Doña Candelaria les contó todo lo sucedido en la veterinaria.
Elisa le dijo que la iba a ayudar, pero que iban a avisar a las autoridades de allá. Los tres cachorros se quedaron en la jaula con su hermanito. Los cuatro se hicieron bolita, movían la cola. Los iba a cuidar Elisa junto con Jonathan y Ana.
Así que se fueron: Wanda con Sultán, Camila, Doña Candelaria y los cuatro perros más en el auto. Fueron rumbo a la cabaña.
No vieron que los seguía corriendo Gala, la gran San Bernardo con sus moñitos, atrás del auto. La vio Elisa y corrió tras ella, pero Gala no hizo caso. Jonathan gritó:
—¡Llévate la moto de la veterinaria!
Elisa se regresó y sacó la moto. Al lado tenía un asiento, la sidecar. Era una ISLO azul con el nombre de la veterinaria. Gritó:
—¡Les encargo la veterinaria! ¡Les hablo por teléfono desde una caseta!
Se puso su casco y se fue detrás de Gala, porque Gala no paraba de correr y ladrar detrás del auto.
Frenó Wanda y dijo:
—Esa San Bernardo nos sigue.
Los alcanzó. Rufus saltó por la ventana, se atoró y Doña Candelaria lo empujaba para afuera. Por fin salió y corrió hacia Gala. Se vieron, movían sus colas y se paraban en dos patas.
Dijo Wanda:
—¡Genial! Somos muchos, ya no cabemos.
Llegó Elisa en la moto con la sidecar azul y se bajó.
—Vengo por Gala y a ayudarlas — dijo Elisa —. Ya estamos en medio de la nada.
— No cabemos — dijo Wanda.
— Si quieren, que se vaya conmigo Camila y Rufus, ellos sí caben — dijo Elisa.
Dijeron que sí. Se subieron y siguieron su marcha. Los dos San Bernardo amontonados en la sidecar, con sus patas arriba y sus orejas volando con el aire. En la moto, Camila atrás de Elisa, la abrazaba con los cascos puestos.
Seguían al auto de Wanda, donde iban Sultán, Doña Candelaria, Volcán, Loba y Pirata.
Mientras, manejaba Verónica con su familia.
—Según tu padre, ¿dónde quería que yo tuviera mi casa? ¡A fin del mundo! — dijo Verónica.
—Ya déjanos ir, ¿qué le hiciste a Edgar? — dijo Samantha.
—Solo está desmayado. Ya cállate — dijo Vero —. Quiero a ese perro Rufus, solo le falta hablar, es tan inteligente que me cae gordo. Si la mamá de ese joven es lista, me lo va a traer si quiere ver a su hijo.
—Si te firmo lo que quieras, ¿los dejarías en paz? — dijo Cleotilde.
—Si todos van a firmar, Pequeña Damita va a poner su patita y falta ese perro pulgoso. Venderé las empresas y nos iremos al extranjero — dijo Verónica.
Samantha veía que la carretera estaba sola. Dijo que quería ir al baño.
—Me crees tonta, vas a huir — dijo Verónica.
—No, ahorita que encontremos una gasolinera, pero si intentas escapar lo pagará ese joven y Cleotilde — dijo la mamá de Verónica, Susana.
—Yo la llevo a la escuincla esta.
Llegaron a una gasolinera, compraron algo de comer y Susana llevó a Samantha al baño. Ahí, Samantha dejó un mensaje en la pared con un lápiz que encontró. Marcó muchas veces:
*AYUDA - VAMOS A LA CABAÑA* y puso cómo llegar y la hora.
Salió y se subieron al coche. Siguieron su camino.
Pasaron como dos horas o más y llegaron a esa misma gasolinera a cargar gasolina Wanda y Elisa. Doña Candelaria y Camila compraban de comer para ellas y para los perros.
Entró al baño Wanda y vio el mensaje.
Salió corriendo y gritando:
—¡Ellos estuvieron aquí! ¡Sami dejó un mensaje! ¡Aquí dice cómo llegar a la cabaña y a qué hora estuvieron!
Se subieron todos. Elisa acomodó a Rufus y a Gala, la de los moñitos, en la sidecar. Los dos San Bernardo amontonados con sus patas delanteras arriba y sus orejas volaban con el aire.
Continuaron su trayecto. Ya estaban cerca.
Editado: 27.09.2026