Entraron a la fuerza
— gritaba Samantha. — ¡¡auxilio!! —
Bajó corriendo Edgar y se los llevaron a jalones. Samantha gritaba que la dejaran ir, que soltaran a Edgar. Eran cuatro: Verónica con su mamá y sus dos hermanos.
Verónica se llevó cargando a Pequeña Damita. No vio la caja con los tres cachorros que dormían. Lo que pasó fue que Pequeña Damita, al ver que jalaban a Samantha y a Edgar, corrió y se le colgó del pantalón a uno de los hermanos de Verónica. Por eso se la llevaron.
Antes de irse, Verónica dejó una nota en la mesa:
_“Si quieres ver a tu hijo y a tu perra, lleva a Rufus a la cabaña. Aquí está la dirección.”_
Se fueron. Samantha vio a Cleotilde y se abrazaron. Edgar gritaba que los dejaran salir. Le dieron un golpe y se desmayó. Se los llevaron a los dos.
Mientras tanto, Doña Candelaria venía entretenida de la tienda.
—A ver, ¿quieren croquetas? Les voy a hacer caldo de pollo — les decía a los perros.
Rufus se sentó y levantó sus patas delanteras. Los otros tres movían la cola.
—A ver, tú te llamas Rufus y estás entrenado, ¿verdad que sí me entiendes? — dijo Doña Candelaria —. Ustedes tres son callejeros y por las cicatrices se nota que fueron de peleas.
Los miró con cariño:
—Tú, por tus colores café, rojizo y amarillo, pareces un Volcán. Estás muy bonito para ser pitbull. ¿Te gusta Volcán?
Volcán movió la colita.
—Y tú pareces una loba, tipo pastor alemán. Te vas a llamar Loba. Y tú... tú pareces pitbull pero no eres pitbull, eres un bull terrier, bulldog con terrier, y no saliste feo, saliste blanco con café y tu manchita café en el ojo. Te voy a poner Pirata, me recuerdas a un perro que tuve.
Pirata movió la cola.
—Bien. Así se van a llamar, porque no pueden andar sin nombre. ¡Ustedes ya van a ser caseros!
La joven de la tienda le dio sus cosas.
—Espero que ya se hayan levantado. Les hice hot cakes y les voy a hacer huevo con jamón. Y para ustedes, croquetas y lechita tibia — les dijo a los perros.
Todos movían la cola.
—Y a la perrita le voy a dar lechita a sus cachorritos y a ella.
Ladraban. Las piedras se tropezaban, aún algunas calles no estaban pavimentadas.
Llegó a la casa y vio la puerta abierta y las sillas tiradas. Se asustó. Tiró la bolsa y gritó:
—¡Edgar! ¡Sami!
Oyó chillidos de perritos. Ladraba Rufus.
Doña Candelaria sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Vio una hoja en el piso y la leyó.
No sabía qué hacer y en eso sonó el teléfono. Contestó aprisa. Era Elisa, la veterinaria.
—Despertó Bolita de Algodón — le dijo —. Estoy con Camila.
Doña Candelaria le contó todo lo que había pasado. Elisa le dijo que no llamara todavía a la policía, que se fuera a la veterinaria con todos los perritos y que ella le iba a llamar a Wanda.
La señora agarró una bolsa de mandado y con mucho cuidado echó a los tres cachorros que dormían. Les dijo a los demás:
—Nos vamos todos a la veterinaria.
Salió a la calle. Ningún taxi ni microbús le hacía la parada con cuatro perros grandes y una bolsa con cachorros. Fue a ver a un vecino. Él no le prestó el triciclo de caja, le dijo:
—Yo los llevo.
Se subieron todos en la caja — Rufus, Volcán, Loba, Pirata y la bolsa con los tres bebés — y se fueron a la veterinaria.
Cuando llegó, ya estaba Wanda. Saludó a Camila y la felicitó:
—Cami, el proyecto de imagen con el perrito te quedó increíble.
En eso entró Doña Candelaria con todos los perros...
Editado: 27.09.2026