El monstruo que soy tiene tu nombre

CAPÍTULO 4. Supuse que había ganado

He tenido curiosidad por descubrir quién eras desde aquella noche en el club.

Las luces iluminaban tu mesa y, por un instante, mi mirada se desvió hacia ti. Recuerdo haber pensado que eras imposible de ignorar. Había mucha gente alrededor, música, conversaciones cruzadas y movimiento constante, pero aun así lograste llamar mi atención. Me quedé observándote más tiempo del que debería y empecé a preguntarme quién eras, cómo eras realmente y si alguna vez tendría la oportunidad de hablar contigo.

Pensé en acercarme. Pensé en presentarme como cualquier otra persona que intenta iniciar una conversación. También pensé en dejar las cosas como estaban y permitir que la noche siguiera su curso. En ese momento no tenía ninguna razón para creer que nuestras vidas terminarían cruzándose de verdad.

Nunca imaginé que meses después terminarías llamándome bebé.

Si soy honesto, jamás pensé captar tu atención entre tanta gente. No me consideraba alguien especialmente memorable ni creía tener algo que me distinguiera del resto. Por eso, cuando empezamos a hablar y noté que realmente te interesaba conocerme, me sorprendí. Todo ocurrió de una manera tan natural que ni siquiera fui consciente del momento exacto en que dejamos de ser dos desconocidos.

Quizá el universo conspiró a mi favor.

Quizá fueron mis amigos.

Quizá fue una sonrisa en el momento correcto.

No lo sé.

Lo único que sé es que algo comenzó aquella noche y poco a poco empezó a ocupar un espacio importante en mi vida. Lo que al principio parecía una simple coincidencia terminó convirtiéndose en conversaciones constantes, planes compartidos y una presencia que se volvió habitual para mí.

De pronto estabas ahí.

Llamándome amor.

Llamándome bebé.

Hablando conmigo a cualquier hora.

Y yo, estúpidamente feliz.

Tu brillo llamó mi atención desde el primer instante, pero lo que realmente me hizo quedarme fue todo lo que descubrí después. Me gustaba hablar contigo. Me gustaba escucharte. Me gustaba la forma en que las conversaciones fluían sin esfuerzo y cómo siempre parecía haber algo más que decir.

Los días se volvieron semanas.

Las semanas se volvieron meses.

Y yo comenzaba a creer que algo extraordinario estaba ocurriendo.

Todavía recuerdo aquella noche en mi casa. Recuerdo las risas, las conversaciones y la comodidad que sentía al tenerte cerca. No había nada espectacular ocurriendo, pero precisamente eso era lo que lo hacía especial. Todo parecía sencillo. Todo parecía encajar de una manera que no estaba acostumbrado a experimentar.

Mis ojos brillaban mientras te observaba y pensaba que tal vez había encontrado al amor de mi vida.

Hay cosas que probablemente nadie entenderá jamás.

La emoción de recibir un mensaje tuyo.

La tranquilidad de escucharte decir mi nombre.

La felicidad absurda que sentía al descubrir que querías compartir tu tiempo conmigo.

Son detalles pequeños cuando se observan desde afuera, pero para mí significaban mucho. Cada mensaje, cada llamada y cada invitación reforzaban la idea de que estábamos construyendo algo importante.

Jamás creí conectar tan profundamente con alguien.

Disfrutaba cada cita.

Cada cena.

Cada paseo.

Cada película.

Cada atardecer.

Incluso los momentos más simples parecían especiales cuando estabas ahí. No porque ocurrieran cosas extraordinarias, sino porque tu compañía transformaba experiencias comunes en recuerdos que quería conservar. Había una sensación constante de bienestar cuando compartíamos tiempo juntos.

Siempre me gustó estar solo.

Disfrutaba mi espacio.

Mis planes.

Mi tranquilidad.

Durante mucho tiempo me acostumbré a depender únicamente de mí mismo. Aprendí a disfrutar mi propia compañía y a construir una rutina que me hacía sentir cómodo. No estaba buscando desesperadamente a alguien que llegara a cambiar mi vida.

Pero apareciste tú.

Y sin darme cuenta comenzaste a formar parte de cada día de mi vida.

Empecé a pensar en ti cuando hacía planes. Empecé a reservar tiempo para nuestras conversaciones. Empecé a imaginarte en situaciones futuras sin siquiera cuestionarlo. Tu presencia dejó de sentirse como una novedad y comenzó a sentirse como algo natural.

No era costumbre.

No era dependencia.

Era conexión.

Una conexión tan natural que me hizo creer que finalmente había encontrado mi lugar. No sentía que tuviera que esforzarme para ser alguien diferente cuando estaba contigo. Podía ser yo mismo y eso era algo que valoraba profundamente.

Todavía puedo regresar a aquella noche en el club.

Verte observándome desde lejos.

Recordar los nervios.

Las dudas.

Las ganas de acercarme.

Recuerdo lo inseguro que me sentía y todas las posibilidades que imaginaba en mi cabeza. También recuerdo lo improbable que parecía que algo importante pudiera surgir de un encuentro tan casual.

Y después verte caminar hacia mí.

Como si ambos supiéramos exactamente lo que queríamos.

A veces me río al recordar lo mucho que hablaba. Los nervios me traicionaban y llenaba cada silencio con alguna historia, alguna anécdota o cualquier comentario que se me ocurriera. No quería parecer incómodo, aunque probablemente lo estaba siendo.

Tú solo sonreías.

Escuchabas.

Y parecías genuinamente interesado en cada palabra que salía de mi boca.

Eso fue lo que más me sorprendió. No sentía que estuvieras esperando tu turno para hablar ni que estuvieras fingiendo interés por cortesía. Sentía que realmente querías conocerme.

Esa fue la primera vez que pensé:

—Tal vez él sea el indicado.

El miedo desapareció poco a poco. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía imaginar un futuro junto a alguien sin que la idea me pareciera absurda o imposible. Empecé a permitirme soñar con cosas que antes evitaba imaginar.



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En el texto hay: desamor, amor, heartbreak

Editado: 26.09.2026

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