Sin Obligación

CAPÍTULO 23

LA VIDA DESPUÉS DE THIAGO

Elena

Las carpetas sobre el escritorio de mi despacho ya no contenían borradores. Las cláusulas de indemnización, la reorganización del puerto de la bahía y la disolución de los acuerdos bilaterales de compromiso habían entrado en su fase burocrática final. Solo restaban un par de sellos y la ratificación del consejo para que el compromiso entre la Casa Real de Valdonia y la Casa Real de Marvale pasara oficialmente a los libros de historia.

Octubre avanzaba sobre el palacio cargado de una calma helada. El cielo, cubierto por una capa continua de nubes grises, parecía reflejar la quietud absoluta que comenzaba a asentarse en mi vida.

La partida de Thiago me había dejado en un espacio extraño, despejado de tormentas pero extrañamente silencioso. Sin el peso del compromiso impuesto ni la sombra de los enfrentamientos constantes, mi mente empezó a preparar el terreno para la vida que venía. Se suponía que este era el momento de respirar, el instante exacto en que la libertad que quería al fin se materializaba en paz.

Y en esa nueva arquitectura de mi rutina, Julian Sterling se convirtió en la columna vertebral.

Su presencia ya no era una visita esporádica una o dos veces por semana; Julian estaba cada vez más integrado en el día a día de la corte. Su capacidad para desenvolverse entre los diplomáticos de Valdonia era impecable. Se le veía con frecuencia caminando a mi lado por el paseo de las galerías, acompañándome en las recepciones oficiales de la tarde o compartiendo la mesa del té con mi padre.

La corte, siempre atenta a los más mínimos gestos de la línea de sucesión, no tardó en percibir el cambio de corriente. Los murmullos de los pasillos ya no especulaban sobre el distanciamiento con el príncipe de Marvale; los consejeros más antiguos ahora sonreían con aprobación ante la imagen de Julian, observándolo como el perfil ideal para ocupar el lugar de consorte. Era un Sterling, un hombre de negocios respetado, culto, sin un solo titular sensacionalista en su historial y con la madurez necesaria para respetar las instituciones de nuestro reino.

Tenía todo a favor. Mi padre mostraba una satisfacción contenida que se le notaba en la serenidad de la mirada; el consejo aprobaba la transición con un alivio evidente; y la estabilidad política que tanto había temido perder estaba plenamente garantizada. Tenía frente a mí, sobre un tintero de plata y sin una sola curva peligrosa, exactamente el futuro predecible, ordenado y maduro que siempre creí necesitar.

Me detenía a contemplar a Julian mientras leía informes al otro lado de la chimenea de mi sala de lectura. Miraba la elegancia de sus gestos, la serenidad de sus ojos claros y la paciencia inagotable con la que me escuchaba hablar sobre la gestión de las provincias. Tenía ante mí a un candidato intachable, a un hombre que me ofrecía una existencia tranquila y respetuosa, libre de las presiones mediáticas y de la pasión caótica de Marvale.

Debería haber sentido un alivio profundo. La tormenta había pasado, las piezas estaban en su sitio y el futuro volvía a ser un camino firme bajo mis pies. Sin embargo, mientras el reloj del despacho marcaba las horas en un eco monótono, me descubría buscando en el silencio una chispa, un sobresalto o una señal que me confirmara que esta serenidad absoluta no era simplemente el nombre elegante que le daba al vacío.

Pero la mente es traicionera, y en la quietud de esa rutina impecable, las grietas comenzaron a mostrarse a través de las cosas más insignificantes.

Empecé a notar pequeños detalles, vacíos sutiles que se colaban en las tardes más apacibles. De manera completamente involuntaria, me descubrí comparando las conversaciones. Julian era un hombre brillante, capaz de articular análisis geopolíticos impecables y de debatir sobre arte o economía con una elocuencia admirable. Pero sus respuestas siempre eran correctas, mesuradas, perfectamente calculadas para agradarme o para mantener la armonía.

Con Thiago era distinto. Recordé cómo Thiago sabía desafiarme, cómo desarmaba mis discursos más rígidos con una sola pregunta ácida o con esa ironía afilada que solía sacarme de quicio. Echaba de menos, con una punzada amarga en el pecho, determinadas bromas compartidas que solo nosotros dos entendíamos, chistes privados construidos durante una vida de complicidad que nadie más en el mundo podría replicar.

Julian no hacía nada malo. Al contrario: se comportaba de manera absolutamente impecable. Era atento, me cedía el paso, adivinaba cuándo ofrecer su brazo y mantenía un respeto intachable hacia mis tiempos y mis espacios. Era, en teoría, el compañero perfecto.

Y sin embargo, Julian no conocía mis silencios.

Cuando me quedaba callada mirando por la ventana del despacho, Julian asumía que estaba cansada o concentrada, y me dejaba espacio con una delicadeza pulcra. Thiago, en cambio, leía la tensión en mis hombros a kilómetros de distancia. Sabía exactamente cuándo mi silencio era cansancio, cuándo era duda y cuándo era una petición muda de ayuda. Sabía cuándo acercarse sin hablar y cuándo hacerme enfadar para que desahogara la frustración que llevaba dentro.

Incluso me descubrí extrañando aspectos de él que antes me irritaban sobremanera: la soltura casi irreverente con la que caminaba por los pasillos de palacio, la manía de despeinarse el cabello con los dedos cuando estaba impaciente, esa confianza ciega en sí mismo que solía parecerme arrogante y que ahora reconocía como una firmeza inquebrantable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.