Sin Obligación

CAPÍTULO 22

SOLTAR

Thiago

El aroma a tabaco de pipa llenaba el despacho principal del palacio de Valdonia. Frente a mí, sentado tras su imponente escritorio de madera tallada, el rey Marcel revisaba las hojas del borrador final. Marcel no era solo el soberano de este reino; era un gran amigo de mi padre desde hacía décadas, un hombre al que yo había aprendido a respetar desde niño.

—Los términos de reestructuración para el puerto de la bahía quedan completamente blindados, Thiago —dijo Marcel, ajustándose los lentes mientras pasaba la página—. Ninguno de los dos reinos sufrirá un impacto financiero negativo cuando esto se vuelva público. El gabinete legal ha hecho un trabajo impecable.

—Es lo que acordamos, Majestad —respondí, manteniendo la voz firme—. La estabilidad de ambas coronas debe estar por encima de cualquier asunto personal.

Octubre acababa de instalarse. Miré de reojo hacia el ventanal del despacho, observando cómo la niebla devoraba las copas de los árboles en los jardines. Faltaban apenas seis meses para la fecha en la que el compromiso se haría público; seis meses para que la promesa con la que crecí se convirtiera en realidad. Pero ya no habría nada de eso. Estábamos a solo unos días de estampillar la firma definitiva en el documento de derogación, borrando de un plumazo quince años de historia compartida.

Por dentro, me embargaba un vacío extraño, denso y difícil de definir.

No era la devastación de un hombre a quien le habían arrancado el amor apasionado de su vida, porque nuestra relación nunca tuvo la oportunidad de florecer de esa manera. Pero Elena siempre estuvo ahí. Desde que tenía uso de razón, mi vida entera había orbitado a su alrededor. Fue mi amiga de la infancia, mi compañera de juegos en los veranos de Marvale y la persona junto a la que estaba destinado a sostener el peso de una corona. Mi futuro completo tenía su nombre grabado.

Y ahora, de la noche a la mañana, no éramos absolutamente nada.

Elena había construido una brecha inmensa, una muralla infranqueable de hielo y prudencia entre los dos. Se encargó de dejarme del otro lado, condenándome a ser un espectador silencioso de su vida, obligado a mirar desde la distancia.

Me costaba un esfuerzo sobrehumano concentrarme en los comentarios técnicos del rey Marcel sobre los aranceles de importación. Sus palabras se volvían un murmullo lejano mientras la imagen de lo que acababa de ver en el jardín se repetía en mi mente como una tortura lenta.

La vi. La vi caminar junto a Julian Sterling. Y lo que más me dolía no era la presencia de él, sino la expresión de ella: Elena se veía tranquila, contenida... feliz. Había una paz en sus facciones cuando lo escuchaba que ya no mostraba a mi lado.

Una punzada de amarga impotencia me atravesó el pecho. Sentía el peso aplastante del fracaso sobre los hombros, la amargura sorda de un hombre que comprende que no estuvo a la altura, que le quedó ridículamente grande la tarea de hacer feliz a su chica y de retenerla a su lado. Luché por mejorar, asumí el control de Marvale y dejé atrás al chico impulsivo que la irritaba, pero todo ese esfuerzo llegó demasiado tarde. La brecha ya era insalvable.

Apreté los puños bajo la mesa, sintiendo el cuero frío de mis guantes. Quería gritar, quería romper el protocolo y exigirle una explicación a la vida, pero el orgullo y la realidad me devolvieron a la mesa de negociación. No había nada que pudiera hacer al respecto. Elena había tomado su decisión, había exigido su libertad y a mí solo me quedaba una opción digna: aceptarlo, tragarme la amargura y soltarla para siempre.

Un movimiento en mi campo de visión me sacó bruscamente de la espiral de mis pensamientos. El rey Marcel se había puesto en pie, apoyando las palmas de las manos sobre el escritorio. Al levantar la vista, me encontré de lleno con sus ojos: ese tono gris era exactamente idéntico al de Elena.

El rey me miró fijamente durante un largo instante.

—¿Sabes algo, Thiago? —comenzó, rompiendo la calma con una voz teñida de una calidez paternal—. Muy en el fondo de mi corazón, pensé que ustedes dos realmente lo intentarían. No por la presión de las dos coronas ni por el contrato firmado por sus padres, sino porque creía que la complicidad y la amistad que construyeron desde niños los llevaría a desarrollar, tarde o temprano, un amor profundo y verdadero.

Escuchar sus palabras me provocó una punzada aguda en el centro del pecho. Por un segundo efímero, me pregunté cómo se sentiría realmente un amor de esa magnitud: ese tipo de afecto devoto, sin barreras ni reservas, donde dos personas se eligen sin dudar ante el mundo. Yo jamás lo había experimentado. En ese instante, lo único que llenaba mi existencia era un poso amargo de tristeza y una nostalgia abrumadora por todo lo que alguna vez tuvimos, por la cercanía perdida y por el futuro que estaba dejando ir para siempre.

Sostuve la mirada del rey, tragándome el nudo que amenazaba con cerrar mi garganta, y respondí con la absoluta verdad.

—Yo lo intenté, Majestad —admití, con la voz cargada de una dignidad intachable—. Créame que intenté acercarme, intenté demostrarle que podía ser el hombre que ella necesitaba a su lado. Pero Elena ha levantado un muro infranqueable. Está mostrando un orgullo y una rigidez que jamás le conocí durante nuestra adolescencia. Parece más preocupada por defender su independencia y no ceder ni un milímetro que por ver lo que realmente teníamos frente a nosotros.




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