DOCE MESES
Elena
La primera mañana en la que desperté sin saber qué hora era, dónde estaba ni qué persona del consejo esperaba encontrarme en los siguientes treinta minutos, tardé varios segundos en recordar quién era.
Abrí los ojos lentamente y contemplé un techo blanco que no reconocía: no había retratos de antiguos monarcas, ni cortinas pesadas con el escudo de Valdonia, ni una bandeja de desayuno esperando junto a la cama con una carpeta de documentos sobre la mesa de noche. Tampoco había nadie golpeando la puerta para recordarme que tenía una reunión a las ocho; solo había una habitación pequeña, luminosa y silenciosa, acompañada por el sonido lejano de una ciudad despertando detrás de la ventana.
Giré la cabeza hacia el reloj y, al marcar las nueve y diecisiete, me incorporé de golpe.
—¡Dios mío! —Valeria apareció en la puerta exactamente tres segundos después.
—¿Qué pasó?
—Son las nueve.
—Sí.
—¡Las nueve! —Valeria apoyó un hombro contra el marco.
—Es una hora bastante común para estar despierta.
—Tengo que bajar. ¿Dónde está mi agenda? —Ella me observó durante unos segundos. Después sonrió.
—No tienes agenda. —Me quedé mirándola.
—¿Cómo que no tengo agenda?
—No tienes reuniones. No tienes audiencias. No tienes informes. No tienes recepción. No tienes almuerzo diplomático. No tienes consejo. No tienes absolutamente nada programado. —La miré con incredulidad.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
Beatriz apareció detrás de ella con dos tazas de café.
—Lo que hace cualquier persona normal cuando se despierta.
—¿Qué?
—Vivir.
La palabra cayó sobre mí con una sencillez aplastante. Durante años había escuchado ese término atado a una obligación perpetua —vivir para Valdonia, para la corona, para el deber, para la imagen o para ser quien todos esperaban—, pero aquella mañana nadie me decía para quién debía hacerlo, y descubrí que no sabía muy bien cómo lograrlo.
Las primeras semanas fueron las más extrañas. Habíamos decidido mantener el viaje relativamente discreto: no podía desaparecer por completo sin que la prensa especulara, pero tampoco quería una comitiva oficial que transformara cada paseo en una ceremonia. Beatriz se encargaba de la logística, Valeria de mi seguridad y yo solo tenía que elegir hacia dónde ir, algo que resultó ser sorprendentemente difícil.
—¿Qué quieres hacer hoy? —me preguntó Beatríz una mañana.
—No lo sé.
—Entonces elige.
—¿Entre qué opciones?
—Entre todas.
La miré.
—Eso no ayuda.
Valeria soltó una carcajada desde el sofá.
—La princesa necesita que le den un formulario para escoger cómo divertirse. —Le lancé una mirada.
—No me llames princesa.
—Perfecto. Entonces, ¿qué quieres hacer, Elena?
Aquella interrogante me dejó en silencio, obligándome a buscar a la mujer detrás de la heredera, la futura reina, la hija de los reyes o la prometida desde la infancia. Al final elegí caminar. Recorrimos las calles de Austria durante horas, entramos en pequeñas tiendas, probé un pastel demasiado dulce, me perdí en una librería comprando libros que no tendría tiempo de leer y terminé por la tarde sentada en una terraza con un vestido sencillo, el cabello desprolijo y unos lentes ajenos a mi vestuario oficial.
Miré alrededor, comprendiendo que nadie me esperaba, nadie me observaba y nadie me preguntaba qué pensaba el consejo; sonreí al entender que eso era exactamente lo que había estado buscando.
La primera vez que llamé a Thiago ocurrió diez días después de abandonar Valdonia. No había emergencias ni nada importante que contar; simplemente estaba sentada frente a una fuente tomando café y recordé la promesa de ser yo quien lo buscara directamente. Miré el teléfono durante un minuto y marqué. Contestó al cuarto tono con una voz que me produjo una sensación familiar, cálida y demasiado cercana para alguien que llevaba semanas intentando convencerse de que nuestra vida compartida había quedado atrás.
—Hola. —Hubo un pequeño silencio.
—Lena. —Sonreí.
—Te dije que iba a llamar.
—Lo recuerdo.
—¿Estabas ocupado?
—Estaba revisando unos informes.
—Entonces puedo llamar después.
—No. —Su respuesta fue inmediata—. No estoy ocupado.
Miré la taza entre mis manos.
—Estoy en Austria.
—Eso suena genial.
—Está siendo sumamente interesante.
—¿Qué?
Me quedé pensando.
—Vivir. Disfrutar. Respirar.
Al otro lado hubo un silencio breve.
Después escuché su risa.
—Siempre quise que sintieras esa sensación de libertad.
Hablamos durante casi una hora, sobre cosas insignificantes: del viaje, de un ministro que convirtió una reunión breve en una tragedia, de Beatriz perdiendo unas llaves que llevaba en el bolsillo y de Valeria arrepentida de acompañarme. No hablamos de la derogación, de Julian, del compromiso ni de nosotros. Cuando colgué, en lugar de culpa o nostalgia, solo sentí una extraña felicidad por haber hablado con mi mejor amigo.
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Editado: 25.09.2026