Una Vida Perruna

CAPÍTULO 3 CACHORRITOS

Regresó a su casa Camila preocupada por ese cachorrito muy hermoso de carita chata y blanco, era un bebé. Y se le ocurrió algo para su presentación: era una carita de un perrito chato. Toda la noche se la pasó haciendo dibujos hasta que quedó dormida sobre la mesa.

Llegó a casa en su bicicleta oyendo sus walkman, Edgar vivía con su madre, eran sólo ellos dos de familia, su madre lavaba y planchaba ajeno pero tenían su casa propia sencilla de un piso.

—Mamá, ya llegué —dijo Edgar.

—Qué bueno, hijo, te estoy calentando de comer. Lávate las manos y te sientas a comer —dijo su mamá Candelaria.

—Sí, mamá, gracias —dijo Edgar.

—¿Cómo estuvo tu día? —dijo la señora Candelaria.

Se lavaba las manos en el lavadero Edgar.

—Pesado, el señor Abraham le llegó mercancía y descargué cajas —dijo Edgar.

—Ya estás cansado, come y te das un baño y duermes, mañana ya entras a la escuela —dijo Doña Candelaria.

—Hoy tuve un día raro —dijo Edgar.

Se acercó a la mesa y se sentó, olía la sopita de fideo delgado calientita, salía el vapor.

—¿Por qué? —dijo Doña Candelaria.

—Abandonaron una pug con sus cachorritos recién nacidos —dijo Edgar.

—¿Cómo es posible? —dijo la señora.

Se sirvió de comer y se sentó con él a la mesa.

—Come que se te enfría, pero ¿quién tuvo un alma tan fea de dejar a una perrita con sus crías? Lo que son los chihuahuas y los pugs son muy chicos y muchos perritos callejeros grandes se los comen. ¿Pero qué hiciste? —dijo Doña Candelaria.

—Se mojaron y los llevé a la veterinaria Huellitas Felices, cerca de Don Abraham —dijo Edgar.

—Hiciste muy bien —dijo Doña Candelaria.

—Y llegué tarde con Don Abraham —dijo Edgar.

—Pues muy mal hecho, pero hiciste bien con esos perritos, no hubieran durado vivos.

Edgar miró a su mamá y ella a él.

—Ay no, no, no, ¿cómo crees? Aquí no se pueden quedar, yo trabajo y tú estudias y los fines de semana trabajas, no vas a poder cuidarlos —dijo Doña Candelaria.

—No los avientes a la calle, tú lo dijiste, no van a durar. Por favor mamá, mientras encontramos un lugar para ellos, por favor, sí, ándale, sí, no seas mala —le suplicaba—. Ándale mamá, yo tengo una mamá bien buena onda —dijo Edgar.

—Pero tú limpias sus gracias —dijo la señora.

—¡Siii! Pero ándale, no tienen donde ir y tú lo dijiste, en la calle se los comen —dijo Edgar.

—Está bien, mientras le buscas un hogar a los cachorros podremos cuidar nosotros a la mamá —dijo Doña Candelaria.

—¡Gracias! —Se levantó Edgar y abrazó a su mamá y le dio un beso en la frente.

—Ya, barbero, siéntate y acaba de comer —dijo Doña Candelaria.

Lo hizo.

Mientras en la veterinaria la mamá pug despertó con el suero y oxígeno, abrió sus grandes ojos y vio en la otra jaulita a su bebé pug todo vendado e inconsciente, mientras sus tres bebés estaban dormidos hechos bolitas unos encima de otros con cobijas.

Entró a la habitación un joven pasante de veterinario y limpiaba el consultorio y los vio y llamó por teléfono a la veterinaria Elisa, marcó al teléfono cuello de cisne y giró el disco número por número y contestó.

—Señorita Elisa, disculpe que la moleste pero los perritos que trajeron, la perrita ya despertó y está inquieta —dijo el joven.

—Sí, está bien, voy a tener que regresar, me alistas la cama para ella para poderla pasar con sus crías —dijo Elisa.

Así lo hizo el joven.




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