo: otra emoción, otra atención, otra persona.

Por eso terminé haciéndome muchas preguntas. Al principio eran pocas, pero con los meses se volvieron constantes. Me preguntaba si realmente ninguno de los hombres que te amaron había sido suficiente para ti. Me preguntaba qué era lo que siempre estabas buscando y por qué parecía imposible encontrarlo en alguien que estaba dispuesto a quedarse.

La respuesta probablemente estuvo frente a mí desde el principio. Simplemente no quise verla.

Intenté entenderte durante demasiado tiempo. Busqué explicaciones para tu distancia, para tu egoísmo y para esa forma tan particular que tenías de llamar amor a comportamientos que, en realidad, causaban daño. Traté de justificar cosas que no tenían justificación porque aceptar la verdad era mucho más doloroso.

Pasé noches enteras sin dormir pensando en nosotros. Hubo momentos en los que necesité medicación para descansar porque el dolor se había vuelto insoportable. Sentía que cada día me consumía un poco más y, aun así, cuando te veía, seguía sonriendo. Seguía emocionándome. Seguía creyendo que algo podía cambiar.

Mi familia te abrió las puertas como si siempre hubieras formado parte de ella. Te recibieron con cariño y confianza. Sin embargo, con el tiempo entendí que nada de eso parecía tener valor para ti. La atención de otras personas y la emoción de lo nuevo siempre parecían ocupar un lugar más importante que cualquier cosa que yo pudiera ofrecer.

Lo más difícil fue darme cuenta de que me mantuviste cerca mientras elegías a otros. No solo ocurrió una vez. Fue un patrón que se repitió hasta que dejó de parecer un accidente. Incluso llegaste a utilizar cosas que me pertenecían mientras compartías tiempo con alguien más. Aun así, cuando expresé mi dolor, terminaste llamándome exagerado, irracional o problemático.

Convertiste mis reclamos en ataques y mis heridas en defectos. Lograste convencerte de que yo era el problema por pedir algo tan básico como respeto, lealtad y exclusividad dentro de una relación.

Buscabas excusas para verlo. Después aparecías con él en lugares donde antes asegurabas que no ocurría nada. Cada nueva coincidencia hacía más difícil creer en tus palabras.

Recuerdo haber llegado a un punto en el que perdí la noción del tiempo. Recuerdo sentirme completamente agotado. Recuerdo derrumbarme emocionalmente y preguntarme, con una desesperación que todavía puedo recordar, si alguna vez me habías amado de verdad.

Esa pregunta sigue conmigo.

Después vino el cansancio. Un cansancio profundo, físico y emocional. Ya no tenía fuerzas para seguir buscando respuestas ni para seguir justificando lo injustificable.

Y entonces ocurrió algo que todavía me parece absurdo.

Volviste con mensajes amables. Me deseaste cosas buenas. Dijiste que siempre estarías para mí si algún día necesitaba ayuda.

Fue en ese momento cuando comprendí algo inquietante: algunas personas son capaces de causar un daño enorme y, aun así, convencerse de que no hicieron nada malo. Construyen una versión de la historia donde nunca son responsables de las consecuencias de sus actos.

Pero la realidad era distinta.

Muchas de las heridas que cargaba existían porque tú tomaste decisiones que las provocaron. Alimentaste inseguridades que conocías perfectamente. Creaste situaciones que sabías que me harían daño y luego observaste las consecuencias desde una distancia segura.

Mientras yo intentaba encontrar una salida, tú ya habías dejado de preocuparte por lo que ocurría.

Me golpeé emocionalmente contra cada límite posible tratando de salvar algo que ya estaba roto. Lloré más de lo que me gusta admitir. Hubo momentos en los que sentí que me estaba ahogando en mi propia tristeza. Sobreviví como pude mientras intentaba entender por qué alguien que decía quererme podía actuar de esa manera.

Lo más doloroso es que siempre conociste mis miedos.

Sabías cuánto me aterraba la idea de que la persona que más amaba dejara de elegirme. Sabías lo importante que era para mí sentir estabilidad y confianza. Te hablé de esas inseguridades porque confiaba en ti.

Aun así, me aferré a la relación incluso cuando el sufrimiento era mayor que la esperanza. Busqué razones para quedarme cuando todo dentro de mí me pedía marcharme. Intenté salvar algo que ya no podía sostenerse.

Con el tiempo entendí que había convertido un lugar que debía hacerme sentir seguro en una prisión emocional.

Hay heridas que no desaparecen cuando una relación termina. Permanecen dentro de uno durante mucho tiempo. A veces aparecen en forma de recuerdos. Otras veces se reflejan en la dificultad para volver a confiar.

Todavía hay días en los que me miro al espejo y siento que parte de ese dolor sigue ahí. No con la misma intensidad, pero sí como una cicatriz que recuerda lo ocurrido.

Por eso, en ocasiones, deseo haber tomado otro camino. Haber dicho que no desde el principio. Haber evitado conocerte. No porque quiera borrar cada recuerdo, sino porque sé cuánto sufrimiento me habría ahorrado.

Durante mucho tiempo me repetí que nunca me amaste. Me convencí de que todo había sido una ilusión y de que la historia que imaginé jamás existió realmente.

Sin embargo, incluso cuando uno acepta esa posibilidad, el dolor permanece.

Duele reconocer que entregaste lo mejor de ti a alguien que no estaba dispuesto a cuidarlo. Duele aceptar que invertiste tiempo, confianza y amor en una persona que solo permaneció mientras le resultó conveniente.



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En el texto hay: desamor, amor, heartbreak

Editado: 26.09.2026

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