Sin Obligación

CAPÍTULO 21

LO QUE ESTÁ A PUNTO DE TERMINAR

Elena

El viento del norte soplaba con una helada insistencia sobre los jardines reales de Valdonia. La niebla de la mañana se negaba a disiparse por completo, envolviendo los senderos de piedra en una atmósfera íntima y melancólica.

Caminaba a paso lento junto a Julian Sterling. Como era su costumbre durante estas semanas, se había tomado el tiempo de viajar con frecuencia solo para estar a mi lado. Llevaba una bufanda de lana oscura anudada sobre su abrigo de corte impecable. Julian me ofrecía su brazo con esa elegancia innata que lo caracterizaba, hablándome sobre la restauración de la galería de arte en la capital de Marvale. Su cortejo nunca era invasivo; era una mezcla de atenciones sutiles, palabras amables y una paciencia que, en teoría, debería haberme transmitido una paz absoluta.

Estábamos cerca de la terraza principal cuando el eco de un motor rompió la serenidad del jardín, seguido por el sonido de pasos firmes sobre la gravilla. Al girar la vista hacia la escalinata de entrada, el corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho.

Era Thiago.

Había llegado al palacio para la reunión a puerta cerrada que tenía programada con mi padre. Verlo de repente, a solo unos metros de distancia, me congeló la sangre. Tenía más de un mes sin verlo, sin escuchar su voz y sin saber absolutamente nada de su día a día desde aquella noche en el banquete de clausura en Marvale.

Mi mirada lo recorrió de inmediato, incapaz de contener la curiosidad. El cambio de estación le sentaba ridículamente bien. Thiago vestía un abrigo largo de paño en tono azul marino sobre un suéter de lana gruesa de cuello alto en color gris, una combinación sobria y ejecutiva que marcaba la anchura de sus hombros y su porte imponente. El cabello, habitualmente peinado con precisión, estaba sensiblemente más largo, cayéndole en mechones rebeldes y ligeramente despeinados por el viento helado. Ese atuendo hacía que el azul de sus ojos resaltara con una intensidad magnética, casi eléctrica.

Se detuvo al vernos. Durante una fracción de segundo, la brisa pareció congelarse entre los tres. Sin embargo, no hubo vacilación en sus pasos ni la menor sombra del chico insistente que solía reclamar mi atención. Thiago avanzó hacia nosotros con las manos enguantadas descansando con soltura a los costados.

—Buenas tardes, Elena —saludó al llegar frente a nosotros. Su voz, rasposa y profunda me erizó la piel.

—Buenas tardes, Thiago —respondí, apretando ligeramente el agarre sobre mis propios guantes para ocultar la turbación. Ajusté los lentes de montura sobre mi nariz, buscando refugio en mi acostumbrada coraza de serenidad—. No esperaba que tu llegada fuera tan temprano.

—La carretera estaba despejada —explicó con tranquilidad, para luego girar la cara hacia mi acompañante con una educada inclinación de cabeza—. Señor Sterling, un placer volver a verlo.

Julian reaccionó con la solvencia diplomática que lo caracterizaba. Dio un paso al frente y le extendió la mano con una sonrisa cordial.

—Príncipe Thiago, el placer es mío. Espero que el viaje no haya sido demasiado pesado.

—En absoluto, Sterling. El otoño en Valdonia siempre tiene un paisaje digno del trayecto —respondió Thiago, estrechando su mano con firmeza.

Lo observé detenidamente, buscando obsesivamente en sus facciones algún rastro de tensión, un destello de celos o el menor indicio de competencia al ver a Julian tan cerca de mí, compartiendo un paseo privado en los jardines de mi casa. Pero no encontré nada. Thiago proyectaba una normalidad absoluta, una madurez tan bien asimilada que resultaba desarmante. No había resentimiento en su mirada, ni miradas de reojo.

—Los dejo continuar con su paseo —añadió Thiago, dando un medio paso atrás y dedicándonos una última mirada neutral—. Tengo una cita con el rey Marcel y no me gustaría hacerlo esperar. Con su permiso.

—Por favor, adelante. Que tenga una buena reunión —asintió Julian con cortesía.

Thiago me sostuvo la mirada solo un segundo más, el tiempo justo para una despedida silenciosa, y luego se dio la vuelta, subiendo la escalinata de piedra con pasos firmes y decididos hacia el interior del palacio.

Me quedé inmóvil en medio del jardín, contemplando cómo su abrigo largo desaparecía tras las pesadas puertas de roble. Estaba tan cerca... Apenas a unos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, y sin embargo la distancia entre los dos se sentía más abismal que nunca. Durante más de un mes había intentado convencerme de que la decisión de soltarlo era la correcta, pero verlo allí, convertido en un hombre sereno, distante e inalcanzable, dejó un vacío en mi estómago que ni toda la cortesía de Julian pudo llenar.

Antes de que pudiera dar dos pasos más por el sendero junto a Julian, el sonido de las puertas de roble al abrirse de nuevo interrumpió el murmullo del viento.

—Señor Sterling, disculpe la interrupción —dijo Thiago, reapareciendo en lo alto de la escalinata con sus guantes en una mano. Su tono era tranquilo, pero cargado de esa autoridad natural que no admitía objeciones—. El canciller está en el vestíbulo buscando los informes de la comisión de transporte. Me pidió que le preguntara si podía facilitarle una copia antes de su partida.




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