La ciudad se siente vacía incluso cuando está llena de gente. Observo la parada del autobús abarrotada, los coches avanzando por las avenidas, las luces reflejándose sobre el asfalto y las personas regresando a casa después de un día largo. Algunos vuelven del trabajo, otros caminan acompañados de alguien que aman, y yo simplemente sigo andando. Durante mucho tiempo recorrí estas calles esperando encontrarte, buscando tu voz entre el ruido de la ciudad, tu mirada entre cientos de desconocidos y tu silueta escondida en cualquier esquina. Bastaba ver un coche parecido al tuyo para sentir cómo mi corazón se aceleraba y, por un instante, volvía a imaginar lo imposible: que aparecieras una vez más, que regresaras, que me llamaras bebé como antes y que todo hubiera sido un error.
Pero los errores no regresan para convertirse en milagros, y el tiempo comenzó a enseñármelo de la manera más silenciosa. Me dejé crecer el cabello, probé cosas nuevas y me refugié en mis metas. Poco a poco entendí que el tiempo no cura las heridas, pero sí enseña a convivir con ellas. Debo admitir que me costó soltarte. Me costó dejar de buscarte en cada lugar, aceptar que te habías ido y comprender que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos algo antes de continuar su propio camino. Hoy incluso puedo agradecerlo, porque aunque amaba que fuéramos dos, también descubrí que podía volver a ser uno, y eso era algo que había olvidado.
Entonces apareció el running. Salgo a correr cada tarde, no para escapar ni para demostrar nada, sino para volver a encontrarme. Corro porque me gusta sentir el aire golpeando mi rostro, porque disfruto ver cómo la ciudad cambia mientras avanzo y porque cada kilómetro me recuerda que sigo aquí, que sobreviví. A veces todavía veo un coche igual al tuyo y durante unos segundos el corazón se acelera. El miedo aparece, la memoria también, pero entonces sigo corriendo y el sentimiento desaparece, como todo aquello que alguna vez creí eterno.
Soy ese chico de calcetas blancas corriendo sobre el camellón mientras cae la tarde, el que sonríe cuando rompe una marca personal, el que disfruta el paisaje, el que vuelve a sentirse libre, el que ya no necesita encontrar a nadie para sentirse completo. El tiempo siguió avanzando, las oportunidades llegaron y fui entendiendo algo que antes me negaba a aceptar: no fui yo quien arruinó esta historia. Fuiste tú. Yo solo estaba intentando amar.
Hoy corro más rápido, sueño más grande y duermo más tranquilo. Ya no busco tu rostro entre la multitud, ya no espero encontrarte en cada esquina y ya no necesito escuchar tu voz para sentirme en casa. Porque después de perderme durante tanto tiempo intentando encontrarte, finalmente descubrí algo mucho más importante: me encontré a mí mismo.