Una Vida Perruna

CAPÍTULO 6 PERSONAS Y PERRITOS

Pasaron esos tres días y se llevó a cabo la boda en el enorme jardín de la mansión. Pusieron carpas, un enorme pastel y Verónica con un hermoso vestido blanco sonriendo y ordenando dónde poner a los invitados.

— Aún no es la dueña y ya nos ordena — dijo Juanita.

— ¡Ya a trabajar! Soy la ama de llaves, apúrense, todo debe de estar listo para los invitados. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Ya está lista la señorita Samantha? — dijo Esther.

— Sí, ahorita voy por ella — dijo Cleotilde.

Se encontraba en su habitación alistándose Don Román. Se sentó en la cama y enfrente se sentó Rufus. Le acariciaba el cuello y las orejas y le dio unas palmadas en la cabeza.

— Espero no me equivoque, Rufus. Si hablaras te la dejaría a que la cuidaras — dijo Don Román. Ladró Rufus—. Yo sé que la cuidarás, los San Bernardo son muy protectores. ¿Sabes? Me voy a ir muy pronto, esta enfermedad avanza y no quiero dejar a Samantha sola, aún es menor de edad como para que se haga cargo de todas las empresas.

Rufus movía la cabeza y movía sus orejas y ladró dos veces.

— Aún me acuerdo cuando te conocí, eras una bola de pelos cuando nos casamos Raquel y yo. Tú fuiste nuestro regalo de bodas de mis padres antes de morir y has sido un buen perro, eres mi mejor amigo — dijo Don Román.

Rufus le puso su pata en su rodilla y movió sus orejas, le lamió la cara y chilló.

— Pronto me voy a ir, el medicamento ya no funcionó y te van a cuidar bien. Te quiere mucho Samantha y le voy a decir que te consiga una novia — le acarició su cabeza—. ¿Ladraste y subiste tu otra pata y moviste la cola? Eso sí te gustó. Si Pequeña Damita ya tiene galán y tú no, eso no es justo.

De pronto tosió y le tembló la mano y el dolor del brazo al pecho. Se quejaba y ladraba Rufus y brincaba, corrió hacia la puerta, usó sus garritas y bajó la manija y corrió y ladró. Subía Samantha y dijo:

— ¿Qué pasa, Rufus?

Ladraba Rufus y lo siguieron, pero Don Román estaba sentado en la cama arreglándose el moño.

— ¿Te encuentras bien? — dijo Samantha.

— Desde luego, Sami — dijo Don Román. La miró con esos ojos color miel grandes que se iban apagando.

Bajó con su hija y esperó a la novia que bajó con un hermoso vestido blanco y todos admiraban a la novia. Así que Pequeña Damita llevaba el canasto en su hocico con los anillos.

Se casaron y se fueron de luna de miel a España. Samantha se quedó. Pasó una semana y en esa semana iba a visitar a Wanda a su empresa de diseño y se la pasaba Pequeña Damita con Sultán, eran muy felices. Platicaba con Wanda y se hicieron amigas.

— Yo sé cómo te sientes, pero tu padre lo hace para que no estés sola y tengas compañía, él viaja mucho y sería bueno que tú no estés sola siempre — dijo Wanda.

— Pero tengo a Rufus y a Pequeña Damita conmigo — dijo Samantha.

— Pero no es lo mismo — dijo Wanda.

— Sí, lo sé, tengo amigas de secundaria, no era necesaria una madrastra — dijo Samantha.

— Tienes razón y fue muy precipitado esa boda... ¿Y si está embarazada? — dijo Wanda.

— ¡No inventes! Ahora entendería la urgencia — dijo Samantha.

Regresaron los recién casados y felices. Verónica como siempre impecable y sofisticada, una mujer muy culta y sin igual, dando órdenes a la servidumbre.

En el despacho se encontraban Verónica y su esposo Román.

— Samantha debe de irse involucrando en las empresas — dijo Román.

— Pero amor, apenas tiene 13 años, segundo de secundaria, debe de vivir su adolescencia, salir con chicos de su edad a fiestas, a sonidos, a las discos. Yo me puedo hacer cargo de lo de nosotros, soy tu esposa y debo de ver las finanzas — dijo Verónica.

— Sí, tiene 13 años y en todo tienes razón, pero muy pronto me iré — dijo Román.

— ¿Pero querido, a dónde? No, no digas que nos vas a dejar. Viajas mucho, debo de ir yo a todos esos eventos — dijo Verónica.

— No, tu deber es estar aquí como la esposa que eres — dijo Román. No le pareció a Verónica.




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