El monstruo que soy tiene tu nombre

CAPÍTULO 25. Casi muero por pensar que eras el indicado

Claro que lo arruinaste.

¿O ya olvidaste la última semana de octubre?

Todavía me resulta ridículo recordar aquella Nochebuena en la que decidiste aparecer con un mensaje de arrepentimiento. Después de tantos chicos, de tantas historias y de tantos intentos fallidos, de pronto recordaste el cariño que me tenías. Supongo que ninguno logró ocupar exactamente el lugar que esperabas. O tal vez descubriste demasiado tarde que algunas personas no son tan fáciles de reemplazar.

Aún me cuesta entender ciertas cosas. Se suponía que tú eras el adulto de la historia. El maduro. El que tenía experiencia. El que sabía lo que quería. Sin embargo, mientras más tiempo pasa, más confirmo algo que antes me negaba a aceptar: la edad solo era un número.

Tú tenías veintiséis.

Yo veintitrés.

Y aun así era yo quien terminaba resolviendo los problemas, quien intentaba mantener la calma, quien buscaba respuestas cuando tú ni siquiera podías tomar una decisión simple. Me obligaste a crecer demasiado rápido. Me cansé de verte correr detrás de cualquier persona que te prestara un poco de atención. Me humillaste más veces de las que merecía y, aun así, seguí creyendo que había algo bueno detrás de todo eso.

Todavía recuerdo aquella ocasión cuando regresaste de viaje. Ya me habías traicionado y, aun así, encontraste la forma de tratarme como si el problema fuera yo. Durante mucho tiempo me pregunté cómo pude soportarlo. Hoy la respuesta es sencilla: estaba enamorado.

Y los enamorados suelen soportar cosas que jamás aceptarían de nadie más.

La vida tiene un sentido del humor extraño. El día que te vi manejando rumbo a tu departamento con alguien más a tu lado sentí cómo se me revolvía el estómago. Durante unos segundos regresó el miedo. Después llegué a casa, me miré al espejo y sonreí.

No porque dejara de doler.

Porque entendí que ya no era mi problema.

Ahora eres tú quien repite la misma historia con alguien más.

Lo más irónico de todo es que siempre dijiste que los de mi edad eran inmaduros. Que buscabas estabilidad. Que necesitabas a alguien que resolviera las cosas. Que yo era demasiado intenso para ti.

Y entonces apareciste con alguien aún más joven.

Recuerdo haber soltado una carcajada cuando lo vi.

Porque en ese momento entendí que nunca se trató de la edad.

Se trataba de ti.

De tu incapacidad para estar solo.

De tu necesidad constante de sentirte elegido.

De tu costumbre de buscar algo nuevo cada vez que la realidad dejaba de emocionarte.

A veces pienso en los chicos que llegan después de mí. En todo lo que podría decirles. En todas las advertencias que jamás escucharían. Pero luego me detengo.

Porque yo tampoco habría escuchado.

Todos creemos que seremos la excepción.

Todos creemos que con nosotros será diferente.

Hasta que descubrimos que algunas personas no cambian.

Solo cambian los nombres.

Y entonces sonrío.

No por venganza.

No por orgullo.

Simplemente porque sobreviví.

Porque tenía veintitrés años y, aun así, terminé siendo más maduro que quien juraba saber más sobre la vida.

Y porque hoy puedo decir algo que antes me costaba admitir:

Casi muero por pensar que eras el indicado.



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En el texto hay: desamor, amor, heartbreak

Editado: 26.09.2026

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