LO QUE NUNCA DIJIMOS
Thiago
Aguardé el momento exacto con la paciencia de un cazador acorralado. Ya no me interesaba lanzar discursos elocuentes, ni justificar las fotos de las revistas, ni pretendía convencerla de que el contrato matrimonial era la mayor bendición de nuestras vidas. Lo único que desesperadamente quería era mirar a Elena a los ojos, sin diplomáticos alrededor, sin fotógrafos y sin la sombra de la corte, para pedirle una sola cosa: empezar de nuevo. Desde cero. Como los dos adolescentes que solían refugiarse en Valdonia.
Avancé por el pasillo del ala privada de invitados cuando la noche ya había consumido el palacio por completo. La guardia real acababa de hacer el cambio de turno y el corredor de mármol estaba desierto, envuelto en un silencio denso solo interrumpido por el eco apagado de mis propios pasos. Me detuve frente a la pesada puerta doble de su recámara. No llamé. Sabía que si anunciaba mi presencia a través del servicio o mediante un toque protocolar, ella encontraría una excusa perfecta para no recibirme.
Giré el pomo de bronce con suavidad y me deslicé al interior de la habitación, cerrando tras de mí sin hacer el menor ruido.
Elena estaba de pie junto al tocador, de espaldas a la puerta. Al escuchar el leve chasquido de la cerradura se giró de golpe, con una chispa de alarma en la mirada que se transformó de inmediato en una rigidez helada al reconocerme.
Llevaba puesta una bata ligera de seda blanca sobre su ropa de dormir, una prenda sobria pero fluida que caía con delicadeza sobre su figura, dejando al descubierto la curva de sus clavículas y la palidez de sus hombros. Tenía el cabello rubio suelto, cayendo en ondas suaves sobre la espalda, y no llevaba puestos ni los lentes de montura ni las lentillas. Sus ojos, desnudos y profundamente expresivos, me sostuvieron la mirada con una intensidad que me cortó la respiración al instante.
El aire en la habitación se volvió denso, casi irrespirable. Una tensión eléctrica y caliente se apoderó del espacio que nos separaba, cargada de todo lo que nos habíamos guardado durante estas semanas de silencio.
Mi mente traicionera retrocedió de golpe al pasado, obligándome a recordar la noche en Valdonia donde la hice mía. Recordé el tacto de su piel tibia bajo mis manos, la suavidad de su respiración contra mi cuello y la intimidad absoluta de haber sido el primero —y el único— en tenerla entre mis brazos. Luché con todas mis fuerzas por sofocar esos recuerdos, aplastando el impulso primario de acortar la distancia, tomarla por la cintura y borrar a besos cada uno de los muros que había levantado entre los dos.
—Thiago... —pronunció mi nombre con una voz baja, firme, pero con un imperceptible temblor en el matiz que delató que ella también estaba sintiendo el impacto de tenerme tan cerca en la penumbra de su alcoba—. ¿Qué haces aquí? No deberías estar en mi recámara a esta hora.
—Necesitaba verte, Elena. A solas. Sin la comitiva, sin Sterling y sin las malditas apariencias del palacio —dije, dando un paso lento hacia adelante, manteniendo las manos en los bolsillos para asegurarle que no iba a sobrepasarme—. No vine a discutir, ni a exigirte nada. Solo te pido que me escuches cinco minutos.
Ella dio un paso atrás, manteniendo esa distancia de seguridad que se había vuelto su fortaleza durante estas semanas. No había rabia en sus ojos, ni reproches estridentes en su postura. La calma que proyectaba era mucho peor que cualquier grito: era la tranquilidad de alguien que ya no estaba luchando, sino que había tomado una decisión definitiva.
—Elena, sé que he cometido errores. Sé que las cosas entre nosotros se han vuelto un caos de rumores, distancias y malentendidos —continué, bajando la voz hasta convertirla en una súplica sincera, despojándome de todo orgullo—. Pero no vine aquí a convencerte de nada, ni a defender las estupideces del pasado. Solo quiero que empecemos de nuevo. Olvidemos el maldito tratado por un segundo, olvidemos a nuestras familias. Dame una oportunidad limpia de demostrarte quién soy realmente.
Elena me escuchó en un silencio absoluto, sosteniéndome la mirada. La bata de seda caía con elegancia sobre su silueta, pero debajo de esa apariencia frágil había un orgullo y una determinación de piedra que jamás le había visto.
—Llegas tarde, Thiago —dijo al fin. Su tono fue suave, casi un susurro, pero la palabra resonó en la habitación como un golpe seco.
—¿Llegar tarde? —repetí, sintiendo cómo se me apretaba el estómago—. Llevamos días sin hablarnos a solas, Elena. Te has encerrado en ti misma, me has evitado en cada pasillo y ni siquiera me has dejado acercarme. Me estás juzgando y estás describiendo a un Thiago del pasado. Te aferras al chico imprudente de hace años o al idiota de las revistas, pero no me has dado ni una sola oportunidad de mostrarme cómo soy ahora, de enseñarte el hombre que soy hoy.
Elena ladeó ligeramente la cabeza. Sus labios formaron una línea fina, triste pero inamovible.
—He visto y escuchado tantas cosas, Thiago, que sinceramente ya no sé qué pensar —respondió con seriedad—. No se trata solo de las fotos, ni de las salidas nocturnas, ni de la distancia. Se trata de la grieta que dejamos crecer entre los dos durante seis años. Te busqué en tus respuestas, esperé gestos que nunca llegaron y, cuando por fin nos reencontramos, me encontré con un desconocido que esperaba que yo encajara en su vida sin cuestionar nada.
#5622 en Novela romántica
#1492 en Chick lit
romance +18, juvenil amor reino casamiento principe, romanc problemas friends to lovers
Editado: 25.09.2026