Samantha estuvo encerrada en su habitación. Ya había nueva servidumbre. Ella se la pasaba llorando por sus perros, eran lo único que tenía. Ya sin su padre y sin su madre estaba sola. Extrañaba a Cleotilde, su nana, que la crió desde que su padre era niño. Fue su nana de su padre porque su madre fue de clase media y su padre de clase alta.
Se sentía sola y se acordó que antes de irse Juanita le dio su número y dirección de Cleotilde. Era su tutora y de Rufus, ya que de Pequeña Damita Samantha era su tutora legal. Pero ¿cómo se podía salir? Le pusieron rejas.
Y vio una oportunidad. Le abrió la mamá de Verónica y a jalones la llevaba al auto con la maleta.
— Si pensabas que ibas a ir al extranjero te equivocas. Vas a ir a la cabaña que me dejó tu bendito padre, solo eso me dejó y ahí te vas a quedar. Me acaban de llamar para entregarme a Rufus y esa pug latosa. Vas a estar con ellos encerrados hasta que me firmes un poder, pero no tú, sino Cleotilde que te dejó de tutora y yo seré tu tutora y después me quedaré con todo — dijo Verónica.
— No te saldrás con la tuya, bruja descarada. Tú no querías a mi padre — dijo Samantha.
— ¿Y tú qué sabes? Tú sí lo amé, pero no podía aguantar que tuviera una hija y a esa hija le dejara todo. Ahora ya súbete — dijo Verónica.
La aventó adentro del auto. E iba la mamá de Verónica y sus hermanos. Salían de la mansión. En eso, en un alto de semáforo, la vio Edgar que iba en su bicicleta y ella a él y se miraron con sorpresa. Y se salió Samantha de un solo golpe del auto, pasó encima de la mamá de Verónica y se salió. La jalaba del pie pero ella se zafó con una patada y le gritó a Edgar:
— ¡Sácame de aquí!
— ¡Sí, ven! — dijo Edgar.
Se subió a su bicicleta y pedaleó con fuerza. Gritaba Verónica que fueran atrás de ellos. Verónica se atoró con el tráfico y le cerró el paso un bochito que era un taxi y golpeó el auto. Mientras sus hermanos corrían atrás de la bicicleta.
— ¿Por qué te persiguen? — dijo Edgar.
— Porque quieren mi herencia y me escapé con Rufus y Pequeña Damita porque ellos igual son herederos — dijo Samantha.
— ¿Qué? ¿Entonces eres millonaria? — dijo Edgar.
— Apúrate, nos alcanzan. Y sí, pero mi madrastra y su familia quieren mi herencia y aún no pueden tomar posesión y el abogado está presionando para que se hagan cargo — dijo Samantha.
— ¡Ahí vienen, sujétate! — dijo Edgar.
Lo abrazó, pedaleó más rápido, saltó unas tarimas, voló al otro extremo, no se cayó. Ellos corrieron y no saltaron y se cayeron en el cemento de una banqueta fresca. Se reía Edgar, volteó.
— ¡Son unos sopencos! — dijo Edgar.
— ¡Cuidado! — gritó Samantha.
Chocaron con un poste y se cayeron. La ayudó a levantarse y corrían con la bici, se le zafó la cadena.
— Te llevo a la veterinaria, vas a estar a salvo y te llevo a mi casa — dijo Edgar.
Asintió Samantha con la cabeza de afirmación.
Llegaron a la veterinaria y vio a Rufus. Corrió y la tiró, le lamía la cara. Ella lo abrazó, gritaba y reía que estaba bien Rufus. Y vio a varios perros.
— ¿Quiénes son? — dijo Samantha.
Rufus ladró.
— Son tus amigos — dijo Edgar.
Movió la cabeza de afirmación. Lo siguió porque entró corriendo al consultorio. Estaba Wanda con la doctora Elisa. Las presentó Wanda y corrió a ver a Pequeña Damita con Sultán y sus crías echados en bola.
— ¡Están cuatro bebés pug! — dijo Samantha.
— Sí, así es. Bolita de algodón está en esa jaula, estoy esperando que mejore. Despierta y le duele, está dormido — dijo Elisa.
— Pero ¿va a mejorar? — dijo Samantha, lo veía.
— Eso espero — dijo Elisa.
— ¿Qué le pasó? — dijo Samantha.
— Lo encontró una joven llamada Camila Sánchez — dijo Elisa.
— Yo la conozco, trabaja en mi empresa de diseño. Hizo unos bocetos y de verdad me encantaron, de la imagen de campaña de un perrito pug. ¿Entonces ella lo encontró? — dijo Wanda.
— Sí, al parecer él se separó de su madre y en un callejón lo atacaron unos perros callejeros. Hubiera sido peor, pero ella lo salvó y lo trajo. De hecho ella le puso bolita de algodón y vino hace rato a saber de él, pero le dije que no se lo podía llevar porque debe de estar con su madre hasta que mejore. Y como aquí nuestro joven Edgar encontró a la pug con las tres crías y las trajo, le iba a dar hipotermia, llovió y se mojó, pero está bien y salvó a sus bebés — dijo Elisa.
— Espero conocer pronto a esa mujer Camila por salvar a bolita de algodón — dijo Samantha.
— Cuando guste yo le llamo — dijo Elisa.
Samantha vio a Edgar.
— Gracias por salvarla, pero más gracias a ti — dijo Samantha. Fue hacia Rufus y lo abrazó —. Rufus, fuiste un héroe. ¿Puedo llevármelos? — dijo.
— Sí, solo que bolita de algodón se debe de quedar — dijo Elisa.
Editado: 27.09.2026