Rufus seguía desmayado en el jardín, con las patas para arriba.
Pequeña Damita le lamía la oreja para despertarlo.
—¡Rufus! ¡Rufus! ¡Vas a ser papá! —exclamaba Samantha, riendo mientras lo movía.
Rufus abrió un ojo, luego el otro. Se levantó de golpe, todavía bizco.
Miró a Gala. Ella estaba sentada, con su pancita ya abultada, moviendo la colita con vergüenza.
Rufus se acercó despacito y le puso su cabezota enorme en la panza. Se escuchaba.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Se movían.
Rufus lloró. Un San Bernardo de 80 kilos llorando.
Todos se rieron, pero con lágrimas. Hasta Doña Candelaria, que había ido a visitarlos con Pirata y Volcán ya sanos, y movían la colita.
Pasaron las semanas. Loba también iba a ser mamá. Sebastián le habló por teléfono a Doña Candelaria y llegó pegando de gritos para contárselo a su hijo Edgar, que iba llegando de la escuela.
Gala ya no podía correr. Elisa tenía mucho trabajo y se la dejó esos días a Samantha, así que Samantha le hizo una camita especial en la sala, con cobijas suaves. Rufus no se despegaba. Le llevaba su plato de croquetas, le llevaba su peluche favorito. No dejaba que nadie se acercara mucho, ni siquiera Pequeña Damita.
Doña Candelaria suspiró con ternura:
—Así era tu papá, Edgar. Cuando yo estaba embarazada de ti, me llevaba hasta el vaso de agua a la cama.
Elisa la revisaba cada tres días.
—Vienen tres —anunció—. Tal vez cuatro.
La noche que Gala empezó con trabajo de parto, Samantha se la llevó de inmediato con Javier, el chofer, en el auto, con Cleotilde y Rufus. Llegaron a la veterinaria. Ahí estaba Elisa con Ana, aún no llegaba Jonathan. Llovía fuerte en el Distrito Federal. Samantha llamó a todos.
Llegó Wanda con Sultán. Llegó Camila con Bolita de Algodón, Luna, Luneta y Botón, ya grandes. Llegó Edgar corriendo del trabajo con Cloyd, y Doña Candelaria con Pirata y Volcán con su suéter.
Y también llegó Sebastián con Loba y Dragón. Loba ya tenía su pancita también. Se había hecho novia de Dragón.
—Van a ser primos —comentó Sebastián, orgulloso.
Gala pujaba. Rufus daba vueltas, nervioso, ladraba, se metía debajo de la mesa.
Elisa la ayudaba, era su ama y su veterinaria. Ahí la ayudaron en su consultorio Ana y Jonathan, que ya era pasante de veterinaria.
Y a las 2:13 de la mañana nació el primero. Negro con mancha blanca. A las 2:27 el segundo, todo dorado como Gala. A las 2:41 el tercero, gordito, igualito a Rufus, con las orejas caídas.
Tres. Dos machos y una hembra.
Rufus se puso bizco, levantó las dos patitas y cayó hacia atrás. Se desmayó otra vez, pero esta vez de felicidad. Cayó al lado de la camita.
Gala los lamía. Los tres chillaban.
Samantha lloraba abrazada a Cleotilde.
—Son mis nietos —murmuró Cleotilde.
Al día siguiente, Samantha cumplió lo que Rufus había prometido. Mandó una canasta de croquetas de la empresa El Perro Gordito a cada casa: a Doña Candelaria para Pirata y Volcán, a Sebastián para Loba y Dragón, y a Camila para los cuatro hermanitos.
Y les puso nombre a los tres bebés:
Al negrito con mancha blanca le puso Olar.
Al doradito le puso Sol.
Y a la gordita igualita a Rufus le puso Estrellita.
Edgar la abrazó por detrás.
—Vamos a tener una familia grande —le susurró a Samantha—. De humanos y de perros.
La besó. Estaban felices.
Una nueva familia había nacido
FIN DE TEMPORADA
CONTINUARÁ...
Editado: 27.09.2026