Durante ocho meses intenté convencerme de que aquello tenía sentido. Avanzábamos un paso y retrocedíamos tres, sosteniendo una conexión que nunca terminó de existir. Intercambiábamos palabras que sonaban correctas, construíamos planes que jamás llegarían a ninguna parte y fingíamos que compartir la vida era suficiente para llamarlo amor.
Me obligué a buscar algo especial donde no lo había, a admirar una versión de ti que solo existía en mi cabeza. Y mientras más lo intentaba, más evidente se volvía la verdad: siempre me sentí fuera de lugar. Como un invitado atrapado en una historia que nunca me perteneció.
Cada noche llegaba a la misma conclusión, aunque me negara a pronunciarla en voz alta. No eras el amor de mi vida. Solo era demasiado cobarde para aceptarlo.
Y cuando todo terminó, comprendí que Axel había tenido razón desde el principio.
Necesitaba escapar de aquella mentira antes de que terminara convirtiéndose en mi realidad.