Creo que estoy perdiendo la esperanza en el amor.
Últimamente paso más tiempo imaginando una vida en la que no dependo de nadie. Me veo trabajando, ganando dinero, viajando sin dar explicaciones y disfrutando de mi propia compañía. Fantaseo con desaparecer por un tiempo, conocer lugares nuevos y sentarme en algún sitio con una copa en la mano mientras observo una ciudad que no me conoce. Antes me emocionaban las historias de amor, las promesas, los planes a futuro y la idea de construir algo con alguien. Ahora empiezo a pensar que es mucho más sencillo no esperar nada de nadie.
Míralo.
Ahí viene otra vez.
Dispuesto a entregarlo todo por alguien que probablemente no se quede.
Y no puedo evitar sonreír cuando lo veo, porque alguna vez fui exactamente así. Durante años creí que si hacía las cosas bien, si era una buena persona y si amaba con sinceridad, tarde o temprano todo tendría sentido. Pensaba que el esfuerzo emocional era suficiente, que la lealtad era suficiente y que querer a alguien de verdad era algo que inevitablemente sería valorado.
Pasé veintitrés años intentando hacer todo correctamente. Intentando ser bueno. Intentando amar de la forma correcta.
Y mírame ahora.
Descubriendo que el mundo parece recompensar otras cosas.
No digo que esté mal. Tampoco digo que esté bien. Solo digo que la realidad es distinta a como la imaginaba cuando era más joven. Hay personas que consiguen lo que quieren sin esforzarse demasiado. Hay quienes juegan con los sentimientos de otros y siguen adelante sin consecuencias. Y también están los que entregan todo y terminan preguntándose qué hicieron mal.
Estoy bien.
O al menos eso digo.
Tengo propuestas absurdas, noches interminables, conversaciones pasajeras y suficientes distracciones para mantener la mente ocupada. Mi vida no está detenida. De hecho, muchas veces siento que va demasiado rápido. Hay días en los que apenas tengo tiempo para pensar en lo que siento porque siempre hay algo más que hacer, algún lugar al que ir o alguna nueva experiencia que perseguir.
A veces siento que voy a toda velocidad por una carretera sin saber exactamente a dónde me dirijo, pero al menos sigo avanzando.
Y, siendo honesto, durante mucho tiempo eso era todo lo que quería: avanzar.
Es extraño.
Durante años me preocupé por hacer lo correcto. Analizaba cada decisión, cada palabra y cada sentimiento. Me preocupaba no lastimar a nadie, no equivocarme y no convertirme en alguien que no quería ser. Vivía con la sensación constante de que debía cumplir ciertas expectativas, incluso cuando nadie me las había impuesto directamente.
Ahora solo quiero vivir.
Disfrutar mis veintes.
Cometer errores.
Tomar decisiones impulsivas.
Dejar de sentir culpa por existir.
Quiero experimentar las cosas sin pensar demasiado en las consecuencias emocionales de cada paso. Quiero dejar de cargar responsabilidades que no me corresponden y dejar de sentir que debo salvar a todo el mundo. Durante mucho tiempo puse las necesidades de otros por encima de las mías y terminé agotado.
Tal vez estoy un poco roto.
Tal vez un poco cansado.
Tal vez simplemente aprendí que el amor no siempre salva a las personas.
Esa es una de las lecciones más difíciles de aceptar. Crecemos escuchando que el amor puede con todo, que cuando dos personas se quieren lo suficiente encontrarán la manera de quedarse. Pero la realidad es mucho más complicada. Hay personas que te aman y aun así se van. Hay personas que te quieren y aun así te lastiman. Y hay relaciones que terminan no por falta de amor, sino porque el amor por sí solo no resuelve los problemas.
Hay noches en las que me veo al espejo y apenas reconozco al chico que fui.
El romántico.
El que escribía cartas.
El que creía en los para siempre.
El que estaba dispuesto a entregar todo por alguien.
Recuerdo la facilidad con la que confiaba. Recuerdo la ilusión con la que imaginaba el futuro y la seguridad que tenía de que algún día encontraría algo que durara. Había una inocencia en esa versión de mí que hoy parece lejana.
A veces me pregunto qué pensaría de mí si pudiera verme ahora.
Quizá estaría decepcionado.
Quizá pensaría que me rendí demasiado pronto.
O quizá entendería perfectamente cómo llegué hasta aquí.
Porque la verdad es que no existen los chicos malos.
Existen personas heridas.
Personas agotadas.
Personas decepcionadas.
Personas que un día amaron demasiado y terminaron aprendiendo a esconder el corazón para protegerse.
Con el tiempo entendí que muchas actitudes que antes juzgaba nacen del cansancio emocional. Hay gente que deja de creer porque se rompió demasiadas veces. Hay gente que parece fría porque pasó años sintiendo demasiado. Y hay quienes aprendieron a no involucrarse porque conocen el precio de hacerlo.
Los egoístas convierten a los románticos en sobrevivientes.
Y los sobrevivientes aprenden a no entregar todo tan rápido.
Aprenden a observar antes de confiar. Aprenden a guardar ciertas partes de sí mismos. Aprenden que no todas las personas merecen acceso completo a su corazón desde el primer momento.
Al final sigo siendo el mismo.
Todavía siento. Todavía me importa la gente. Todavía creo que existen conexiones reales. La diferencia es que ahora soy más cuidadoso. Ya no corro hacia los demás con la misma urgencia. Ya no construyo futuros imaginarios con cualquiera que me haga sentir especial durante unos días.
Solo que ahora sonrío menos cuando me hablan de amor y un poco más cuando pienso en libertad.
Porque la libertad también tiene algo de paz. La libertad de no depender emocionalmente de nadie. La libertad de elegirte a ti mismo. La libertad de construir una vida que no se derrumbe cuando alguien decide marcharse.
Quizá eso también sea una forma de sanar.