Sin Obligación

CAPÍTULO 14

LO QUE NUNCA HABÍA TEMIDO

Thiago

No eran celos físicos los que me acompañaban; no se trataba de ese impulso básico o territorial que cualquiera podría sentir al ver a su futura prometida conversando con otro hombre. Esto era algo infinitamente peor. Era una punzada fría, profunda y destructiva que me calaba hasta los huesos. No estaba enamorado de ella —o al menos, eso era lo que me repetía a mí mismo cada noche para mantener la cordura—, pero extrañaba a mi amiga. Extrañaba desesperadamente a la Elena que me sonreía sin reservas, a la chica con la que compartía secretos y con la que podía ser yo mismo sin el peso de la corona. Lo que me estaba destrozando por dentro era darme cuenta de que ella no me extrañaba a mí en absoluto.

Sentí un miedo real, denso y sofocante.

Ese diplomático no estaba intentando impresionar a nadie ni pretendía un juego de seducción barato. Sterling comprendía perfectamente el mundo de Elena. Hablaban exactamente el mismo idioma político: ese lenguaje refinado de leyes, tratados, estrategias económicas y visión de Estado que a mí siempre me había parecido una carga tediosa. Compartían pasiones, compartían una educación rígida y, sobre todo, compartían una serenidad madura que los rodeaba como una atmósfera propia. Mientras los veía reírse suavemente tras un intercambio sobre las rutas comerciales, me di cuenta de lo natural que se veía esa imagen. Encajaban de una forma limpia, sin fricciones, sin pasados oscuros ni titulares de prensa que empañaran su interacción.

Ahí, de pie en medio del salón principal de mi propio palacio, rodeado de la nobleza de Marvale y vistiendo mis mejores galas de heredero, comencé a sentirme trágicamente fuera de lugar.

Había pasado años asumiendo que mi posición al lado de Elena era inamovible, que el contrato y nuestra historia compartida eran un cimiento indestructible. Pensaba que ella simplemente necesitaría tiempo para perdonarme mis distracciones y mi estilo de vida, que al final del día yo siempre sería su refugio. Pero verla brillar, con esa soltura junto a alguien que representaba todo lo que yo nunca había buscado ser me dio un golpe devastador de realidad. Yo era el príncipe impulsivo, el de los escándalos esquivados por la prensa y las excusas de última hora; Sterling era el igual que su intelecto exigía.

Me tragué el resto del vino de un solo trago, sintiendo cómo el amargor del alcohol me quemaba la garganta. La victoria que creía haber obtenido tras nuestra cena en Marvale se evaporó por completo, dejando al descubierto una verdad aterradora: si no encontraba la manera de acortar la distancia que Elena había puesto entre los dos, la corona no sería suficiente para salvar lo que estaba perdiendo.

Me quedé inmóvil, observándolos en silencio mientras el bullicio de la gala se convertía en un zumbido distante. Mi mente comenzó a retroceder, arrastrándome por un túnel de recuerdos que de pronto se sentían amargos y vergonzosos.

Recordé cada una de las fiestas en los yates de la costa, las madrugadas borrosas, los escándalos que los asesores de la corona tuvieron que silenciar con cheques y favores políticos. Recordé la ligereza con la que siempre había vivido mi juventud, convencido de que la vida de palacio me pertenecía sin esfuerzo y de que mi título de príncipe me eximía de cualquier consecuencia real. Durante años creí que todo eso era simplemente "vivir", que la madurez llegaría de forma automática el día que me pusieran la corona sobre la cabeza.

Todo este tiempo di todo por sentado y pensé que, una vez que dejara mi vida de excesos todo seguiría allí, igual que siempre: mi reino, mi familia, mi futuro título y mi futura reina. Que todo esperaría por mí hasta que yo lo decidiera así.

Pero al ver a Elena allí de pie, erguida, hablando con tanta solvencia de temas que exigían una mente brillante y un compromiso intachable, me cayó encima un peso aplastante.

Comencé a preguntarme si realmente estaba preparado para ser el esposo de alguien como ella. ¿Podría yo estar a la altura de una mujer que no busca adornos ni títulos, sino un compañero de vida y de gobierno? Y lo que era aún más aterrador: ¿querría Elena a alguien como yo como su rey? ¿Aceptaría compartir el trono con el hombre que llenaba las portadas de la prensa rosa por sus excesos mientras ella estudiaba tratados de diplomacia?

Ahora sí dudé de mí mismo. La arrogancia con la que siempre me había desenvuelto por los pasillos de Marvale se desmoronó por completo, dejando al descubierto una inseguridad infantil que me inquietaba.

Mi primer impulso, el de aquel Thiago posesivo e impulsivo de siempre, fue atravesar el salón, romper el círculo que formaban y reclamar la atención de mi amiga y futura reina. Quería inventar cualquier excusa diplomática para alejar a Sterling de su lado. Pero no lo hice. Me detuve. Sentí que no tenía el derecho de interrumpir una conversación en la que ella se veía tan viva, tan respetada y tan plena.

Así que solo me quedé allí, apoyado discretamente contra uno de los pilares de mármol del gran salón, observándola. Cómo reía con elegancia, cómo acomodaba sus ideas y cómo Sterling la escuchaba con una fascinación genuina. Me quedé contemplando el abismo que yo mismo había construido entre los dos, temiendo que, para cuando decidiera cruzarlo, ya fuera demasiado tarde.

Pero, de pronto, sacudí la cabeza e intenté sofocar esa tormenta de dudas antes de que terminara por consumir mi templanza.




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