Al día siguiente amaneció. Samantha estiró sus brazos, se talló los ojos y vio gente pasar.
— ¡Hola, Rufus! —ladró Rufus— ¡Hola, pequeña damita! —ladró ella— ¿Cómo amanecieron?
Les gruñía la panza a los tres.
— Tengo galletas, eso vamos a comer. ¿Y a dónde vamos a ir? —dijo Samantha.
Se puso de pie y les dio galletas. Comieron.
— ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a obtener dinero y cómo vamos a buscar a Wanda? Creo que era por aquí su casa, no sé, todas las calles son iguales.
De pronto Rufus olfateó algo y ladró, corrió.
— ¡Rufus, espera! —gritó Samantha.
Metió a pequeña damita en la mochila, se la colgó atrás y se subió a su bicicleta. Lo seguía gritando que esperara, pero Rufus siguió hasta un puesto ambulante en el Centro Histórico que vendía hot dogs calientitos, con olor a salchicha y tocino con el pan calientito. Les gruñeron las tripas a los tres.
— ¿Qué van a llevar tú y tus amigos? —dijo el vendedor, al ver que asomaba su cabeza pequeña damita.
— Señor, es que no tengo dinero —dijo Samantha.
El vendedor los señaló con la pala de voltear salchichas:
— ¡Lárguense de aquí, vagabundos! ¡No es casa de beneficencia!
En eso, Rufus se puso en dos patas, caminó hacia atrás y hacia adelante, puso sus patas en su pecho, iba de un lado a otro y cayó muerto, con las patas para arriba. La gente pasaba y aplaudía a ese enorme perro.
Ladraba pequeña damita. Samantha bajó su mochila, salió y caminó en dos patas, con sus patas trató de cubrirse los ojos, giró y cayó encima de Rufus. La gente aplaudió y les aventaba dinero.
Se acercó un joven que iba en su bicicleta oyendo su walkman. Mientras Samantha levantaba el dinero, el joven delgado, guapo, como de 19 años, la vio y quedó cautivado por ella.
— Hola, buenos días, don Efraín. ¿Y eso? —dijo el joven.
— Una loca que hace gracias con su perro y quería que les regalara de comer, imagínate nomás —dijo don Efraín—. ¿Y por qué tan tarde, Edgar? Si se da cuenta Don Abraham de que llegas tarde te va a correr.
— Sí, lo sé, es que tuve mucha tarea. ¿Cuánto es por tres hot dogs? —dijo Edgar.
— ¡No juegues, chamaco! ¿Les vas a comprar a los vagabundos?
— ¿Y por qué no? Es guapa y no es vagabunda, por la ropa que trae y los perros amaestrados.
Mientras, Samantha se quitó la mochila y la puso de obstáculo. Saltó pequeña damita, pero cayó sentada y se sacudió su cabeza. La gente reía y aplaudía. Subió más la mochila y ladró Rufus. Samantha recordó algo que hacía Rufus con su papá.
— ¡Vamos a hacer lo que hacías con mi papá!
Se agachó y de pronto Rufus saltó arriba de ella, puso sus patas delanteras y saltó como si fuera burro castigado, cayó en sus cuatro patas. Todos aplaudían y les dieron dinero. Daban las gracias Rufus y pequeña damita en dos patas y Samantha hacía reverencia.
Se iba la gente. Se regresó Samantha y metió a pequeña damita en su mochila.
— ¿Sí alcanza? —preguntó.
— Ya, el joven los pagó —dijo el vendedor.
— Gracias —dijo Samantha. Les dio sus hot dogs y se los comieron.
— De nada, ¿cómo te llamas? —dijo Edgar—.
Dijo — Samantha. Ellos son Rufus y pequeña damita.
— Mucho gusto — Contesto Edgar —
ladro Rufus y pequeña damita.
— ¿Y de dónde son los tres? —preguntó Edgar.
— De aquí, aquí vivimos —dijo Samantha.
— No te creo, esos perros están entrenados y están muy bien cuidados y gordos.
— Pues sí, aquí vivimos, donde nos caiga la noche —dijo Samantha. Le dio las gracias y se fue con sus perros.
Metió a pequeña damita en la mochila y la seguía Rufus. Se puso a buscar cada calle y preguntaba por Wanda con sus apellidos y el nombre de la empresa, pero nada. Siguieron caminando y llegaron al mismo lugar donde estuvo el puesto de hot dogs, pero ya no había nada y el local donde estaba el joven ya estaba cerrado.
De pronto pequeña damita se sintió mal, se acostó y chilló. Samantha se asustó y la puso en una caja. Vieron Rufus y ella que de pequeña damita salían 4 bebés muy gorditos y con muy poquito pelo. Samantha se alegró, pequeña damita era mamá.
Así duraron 2 días vagando y quedándose ahí, había muchas cajas y no podían mover a pequeña damita con sus crías. Rufus la cuidaba mientras Samantha buscaba de comer.
Pero un día la vio Verónica. Salió de un auto con sus dos hermanos y la jalaron del brazo. Ella gritaba y a lo lejos la oyó Rufus y ladró. Volteó a ver a pequeña damita, que chilló, y Rufus con su hocico jaló unas cajas y la cubrió.
Rufus corrió al llamado de Samantha que gritaba que la ayudaran. La aventaron adentro del vehículo y subieron en el techo su bicicleta. En eso Rufus llegó y con sus dos patas delanteras aventó a uno, pero al otro le ladraba. Iba a salir Samantha pero la agarró Verónica y no la soltó.
— Ya, estúpido perro, yo sé que entiendes, fuiste ganador no sé de cuántas veces y eso quiere decir que eres muy inteligente. ¡Sube al carro, estúpido perro, o te juro que la voy a lastimar! —dijo Verónica.
Rufus bajó la cabeza y se subió a la parte de atrás del coche. Aventaron a Samantha y subió Verónica.
— Busquen a ese otro perro, ellos van a ser mi fortuna, pero ya váyanse.
Se fue ella en el coche mientras los hermanos buscaron y caminaron enfrente de las cajas donde estaba escondida pequeña damita con sus crías. Se dijeron que no había nada y que mejor se fueran.
Pequeña damita vio todo pero no pudo hacer nada, solo cuidar a sus crías. Tronaba y se oscureció el cielo, empezó a llover, de esas lluvias fuertes. Pequeña damita cubrió con su cuerpo a sus crías, pero una de ellas se salió de la caja. Pequeña damita ya no tenía fuerzas y cerró los ojos. Alcanzó a ver cómo se iba uno de sus crías y vio una bicicleta con un joven con walkman.
Y antes de cerrar sus ojos, pequeña damita ladro y penso:
— ¡AYÚDAME, HUMANO!
Edgar la vio, la subió a su bicicleta y la llevó a la veterinaria. No sabía él que era pequeña damita. Cada pequeño ruido ella le decía: ayúdame humano, ayuda a mis hijos. Hasta que se desmayó.
Editado: 27.09.2026