Rufus y Sultán ya no iban solos. Con su nueva pandilla —Volcán el pitbull del lazo roto, el otro pitbull y el tipo pastor alemán— ya eran cinco. Ladraban entre ellos y buscaban el rastro de pequeña damita y sus crías.
Mientras tanto, Edgar iba en su bicicleta. Se detuvo en una caseta y le habló a su mamá.
— Ya salí de la escuela, mamá. Voy a ir por la pug y sus crías — le dijo.
— Ten cuidado al regresar, mijo. Aquí ya les hice una camita y leche calientita — le contestó su mamá.
Edgar llegó a la veterinaria y preguntó por la doctora Elisa. Lo recibió la recepcionista y una San Bernardo con moñitos rosas que le ladraba y le movía la cola. Entró al consultorio y se sentó.
— Adelante — dijo Elisa.
— Gracias — dijo Edgar.
Elisa miró a la perrita.
— No muerde, no hace nada. A ver... ¿pequeña damita? — leyó en el collar.
— ¿Cómo? — dijo Edgar.
— Sí, aquí en su collar trae su nombre y su dirección. Y debo decirlo, no es un rumbo malo, al contrario es un excelente lugar. No sé por qué los dejarían o si ella se escapó y tuvo sus crías ahí — dijo Elisa.
— No, yo creo que es de una niña muy hermosa que andaba con un San Bernardo y un pug. ¿Me la puedo llevar? — dijo Edgar.
— Quiero que esperes. Llegó un bebé pug muy maltratado a unas cuantas cuadras de donde tú encontraste a estos bebés, ven, míralo — dijo Elisa.
Lo llevó. El bebé estaba vendado, pero pequeña damita no dejaba de chillar por su hijo que estaba en la jaula de al lado y con su patita lo movía.
En eso llegó Camila corriendo con un tubo y adentro traía unos planos.
— Hola, disculpa por llegar a esta hora, tuve una presentación. ¿Cómo se encuentra bolita de algodón? — dijo Camila.
— Hola — dijo Edgar.
— ¿Le pusiste bolita de algodón? Qué linda. Pero Edgar encontró a pequeña damita y sus tres hijos y tú encontraste otro — dijo Elisa.
Los presentó y estrecharon manos.
— ¿Quién se va a quedar con la mamá y los hijos? No pueden estar los cachorritos separados — dijo Elisa.
— Si puede, él se puede quedar con todos — dijo Camila.
— ¿Qué te parece si tú te los quedas? — dijo Edgar.
— Yo no tengo espacio en mi departamento pero me gustaría saber de bolita de algodón, pero necesita a su mamá — dijo Camila.
— Deben de estar juntos y aún en observación — dijo Elisa.
— Entonces me voy y cuídalos, Edgar — dijo Camila —. Gracias.
— Yo también me voy y vengo mañana para saber cómo está — dijo Edgar.
Casi al salir del consultorio, entró corriendo la recepcionista.
— ¡Yo no salgo! — dijo.
— ¿Qué sucede? — dijo Elisa.
— Hay muchos perros afuera y golpean la puerta, ¡la van a tirar! — dijo la recepcionista.
Salió corriendo la perrita San Bernardo ladrando. Gritó Elisa:
— ¡Gala, ven para acá!
Salió Gala, la San Bernardo de los moños, y vio a los perritos. Rufus la vio, reconoció a su novia, hizo bizcos y cayó hacia atrás.
Le dio risa a la doctora y les abrió.
— ¿A quién buscan? Y usted ya no se esté desmayando — le dijo a Rufus.
Se metieron a su consultorio y Sultán ladraba y pequeña damita se inquietó en la jaula, movía su colita y empujaba la caja. Se paró Rufus y corrió hacia ellos.
— Tranquilos — dijo Elisa.
Empezaron a gruñir y ladró Rufus y se calmaron. Elisa se abrió paso, abrió la jaula y cargó a pequeña damita y la bajó con Sultán. Estaban felices, jugaban y ladraban.
— Es su novia y él es el papá de los cachorros — dijo Camila.
Elisa bajó a los tres cachorros y Sultán les hacía fiesta. El otro cachorrito no lo podían bajar porque estaba inconsciente. Lo cargó Elisa a Sultán y lo vio vendado y lo bajó. Sultán vio a su cuarto cachorrito.
— Y tú eres Rufus, el de la niña guapa de los hot dogs — dijo Edgar.
Ladró Rufus y se paró en dos patas.
La familia se reunió y con nueva pandilla, pero... ¿qué pasaba con Samantha?
Elisa le quitó la correa a Sultán y le pidió a la recepcionista que le llamara a su dueña Wanda. Se fueron Edgar y Camila y la recepcionista se quedó. Elisa esperó a la señorita Wanda con todos los perros.
Vio el collar de pequeña damita y le marcó a su casa y contestó Verónica. Elisa le contó dónde encontrar a pequeña damita y a Rufus.
Llegó Wanda por su perro Sultán y vio a pequeña damita y a Rufus.
— Llamé a su dueña Verónica — le dijo Elisa.
— ¿Pero qué hizo? ¡Ella no los quiere! — dijo Wanda —. Le tengo que contar lo de esos perritos.
Wanda le contó todo a Elisa: lo de Don Román, lo de Samantha y lo de Verónica. Elisa se sorprendió, ella no sabía nada. Y se dio cuenta Elisa que se equivoco.
Editado: 27.09.2026