UN FUTURO DISTINTO
Elena
El regreso a Valdonia fue un bálsamo que apenas logró adormecer la marea de pensamientos que traía conmigo desde Marvale. La Fiesta del Sol había quedado atrás como un espectáculo distante, y al cruzar las puertas de nuestro palacio, el otoño nos recibió con su abrazo de niebla densa, mañanas frías y senderos cubiertos por una alfombra crujiente de hojas secas.
Sin perder un solo segundo, me sumergí de lleno en mis responsabilidades. Aumenté mis horas en el ala ejecutiva, revisé informes fiscales hasta entrada la noche y programé visitas a las provincias del norte. Necesitaba que el trabajo me consumiera, que el deber me exigiera cada gramo de atención para no dejar espacio a la duda. Sin embargo, no era tan fácil engañar a quienes me conocían de toda la vida.
Beatriz y Valeria me observaban con una inquietud evidente que ni siquiera intentaban disimular. Las veía intercambiar miradas preocupadas cuando me sorprendían con la vista fija en la nada, sosteniendo una pluma sobre el papel sin firmar, o cuando respondía a sus preguntas con una cortesía tajante y distante. Sabía que nada en mi cabeza estaba realmente en orden y que la turbación se reflejaba en la rigidez de mis hombros y en mi falta de apetito. Pero elegí ignorarlas. Mantuve la compostura con una disciplina de hierro, convencida de que si no hablaba del abismo que sentía dentro, este terminaría por desaparecer.
En medio de esta rutina gris y predecible, la presencia de Julian Sterling se convirtió en una constante inesperada.
Julian comenzó a viajar a Valdonia una o dos veces por semana. Realizaba un trayecto de cuatro horas por carretera entre la niebla otoñal solo para estar a mi lado unas pocas horas. Al principio, excusaba sus visitas en el seguimiento de los acuerdos comerciales bilaterales que habíamos firmado en el principado; pero muy pronto las carpetas de estado quedaron en segundo plano. Julian ya no actuaba simplemente como mi compañero de debates intelectuales o el diplomático brillante: había comenzado a cortejarme de manera abierta, elegante y pausada.
Aparecía en mi despacho con detalles sutiles: flores, chocolates, un té específico para las tardes frías o simplemente el regalo de su tiempo para dar paseos tranquilos por los jardines del palacio, entre el murmullo de las fuentes heladas. Con él no había presión, ni expectativas sofocantes, ni la sombra de un compromiso impuesto desde la infancia. Su conversación era siempre fluida, estimulante y profundamente respetuosa.
Estar a su lado me resultaba innegablemente cómodo. Julian me ofrecía un refugio de paz donde no tenía que defender mi posición ni justificar mis decisiones. Sin embargo, mientras caminaba junto a él bajo el cielo plomizo de Valdonia, observando la serenidad con la que me miraba, una pregunta insistente volvía a rondar mi mente: no sabía si esa comodidad y esa paz perfecta eran el cimiento de una vida juntos, o si simplemente estaba confundiendo el alivio de la calma con la fuerza de un verdadero amor.
Una tarde, mientras la niebla comenzaba a espesarse tras los ventanales del ala privada, mi padre me citó en su despacho para tomar el té. El aroma a madera de roble y té negro llenaba la estancia, creando un ambiente acogedor que contrastaba con la frialdad que arrastraba en el pecho.
—He estado en contacto constante con Marvale esta semana, Elena —comenzó el rey Marcel, dejando su taza sobre el plato de porcelana con un movimiento pausado—. Específicamente con Thiago.
Al escuchar su nombre, la postura se me tensó de inmediato. Ajusté los lentes de montura sobre el puente de mi nariz y sostuve la mirada de mi padre con una compostura impecable.
Hacía semanas que no sabía nada de él. Nunca más toqué el teléfono personal y mantuve apagada la computadora personal para no caer en la tentación de revisar el correo electrónico. Tenía miedo de conseguir la bandeja de entrada vacía.
—¿Thiago? Pensé que las negociaciones sobre el borrador de anulación las llevarías directamente con el gabinete legal de la corte.
—Él me pidió hacerlo de forma personal —respondió el rey Marcel, mirándome con un matiz de profunda reflexión—. Debo admitir que me ha tomado por sorpresa. Está manejando toda esta situación con una madurez y un pragmatismo que no esperaba de un joven de su edad.
Un silencio breve se instaló entre los dos. Mi padre se reclinó en su sillón de cuero y continuó:
—Los reyes de Marvale, sus padres, todavía no conocen oficialmente la decisión sobre la derogación del acuerdo. Thiago me pidió un margen de tiempo para articular los primeros movimientos en secreto.
—¿Por qué ocultárselo a sus propios padres? —pregunté, sintiendo un leve desconcierto que intenté disimular tras una voz firme—. La reina Sara es la principal impulsora de nuestra unión. Ocultárselo solo posterga lo inevitable.
—Porque Thiago está intentando resolver primero cada una de las consecuencias legales y los compromisos económicos bilaterales antes de provocarle una crisis a su propia familia —explicó mi padre con tono sereno—. Me dijo que no quiere que la noticia destruya los acuerdos de infraestructura de la bahía, ni que se filtre a la prensa información innecesaria. Él mismo está asumiendo el desgaste de reestructurar las cláusulas del contrato para que Valdonia no sufra ningún impacto negativo.
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Editado: 25.09.2026