Sin Obligación

CAPÍTULO 17

LA DECISIÓN

Elena

Transcurre ya la tercera semana de la Fiesta del Sol. El bullicio frenético del principado ha comenzado a convertirse en un ruido de fondo lejano, una vorágine de gala, recepciones diplomáticas y compromisos de estado de la que me voy desconectando progresivamente con cada hora que pasa. Tan solo queda una semana más de estancia en Marvale. Una semana más sosteniendo sonrisas ensayadas frente a las cámaras de la prensa internacional, asistiendo a mesas de negociación sobre infraestructuras marítimas y cumpliendo con el protocolo antes de poder regresar, por fin, a la paz predecible y profundamente reparadora de mi palacio en Valdonia.

Me senté en el sillón junto al gran ventanal que domina las luces lejanas de la costa y me permití recordar. Decidí pasar la película completa de mi historia con Thiago, sin los filtros engañosos de la nostalgia infantil ni las ilusiones románticas que construí durante años. Recordé la semana que pasamos juntos cuando él regresó de Suiza, ese breve espejismo donde creí que la complicidad de nuestra infancia seguía intacta; recordé la distancia que yo misma instalé después, los correos electrónicos breves y puramente formales que intercambiábamos.

También pensé en nuestro tiempo antes de su llegada, en sus años en el extranjero, en nuestra rutina de correos semanales, en mi sonrisa al leer los largos textos que me enviaba, donde me contaba sus anécdotas, sus pensamientos y su vida universitaria. Pensé en la brecha insalvable que existe en la forma en que ambos concebimos la vida: sus impulsos desmedidos frente a mi necesidad de mesura, su búsqueda constante de atención y adrenalina frente a mi refugio en la calma, su ligereza para asumir la corona frente al peso sagrado con el que yo entiendo el deber hacia mi pueblo.

Con la paz de la madrugada como único testigo y la promesa de libertad que mi padre me entregó la noche anterior resonando con fuerza en mi pecho, llegué a una conclusión tan serena como devastadora.

Entendí que el amor no puede sostenerse únicamente a base de recuerdos ni de la esperanza de lo que alguien podría llegar a ser. No voy a condenar mi existencia a una sala de espera infinita. No quiero convertirme en otra mujer más que pasa los años atada al teléfono, velando el sueño en una cama fría mientras escucha la madrugada, y desgastando su propia dignidad con la ilusión ciega de que un hombre cambie por ella.

Tomar conciencia de esa realidad me dio una claridad casi fría, desprovista de cualquier rasgo de arrebato o resentimiento. Ya no había dudas temblando en mi pulso ni sollozos interrumpiendo mi respiración. Sabía exactamente lo que debía hacer. A primera hora de la mañana, pedí hablar con mi padre, el rey Marcel, en la biblioteca del ala residencial. Cuando entré, fui directo al grano, le hice mi petición formal para solicitar la derogación oficial del compromiso dinástico.

Mi padre me miró en silencio durante un largo minuto. No hubo reproches en sus ojos, ni discursos de advertencia sobre las consecuencias geopolíticas. Solo vi en su rostro la triste resignación de un padre que confirma lo que ya sospechaba.

Cumpliendo la promesa que me había hecho días atrás, el rey aceptó iniciar los trámites legales y diplomáticos de manera estrictamente discreta. Me aseguró que sus abogados y el consejo privado de Valdonia redactarían los borradores iniciales bajo total confidencialidad para no encender las alarmas del resto del consejo antes de tiempo. La reina Sofía, mi madre, aún no sabía nada. Mi padre entendía que comunicárselo a ella significaría desatar una guerra en los pasillos de palacio, por lo que decidió manejar los primeros movimientos con el máximo sigilo de estado.

Acompañé a mi padre hasta su despacho provisional para atestiguar el primer paso formal. Sobre la gran mesa de nogal descansaba el acta preliminar que estipulaba la revisión y eventual anulación del acuerdo dinástico firmado quince años atrás. Contemplé la escena en un silencio casi místico: el frotar de la pluma estilográfica contra el papel grueso, el trazo firme de la firma de mi padre y el sello de cera roja que autenticaba la petición. En ese preciso instante, el destino que me había atado durante toda mi vida se fracturó definitivamente. Sentí una punzada de nostalgia amarga por el pasado que dejábamos atrás, pero sobre todo, una ola de libertad que me devolvió el aire que me faltaba.

Mientras el sello de Valdonia se secaba sobre el documento que cambiaría el rumbo de dos naciones, al otro lado del complejo del palacio, en el ala privada de la familia real de Marvale, la vida transcurría en una ignorancia serena.

Ahí, sumido en la penumbra de su recámara, Thiago probablemente dormía tranquilo. Descansaba plácidamente entre las sábanas de seda, ajeno por completo al papel que acaba de firmarse a unos pocos metros de su puerta. Dormía con la ciega convicción de que el tiempo seguía estando de su parte, convencido de que la alianza era indestructible, de que las leyes dinásticas lo protegían y de que, cuando la Fiesta del Sol terminara, siempre quedaría tiempo de sobra para arreglar las cosas entre los dos.

———

Thiago

Los reyes de Valdonia, su hija, la princesa Elena y todo el consejo de su reino llevan casi veinte días instalados en Marvale, pero es como si realmente no los conociera de nada.

Tener la casa llena de delegaciones, ministros y miembros de la corte no sirve de nada cuando la única persona que de verdad me interesa me ignora en todo momento. Elena me evita con una destreza impresionante, escudándose tras la agenda oficial, las reuniones de Estado y los compromisos diplomáticos para no coincidir conmigo a solas ni un solo segundo. Cada vez que cruzamos palabra en público, me trata con una indiferencia tan pulida y correcta que me hiela el pecho más que cualquier insulto.




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