El monstruo que soy tiene tu nombre

CAPÍTULO 17. 112 días después

El amor me ha llevado a lugares que jamás habría explorado. Sin embargo, una mala decisión disfrazada de algo bueno me obligó a entender que no todas las personas merecen acceso a mi mundo.

Por eso hay tardes en las que camino sin rumbo por la ciudad. No porque tenga un destino al que llegar, sino porque necesito alejarme de todo lo que me recuerda lo que pasó. Intento escapar del dolor y recuperar la tranquilidad que se fue junto con él. En esos recorridos he encontrado partes de mí que creía perdidas: recuerdos, pensamientos y emociones que quedaron dispersos después de la ruptura. Aun así, sigo sin saber cómo reconstruir por completo lo que quedó roto.

Siempre creí en el amor verdadero. Creí que cuando dos personas se elegían de verdad podían superar cualquier obstáculo. Hoy ya no estoy tan seguro. Empiezo a pensar que muchas de esas ideas pertenecen más a los cuentos que a la vida real. Porque en la realidad, alguien puede decir que te ama y aun así lastimarte. Puede herirte, aprovecharse de lo que le das y reemplazarte por algo más cómodo sin detenerse a pensar en el daño que deja atrás.

Cuando llega la noche, el sentimiento de abandono sigue presente. Intento distraerme, ocupar mi mente en cualquier cosa y actuar como si estuviera bien, pero el vacío permanece. Es una sensación constante que se instala dentro de mí y se niega a desaparecer.

Lo más difícil es que mi mente nunca descansa. Aunque trate de no pensar en nada, siempre termina regresando al mismo lugar. Vuelven los recuerdos de todas las veces que intenté arreglar una relación que no dependía solo de mí. Recuerdo las ocasiones en las que me humillé por amor, las oportunidades que rogué y los momentos en los que pedí afecto mientras veía cómo con otra persona hacía todo aquello que yo había deseado recibir.

Entonces comienza una batalla silenciosa. Una discusión constante entre lo que siento y lo que sé. Intento repetirme que nunca me amó como yo necesitaba ser amado, que no era la persona indicada para mí y que debo recordar cada falta de respeto que permití. Trato de convencerme de que vea las cosas como realmente fueron. Sin embargo, el corazón siempre tarda más que la razón en aceptar ciertas verdades.

A veces todavía imagino que regresa. Hay una parte de mí que sigue preguntándose qué pasaría si volviera, si pidiera perdón o si prometiera cambiar. Durante unos segundos considero esa posibilidad, pero luego recuerdo todo lo que ocurrió. Recuerdo el tres de noviembre, la frialdad de sus ojos, la facilidad con la que ignoró mis lágrimas y la manera en que abandonó nuestra historia para correr hacia alguien más.

Es en esos momentos cuando entiendo que lo que sentía ya no era amor. Era dependencia. Era la esperanza de que algún día se convirtiera en la persona que yo necesitaba, aunque una y otra vez me demostrara lo contrario.

Han pasado dos meses y me pregunto qué podría haber cambiado realmente. ¿Ahora entiende mi valor? ¿Ahora aprecia todo lo que hice por él? La respuesta siempre es la misma: no. Mi valor nunca estuvo en discusión. El problema fue que él nunca supo reconocerlo.

Seguir esperando significaría repetir una historia que ya conozco demasiado bien. Sería volver al mismo lugar y entregarme otra vez a alguien que solo recuerda mi existencia cuando necesita algo de mí. Y ya no quiero vivir de esa manera.

Durante mucho tiempo pensé que estábamos recorriendo el mismo camino. Creí que avanzábamos juntos y que ambos hacíamos esfuerzos por mantener viva la relación. Sin embargo, un día entendí algo que me dolió profundamente: siempre estuve solo. Yo era quien corría, quien luchaba, quien insistía y quien intentaba sostener lo que se estaba derrumbando. Las caídas fueron mías y también lo fue la recuperación.

Han pasado ciento doce días desde que se fue. Todavía duele, pero empiezo a comprender algunas cosas. Hay personas que llegan para quedarse y otras que llegan únicamente para enseñarte cuándo es momento de marcharte.

Por eso he tomado una decisión. Voy a ponerme primero. Aunque eso signifique dejarlo atrás. Aunque implique cerrar puertas que alguna vez mantuve abiertas esperando su regreso. Necesito hacerlo por mí.

Sé que algún día mi corazón terminará de sanar. Y cuando ese momento llegue, quiero poder mirar esta historia con tranquilidad. Quiero recordarla como una etapa que superé y no como una herida que sigue definiendo mi vida.

Quiero mirar atrás sin derrumbarme, sin lágrimas, sin culpa y sin la necesidad de seguir esperando a alguien que ya eligió irse.



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En el texto hay: desamor, amor, heartbreak

Editado: 26.09.2026

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