Sin Obligación

EPÍLOGO

LO QUE QUERAMOS SER

Thiago

Elena llevaba tres días conmigo en Marvale, refugiada en mi recámara privada, lejos de los ojos del mundo. Tres días en los que el tiempo pareció detenerse entre las cuatro paredes de este espacio y el murmullo constante de las olas rompiendo a lo lejos.

Afuera, la tarde comenzaba a ceder ante un crepúsculo dorado, pero dentro de la habitación la penumbra era casi total, iluminada apenas por la luz cálida que se colaba entre las cortinas entreabiertas. Elena estaba recostada sobre las sábanas desordenadas, con el cabello rubio desparramado como una ola sobre las almohadas. Al verla así, con la piel encendida y la respiración aún agitada por la batalla previa que acabábamos de librar, la sola visión me secó la garganta.

—Me estás mirando demasiado, Thiago —murmuró con la voz enronquecida por el cansancio y el deseo, esbozando una sonrisa perezosa mientras intentaba cubrirse el pecho con la sábana.

—No te estás escondiendo de nadie aquí, Lena —dije, atrapando el borde de la tela antes de que pudiera cubrirla y apartándola con lentitud deliberada.

Me posicioné sobre ella, apoyando los antebrazos a cada lado de su cabeza. La cercanía hizo que el aire entre los dos volviera a cargarse de una electricidad pesada, casi palpable. El aroma a sal, a su perfume y a la humedad de nuestras pieles entrelazadas llenaba el ambiente. La miré a los ojos: la ligera neblina de la lujuria seguía allí, ardiendo con una intensidad nueva, que estaba explorando conmigo.

Deslicé mi mano libre desde su garganta, sintiendo el latido desbocado de su pulso, bajando por el valle de sus pechos hasta apretar la curva de su cintura. Elena ahogó un gemido cuando mis dedos se hundieron en su carne con posesión sin rodeos.

—Pensé que estabas cansado —protestó en un susurro que traicionaba sus verdaderas ganas, arqueando la espalda hacia mi toque.

—Nunca para esto —murmuré contra su oído, rozando mis labios por su cuello hasta encontrar el punto sensible justo debajo de su oreja.

Ella soltó un jadeo ahogado y enterró sus dedos en mi cabello, tirando de mí hacia abajo. Su boca buscó la mía con una voracidad que me hizo perder el aliento. No había timidez ni contención; sus labios se abrieron con desesperación, devorándome, mientras sus piernas se enredaban en las mías, buscando acortar cualquier milímetro de espacio que pudiera separarnos.

Mi mano descendió más, trazando la curva de su cadera hasta colarse entre sus muslos. Elena abrió las piernas para mí de inmediato, dejando escapar un gemido agudo cuando mis dedos encontraron su centro, completamente húmedo y ardiendo por la fricción.

—Thiago... por favor —suplicó contra mis labios, perdiendo toda compostura.

—Mírame —le ordené en un susurro ronco, separándome apenas para clavar mis ojos en los suyos mientras incrementaba el ritmo de mis dedos, acariciándola con firmeza, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de mi tacto.

Elena mordió su labio inferior, tratando inútilmente de contener los gemidos que retumbaban en la habitación. Sus ojos grises estaban nublados por el placer absoluto, su vientre se contraía y sus manos se aferraban a mis hombros con una fuerza ciega. La tensión acumulada en su cuerpo era tanta que supe que estaba al límite.

Retiré la mano solo para acomodarme entre sus piernas. Guié mi miembro, duro y latente, contra su entrada. El roce directo hizo que Elena soltara un suspiro entrecortado y clavara las uñas en mi espalda.

—Ahora, Thiago... no esperes más —pidió, exigente, con esa nueva autoridad que me volvía completamente loco.

Empujé hacia dentro con una estocada lenta, profunda y sin interrupciones, llenándola por completo. El calor apretado de su cuerpo envolviéndome arrancó un insulto de mi propia garganta. Elena echó la cabeza hacia atrás, mientras sus músculos se amoldaban a mí con una voracidad hambrienta.

Comencé a moverme con un ritmo firme, cadencioso y cada vez más agresivo, dejando que la lujuria y la pasión guiaran cada embestida. La cama crujía bajo el impacto de nuestros cuerpos, el sonido de la piel contra la piel resonaba en la penumbra y cada movimiento sacudía a Elena de la cabeza a los pies. La tomé por las caderas, elevándola ligeramente para entrar aún más profundo, sacándole jadeos desgarrados que no le importó contener.

—Eres mía, Elena... —le susurré contra la boca, perdiendo el control al sentir cómo sus paredes apretaban desesperadamente mi miembro.

—Tuya... Dios, sí, Thiago —respondió ella con la respiración entrecortada, entregándose por entero a la ola de placer que nos devoraba.

El ritmo se volvió frenético. Ella acompañaba cada una de mis embestidas elevando las caderas, buscando ese punto exacto que la llevaba al borde del abismo. Sostuve su mirada en medio del caos de las sábanas hasta que vi cómo sus pupilas se dilataban por completo; su cuerpo se tensó como un arco, sus muslos temblaron alrededor de los míos y Elena se vino con un grito sofocado que ahogó contra mi cuello, mientras las oleadas de su orgasmo me apretaban sin piedad.

Verla romperse de esa manera fue mi perdición. Aumenté la velocidad con un par de estocadas finales, profundas e implacables, hasta que la marea del placer me alcanzó también, derramándome en su interior con un gemido grave mientras me aferraba a su cuerpo húmedo como si fuera mi único anclaje al mundo.




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