Sin Obligación

CAPÍTULO 19

EL HOMBRE QUE DEJÓ DE PERSEGUIRLA

Elena

El calendario de la Fiesta del Sol consumía implacablemente sus últimos días. La grandiosa atmósfera de celebración que había envuelto al principado durante semanas comenzaba a tomar un matiz de despedida, cargado de balances políticos, firmas de acuerdos secundarios y los preparativos para el banquete final que marcaría la partida de la comitiva de Valdonia.

Sin embargo, para mí, el verdadero cambio no radicaba en el protocolo que llegaba a su fin, sino en la atmósfera que rodeaba a Thiago.

Desde la noche en que aceptó la disolución de nuestro compromiso en mi recámara, su comportamiento dio un giro radical. Me había preparado mentalmente para enfrentar múltiples escenarios tras esa conversación: anticipé miradas de resentimiento, desplantes sutiles en público, actitudes evasivas o incluso algún exabrupto guiado por el orgullo herido. Pero Thiago no hizo nada de eso.

Simplemente, dejó de perseguirme.

No hubo reproches silenciosos ni frialdad fingida. Thiago reapareció en la agenda oficial transformado en una versión impecable y absolutamente profesional de sí mismo. Ya no buscaba mi mirada entre la multitud, no intentaba acorralarme en los pasillos de palacio ni buscaba pretextos para entablar una conversación a solas. Pero tampoco parecía resentido ni afectado. Actuaba con una normalidad pasmosa que desarmaba cualquier barrera defensiva que yo hubiera construido.

Lo observé detenidamente durante los consejos de inversión y las reuniones ejecutivas con los empresarios internacionales. Thiago asistía puntual, impecablemente vestido, participando con una elocuencia, una madurez y un aplomo que dejaron impresionados a los analistas de Valdonia. Cumplía con cada una de sus obligaciones como heredero con serenidad, respondiendo a mis intervenciones técnicas sobre los proyectos con la misma cortesía fluida y distante con la que trataba a cualquier otro miembro del consejo diplomático.

Esa calma tan absoluta, tan desprovista del fuego impulsivo que siempre lo rodeaba, me desconcertaba mucho más que sus antiguos intentos de insistir. Thiago había aceptado mi decisión sin montar un espectáculo, y al hacerlo, me había otorgado la libertad que quería... dejándome a solas con un extraño y frío vacío en el pecho.

A medida que las horas previas al banquete de clausura se agotaban, un pensamiento incómodo y persistente comenzó a instalarse en mi cabeza. Al verlo tan entero, tan enfocado y desempeñando su papel con una solvencia impecable, no pude evitar empezar a preguntarme si realmente Thiago estaba afectado por la ruptura... o si, en el fondo, la había aceptado con el mismo alivio con el que un hombre se quita un peso de encima. Quizás, al liberarse de la sombra del acuerdo, él simplemente había encontrado la excusa perfecta para soltar una responsabilidad que jamás quiso llevar.

Esa duda me carcomió en silencio hasta la recepción de esa noche.

El salón principal resplandecía bajo las arañas de cristal, lleno de diplomáticos, ministros y miembros de la aristocracia que brindaban por el éxito de la cumbre. Yo permanecía cerca de uno de los ventanales, conversando brevemente con Beatriz sobre la logística de las maletas para el viaje de regreso a Valdonia, cuando vi a Thiago avanzar en mi dirección.

Caminaba con paso firme, tranquilo, sosteniendo una copa de champán con la compostura de un monarca hecho y derecho. Ya no había vacilación en sus gestos ni la tensión desesperada de noches anteriores. Al llegar frente a mí, inclinó la cabeza con una cortesía impecable, aguardando a que Beatriz se retirara discretamente a un par de metros para hablar.

—Buenas noches, Elena —saludó con una voz pausada, impecablemente neutral.

—Buenas noches, Thiago —respondí, ajustando la postura y adoptando mi habitual coraza de serenidad.

Él dio un sorbo corto a su copa y mantuvo la mirada en la mía, sin atisbo de reproche, pero con una lucidez directa que me tomó por sorpresa.

—Solo quería hacerte una pregunta antes de que la comitiva de tu padre comience con los anuncios de cierre —dijo en un tono bajo, lo suficientemente reservado para que la música de la orquesta cubriera sus palabras—. ¿Ya le informaste al rey Marcel que estoy al tanto de la derogación?

Me quedé paralizada durante una fracción de segundo, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba en la garganta. La realidad era que no lo había hecho. No le había dicho a mi padre que Thiago había entrado a mi habitación, que habíamos tenido esa conversación definitiva y que él había aceptado soltar el compromiso sin oponer resistencia.

—No... —admití al fin, en un hilo de voz, tratando de mantener el mentón en alto a pesar de la turbación—. Todavía no se lo he dicho.

Thiago me sostuvo la mirada con calma; lejos de tranquilizarme, me erizó la piel.

—Entiendo —dijo, dando un pequeño asentimiento con la cabeza—. En ese caso, hablaré yo directamente con el rey Marcel mañana por la mañana.

Lo miré sin comprender del todo, sintiendo cómo una chispa de alerta se encendía en la base de mi nuca.

—¿Hablarás con mi padre? ¿De qué?

—De la derogación, Elena —respondió con absoluta naturalidad, sosteniendo la copa con elegancia. Ya no era más Lena; ahora era solo Elena—. Le comunicaré que estoy al tanto de la solicitud, que acepto plenamente la decisión y que cuenta con mi respaldo absoluto para que la anulación se maneje de la forma más limpia posible. Quiero evitar a toda costa que esto se transforme en un conflicto político entre las dos Casas Reales. Si soy yo quien le confirma que no habrá disputas por parte de Marvale, tu padre podrá gestionar los trámites en el consejo con total fluidez, sin tensión ni especulaciones sobre un agravio diplomático.




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