Una Vida Perruna

CAPÍTULO 24 REGRESANDO A CASA

Verónica y su madre solo alcanzaron a sacar un poco de dinero del banco, pero les confiscaron la finca. Las detuvieron ahí mismo. La cajera las reconoció y las reportó. Llegó la policía y las esposó. Gritaban preguntando por qué y les respondieron que era por intento de secuestro de varias personas.

Ellas se culpaban la una a la otra.

—¡Todo es tu culpa! —reclamó Verónica—. ¡Yo estaba bien con la finca, pero tú, por tu avaricia!

—¡Yo? ¡Si no tuviera unos hijos inútiles todo esto no hubiera pasado! ¡Estaríamos millonarios! —replicó Susana furiosa—. ¡Tanto que le pensaste a esos perros y a esa escuincla!

Pataleaban mientras las subían a la patrulla. Le notificaron por teléfono al detective Alfonso sobre la captura.

En el pueblo, todos se alistaban para irse. Wanda se fue en el coche con Sultán, Pequeña Dama, Doña Candelaria, Edgar, Volcán y Pirata. En el sidecar iban Elisa, Camila y Gala. En el auto del detective se fueron Cleotilde con Rufus y Samantha. El abogado los seguía en su propio auto.

Emprendieron el camino. El trayecto fue tranquilo.

Loba se había ido con Dragón y con su nuevo amo. La iban a extrañar, pero había elegido un buen camino, la tratarían muy bien y estaría al lado del perro que quería. Cloyd se fue con su perrita Java, igual que los demás concursantes del evento. Todos se iban, unos en su propio transporte y otros en los camiones de la compañía patrocinadora El Perro Gordito y el evento El Gran Canino. Casi todos se seguían por la carretera.

Fue un regreso tranquilo.

Doña Candelaria llegó a su casa con Edgar, Volcán y Pirata. Venían vendados y los acostó en el sillón. Les calentó leche. Con el tiempo iban sanando con amor y paciencia a Doña Candelaria no le gustaba los perros pero ellos le conquistaron el corazón.

En la veterinaria, Samantha le entregó a Camila a Bolita de Algodón y a su hermana Luna, la pug, junto con Luneta y Botón, los otros dos hermanitos. Se los confió para que los cuidara bien y merecían estar los cuatro juntos, con la condición de que se reunieran cada ocho días para convivir.

Samantha contrató a su servidumbre de siempre: Javier, Juanita, Esther y los jardineros.

Rufus y Pequeña Damita corrían por todo el jardín y la fuente. Samantha seguía estudiando e iba con Cleotilde y el abogado a revisar el movimiento de las empresas. Se hizo novia de Edgar, que estudiaba y trabajaba con Cloyd.

Rufus se hizo entender con Samantha y con Cleotilde, hasta que acertaron: Rufus les había prometido a Loba y a Pirata que, si lo ayudaban, él les daría comida siempre. Así que, de la empresa de comida canina y de accesorios caninos, tendrían dotación de por vida, y Samantha le giraría una ayuda cada mes a Doña Candelaria para el cuidado de los perros, a Sebastián por Loba y también a Camila para los cuatro cachorros.

Elisa investigó el origen de Volcán, de Loba y de Pirata.

Volcán había sido un cachorro de casa, pero lo robaron siendo un pitbull pequeño. Lo criaron, lo maltrataron y desde muy joven lo echaron a pelear. Siempre ganó, por eso seguía vivo, hasta que lo encontró Rufus y escaparon todos los perros de ahí.

Loba y Pirata también eran de casa, pero en un viaje se perdieron. Por más que corrieron, ya no encontraron a sus amos. Los atrapó la perrera y un día lograron escapar porque iban a sacrificar a Loba, ya eran grandes y nadie los adoptaba. Así que escaparon con varios perros y gatos. Corrieron, los gatos treparon paredes y techos y huyeron lejos de ahí. Loba y Pirata se hicieron callejeros y enfrentaron muchos peligros juntos, hasta que encontraron a Bolita de Algodón y se lo iban a comer, pero lo salvó Camila. Se redimieron ayudando a Sultán a salvar a Rufus. De ahí emprendieron la aventura y encontraron un hogar, aunque fuera separados, pero lo encontraron.

Elisa se los contó a Camila, a Doña Candelaria y a Samantha.

Pero Elisa dio otra noticia: ¡Gala estaba embarazada y Rufus iba a ser papá!

Rufus, el gran San Bernardo, lo escuchó, levantó las orejas, se puso con ojos bizcos, levantó las patas y cayó hacia atrás, desmayado. Todos reían. ¡Gala ladraba!




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