Una Vida Perruna

CAPÍTULO 2 LOS CUATRO PATITAS

Mientras el cachorrito caminaba y se caía con sus patitas regordetas, chillaba. Tenía frío y hambre. Era enorme esa banqueta, con baches, que al subirlos se caía, resbalosa, sentada con sus patitas delanteras arriba. Se movía y caminó en cuatro patas. Vio un callejón, ahí se metió, en unas cajas se hizo bolita y chillaba.

En un departamento estaba haciendo unos planos de unos diseños una joven que no tenía nada de inspiración. Hacía trazos y arrugaba las hojas y las tiraba al cesto de basura, pero ya estaba lleno.

—Camila, Camila, ¿qué estás haciendo? Inspírate, ya debes entregar los diseños. ¿Qué voy a hacer? No tengo ni idea. Voy por agua y voy a ver la televisión —se decía a sí misma en voz alta.

Se puso de pie.

—Ya, concéntrate.

Oyó unos chillidos débiles a lo lejos, se asomó pero no vio nada.

—Ya estoy alucinando —dijo.

De pronto oyó chillidos más fuerte y se asomó, jaló una chaqueta y un palo.

—Si eres una rata te voy a dar un gran golpe —dijo.

Salió por la ventana y bajó las escaleras y de pronto vio a unos perros grandes ladrando y metiendo el hocico en la caja. Se oían los chillidos más fuerte del cachorro, pero los perros callejeros con sus patas rompieron la caja. Ella vio que era un cachorro, pero el cachorro se sumió en un hoyo y un perro metió su pata. Gritó el cachorro, lo arañó.

Así que la joven los asustó con el palo y les aventó agua con su mano, les gritaba que se largaran, que no se lo iban a comer, era un bebé pug. Les aventó cajas y se fueron.

Ella dejó el palo y metió su mano y lo sacó del hoyo y lo puso en el piso. Salió muy lastimado y arañado, así que la joven se quitó su chaqueta y lo envolvió.

—Ay, vas a estar bien, chiquito, vamos a mi casa —le decía.

Lo subió por las escaleras y lo acostó en la mesa y fue a su refrigerador por leche y le dio leche tibia, calentó tantita en su estufa.

—Vas a estar bien, pequeño —dijo, le levantó su cabeza y le dio leche y abrió los ojos y chilló. Lo destapó y sangraba—. Te debo de llevar al veterinario. Condenados perros te querían comer, pero ¿qué hacías tú solito, bebé? ¿Y tu mamá dónde está?

Lo envolvió en una cobija, se puso un suéter y un abrigo y se lo llevó cargando. Tomó las llaves y su cartera.

—Vas a estar bien.

Tomó un taxi y le dijo al chofer que la llevara a la veterinaria más cercana. Mientras manejaba el chofer del taxi, pasó Edgar en su bicicleta hacia su trabajo pensando en esa perrita y sus cachorritos.

Llegó a su trabajo, su jefe ya había abierto la accesoria.

—Ya es muy tarde, ¿en qué quedamos, Edgar? —dijo su jefe.

—Por favor, señor Abraham, llegué temprano, pero al levantar las cajas vi a una perrita pug con sus cachorros y los llevé a la veterinaria —dijo Edgar.

—¿Cómo es eso? ¿Quién los abandonaría? Son pequeños y muchos perros callejeros se los comen por hambre. Pobres animales, sufren mucho. ¿Y dónde los dejaste? —dijo el señor Abraham.

—Con la veterinaria.

—Hiciste muy bien. ¿Y cómo están?

—Muy mala la mamá, los cachorros bien.

Se puso a barrer y trapear el piso.

Camila llegó a la veterinaria y gritaba si había alguien que pudiera ayudarla, había un pug bebé perdido y lo encontró. La recepcionista dijo:

—Otro más. A mí se me hace que es hijo de la que ya está adentro.

La pasó y vio a la veterinaria y le dijo que lo pusiera en la mesa, lo iba a revisar. Lo vio sangrando.

—¿Qué le pasó? —dijo la veterinaria.

—Estaba perdido y se metió en una caja y unos perros lo atacaron —dijo Camila.

—Tuvo suerte de que no se lo comieron, va a quedar bien —dijo la veterinaria.

Lo inyectó, lo lavó, lo limpió y lo vendó. Lo puso a observación.

—Se parece mucho este cachorrito a esos cachorritos. Llegaron hace rato, los trajo un joven no muy lejos de aquí —dijo la veterinaria.

—Yo lo encontré a unas cuadras —dijo Camila.

—Ha de ser su hijo. Ella está muy débil y está en observación, cubrió a sus cachorritos de la lluvia. Y este gordito también se queda a observación. ¿Lo vas a dejar o vas a venir a recogerlo? Si se alivia, se darán en adopción.

—Me gustaría conservarlo y saber de su mamá, ¿puedo? —dijo Camila.

—Desde luego, puedes saber de su salud. Mañana vienes. ¿Tu nombre?

—Camila.

—Mi nombre es Elisa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.