Sin Obligación

CAPÍTULO 24

MI PROPIA VIDA

Elena

El comedor principal del palacio de Valdonia era una estancia monumental. La luz de las arañas de cristal caía sobre las vajillas de porcelana, mientras afuera el viento azotaba los ventanales. La cena transcurría en un silencio denso, apenas roto por el tintineo de los cubiertos y la formalidad pulida que siempre rodeaba a mi madre, la reina Sofía.

Mi padre, el rey Marcel, comía a ritmo pausado, observándome de reojo, siendo él mi único refugio en la mesa. Una vez que Démian se levantó de su silla y abandonó la estancia, mi madre rompió la calma, limpiándose los labios con una servilleta de lino antes de hablar.

—Las delegaciones de Marvale estarán satisfechas con el protocolo del viernes. Pero lo que realmente me importa, Elena, es lo que vendrá la semana siguiente. No podemos permitir que la corona proyecte una imagen de fragilidad o vacante prolongada.

—Madre, la derogación ni siquiera se ha firmado —respondí con tono neutro, manteniendo la vista en mi plato.

—Y por eso mismo debemos adelantarnos —interrumpió la reina, elevando levemente el mentón—. Julian Sterling ha demostrado ser el correcto. Tu padre y yo coincidimos en que es un hombre excepcional. Una vez que el asunto con Thiago quede archivado, espero que avances con rapidez hacia un nuevo compromiso. Julian es la opción más adecuada para ti y para Valdonia. No hay razón para postergarlo.

Alcé la vista lentamente. Mi padre detuvo el cubierto a mitad de camino, sintiendo la tensión que acababa de instalarse en el aire. Miré a mi madre a los ojos, sintiendo cómo el frío del comedor se me metía en los huesos, pero esta vez no hubo el temblor involuntario que solía invadirme desde la niñez.

—No habrá ningún compromiso con Julian, madre —dije con voz pausada, clara y firme.

La reina Sofía se congeló en su sitio. Sus cejas se arquearon y sus ojos verdes se endurecieron al instante.

—¿Qué has dicho? —preguntó, con un tono que rozaba el peligro implícito.

—He dicho que no voy a comprometerme con Julian Sterling. Ni la próxima semana, ni en los meses venideros.

—¡Es una absoluta insensatez! —exclamó mi madre—. ¿Has perdido la cordura, Elena? Exigiste romper un pacto con la Casa Real de Marvale porque querías tu libertad, pusiste a la diplomacia de dos reinos en vilo y ¿ahora pretendes rechazar al único candidato impecable que puede darte estabilidad política?

—Sofía, por favor, mantén la calma... —intervino mi padre con voz grave.

—¡No, Marcel, no me pidas calma! —lo cortó ella, volviendo su mirada destructiva hacia mí—. Tu hija actúa como una niña caprichosa que no comprende la altura del cargo que heredará. La corona exige sacrificios, Elena. Tu deber es garantizar la sucesión con alguien a la altura de esta casa, no jugar a las dudas existenciales.

En el pasado, ante un ataque de esta magnitud, yo me habría replegado. Habría bajado la cabeza, apretando los puños bajo la mesa y retrocedido hacia la coraza del silencio para evitar un enfrentamiento directo. Pero el aire en el comedor había cambiado.

Me puse en pie lentamente. No hubo brusquedad en mi movimiento ni prisa en mis gestos. Me ajusté el saco del vestido y me planté frente a ella al otro lado de la mesa, erguida, manteniendo la postura intachable de la futura reina de Valdonia que sería.

—No es necesario alzar la voz, madre —dije. Mi tono no tenía rabia, ni gritos, ni la menor falta de respeto.

—Elena... —murmuró mi madre, intentando recuperar el control de la conversación.

—Escúchame con atención —la interrumpí con serenidad, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Durante más de veinte años he aceptado cada una de las decisiones que ustedes tomaron en mi nombre. Acepté un compromiso a los seis años, acepté la educación que eligieron para mí, acepté la presión, los protocolos y el papel que decidieron que debía interpretar en nombre del futuro del reino. He cumplido con cada uno de mis deberes sin protestar.

Hice una breve pausa. Mi padre me observaba desde el cabezal de la mesa con un destello de orgullo contenido en la mirada, manteniéndose al margen para dejarme tomar la palabra.

—Pero este es el límite —continué—. Si he tenido el valor de enfrentar a dos coronas para romper un compromiso que no me hacía bien, no ha sido para saltar de inmediato a los brazos de otro hombre solo porque cumple con la lista de requisitos de la corte. Julian es un hombre extraordinario, pero no voy a utilizarlo como un parche para calmar la impaciencia del consejo.

—La corona no puede quedarse sin una alianza estratégica, Elena. Es una irresponsabilidad —insistió Sofía, aunque su voz ya no tenía la misma fuerza dominante; comenzaba a notar que la niña obediente ya no estaba en esa habitación.

—La corona no está vacante, madre. Yo estoy aquí —respondí con firmeza, señalándome el pecho—. Seré la reina de Valdonia cuando el momento llegue, y gobernaré con la dignidad y el compromiso que el cargo exige. Pero la decisión de con quién compartiré mi vida, mi cama y mi trono será estrictamente mía. Por primera vez en toda mi existencia, voy a tomar una decisión por mí misma, sin que nadie me dicte el guión.

El comedor quedó sumido en un silencio sepulcral. Mi madre me miró durante varios segundos, buscando en mi rostro el menor indicio de duda o flaqueza, pero solo encontró la determinación de una mujer que había dejado de pedir permiso para habitar su propia vida.




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