Conocerte de manera tan repentina fue uno de esos acontecimientos que parecen emocionantes al principio y preocupantes cuando los observas con distancia. Debo admitir que lograste desordenar por completo mi vida. Todo parecía nuevo, intenso y prometedor. Durante unas semanas creí que estaba construyendo algo importante, algo que valía la pena, hasta que comenzaron a aparecer señales que no quise ver.
Al principio fueron pequeños detalles que parecían insignificantes. Después llegaron ciertos comentarios que me hacían sentir incómodo, las ausencias cada vez más frecuentes, la indiferencia y esa necesidad constante que tenías de buscar la atención de cualquiera menos de la persona que estaba a tu lado. Poco a poco las banderas rojas comenzaron a acumularse hasta volverse imposibles de ignorar.
Incluso mis amigos se preguntaban qué tenía de especial alguien capaz de hacerme sentir tan mal. Yo tampoco sabía responderles. Solo sabía que estaba enamorado. O al menos eso era lo que me repetía para justificar todo lo que estaba ocurriendo.
De regreso a casa repasaba una y otra vez nuestras conversaciones intentando encontrar una explicación. Me preguntaba cómo alguien podía decir que te quería y, al mismo tiempo, hacerte sentir insuficiente con cada palabra o cada actitud. Trataba de entender si se trataba de inmadurez, falta de amor o simple egoísmo. Pasaba horas buscando respuestas para comportamientos que nunca debí haber justificado.
Hasta que ocurrió algo que no esperaba.
El amor comenzó a desaparecer.
No fue de golpe ni de manera dramática. Simplemente empecé a sentirme incómodo cuando estabas cerca. Las conversaciones dejaron de emocionarme, las promesas dejaron de significar algo y, por primera vez, apareció una idea que me costaba aceptar: tal vez ya no quería estar contigo.
Aun así, seguí intentándolo. Intenté comprenderte, ayudarte y convencerme de que las cosas podían mejorar. Quería creer que todo era una etapa difícil y que, con suficiente esfuerzo, encontraríamos una forma de arreglarlo. Pero llegó un punto en el que mi amor propio terminó siendo más fuerte que cualquier sentimiento que aún pudiera quedar.
Cuando eso ocurrió, las pocas razones que tenía para seguir allí comenzaron a desaparecer.
Nunca logré sentirme en casa contigo. Vivía en un estado constante de alerta, esperando el siguiente comentario hiriente, la siguiente decepción o la próxima razón para querer marcharme. Incluso en los momentos que debían sentirse especiales existía una sensación permanente de incomodidad, como si estuviera ocupando un lugar que nunca me correspondió.
Dicen que cuando encuentras a la persona indicada lo sabes.
Y cuando no lo es, también.
Yo lo sabía desde hacía mucho tiempo. El problema fue que decidí ignorarlo. Preferí adornar una realidad que me hacía daño y convencerme de que las cosas eran mejores de lo que realmente eran. Me quedé donde no quería estar y terminé lastimado por algo que probablemente pude haber evitado desde el principio.
Fueron ocho meses avanzando un paso y retrocediendo tres. Ocho meses intentando forzar una conexión que nunca terminó de existir, escuchando palabras vacías sobre un futuro que ninguno de los dos parecía capaz de construir. Pasé demasiado tiempo buscando excusas para justificar una historia que llevaba meses desgastándose.
Incluso llegué a fingir admiración cuando, en el fondo, ya no admiraba nada.
Me sentía fuera de lugar, como un invitado en una vida que no era la mía. Y aunque me cuesta admitirlo, Axel tenía razón.
Lo supe mucho antes de aceptarlo.
Cada noche terminaba llegando a la misma conclusión.
No eras el amor de mi vida.
Eras una lección que me negaba a aprender.
Y mientras más tiempo permanecía allí, más me hundía en una realidad que no me pertenecía. Con el tiempo entendí algo que debí reconocer mucho antes: no estaba enamorado.
Estaba sobreviviendo.
Y sobrevivir jamás debió confundirse con amar.