Había una niña de 10 años que vivía en una enorme mansión con servidumbre, autos y seguridad.
Tras la muerte de su madre, su padre no sabía cómo lidiar con el inmenso dolor que le dejó la mujer que tanto amó. Pensando en el dolor de su hija, una Navidad le dejó bajo el árbol un regalo.
Era una perrita pug bebé con un enorme moño rojo de terciopelo, más grande que ella misma.
Samantha, arrodillada, la cargó.
— ¡Gracias, papá, es hermosa! — dijo.
— Qué bueno que te guste, hija. Es para ti. Cuídala mucho. Rufus sabrá cuidarla, ¿verdad, Rufus? — dijo Don Román.
Ladró Rufus, sentado al lado de la silla preferida de su amo, mientras Don Román lo acariciaba y fumaba su pipa.
La servidumbre estaba feliz por Samantha. Su padre era un magnate, dueño de grandes negocios de muchos estilos, inversionista. Desde textiles hasta productos caninos y productos de plástico. Su única hija, Samantha, quería verla feliz, pero la partida trágica de su esposa de un paro cardíaco lo devastó.
Don Román tenía a su enorme San Bernardo llamado Rufus, que jugaba con Samantha y con la pequeña pug que ella nombró Pequeña Damita. Corrían por todo el enorme jardín y su nana, Cleotilde, que siempre estaba a su lado, gritaba:
— ¡Mi niña, tenga cuidado con Rufus, es muy grande y la va a tirar!
— ¡No me tira, me ayuda a subir al columpio con Pequeña Damita! — gritaba Samantha.
— ¡Bien, mi niña, pero ya es hora de lavarse las manos y venir a comer! ¡Ellos también deben de comer! — gritó Samantha.
— ¡Sí, ahí vamos! ¡Vengan, Rufus y Pequeña Damita!
Corría Pequeña Damita y se tropezaba, giraba y caía sentada con sus patitas arriba. Rufus la ayudaba, la agarraba con cuidado por el lomo con el hocico y la llevaba corriendo junto a Samantha, dejándola en el suelo.
— Gracias, Rufus, tú cuidas a Pequeña Damita — dijo Samantha y la cargó.
Les dieron de comer en sus platos y agua. Samantha se lavó las manos y se sentó a comer en el gran comedor, pero ella estaba sola, así que se llevaba su plato y su vaso a la cocina con los empleados.
— Señorita Samantha usted no debe sentarse aquí a comer — dijo Cleotilde.
— ¿Por qué no puedo estar aquí? ¿No decía mi mamá que todos somos iguales y esta es mi casa? Y si quiero comer con ustedes y no sola, sí puedo — dijo Samantha.
Los miró. Juanita, la cocinera, dijo:
— Por mí está bien.
— No tiene nada de malo, ella está sola todo el día con los perros de la casa, no la aísles — dijo Javier, el chofer.
— Está bien, mi niña, comamos aquí — dijo Cleotilde.
Samantha iba a sus clases, el chofer la llevaba y la traía. Fue creciendo, al igual que Pequeña Damita y Rufus. Entró a primer año de secundaria, era una escuela de paga de gente de buena posición. Tenía clases privadas de piano y esgrima, era excelente en ajedrez y empezaba a tomar clases de escalar. Se le dificultaba, pero trataba de hacerlo.
Rufus y Pequeña Damita tomaban clases de entrenamiento. Saltaban obstáculos y Rufus había ganado dos años seguidos unos concursos.
Pero un día llegó algo inesperado. Pequeña Damita se enamoró de otro perro, un pug sin igual, muy blanco, que había ganado el concurso de obstáculos. Rufus estaba enojado, él ganó el segundo lugar.
— Uno muy bueno — le sobaba su cuello y pecho Don Román a Rufus —. Para la otra ganarás.
Pero para Don Román no se enojaba, para él era su perro ganador.
Ahí, Don Román empezó a tener un dolor en el brazo y se sobó con su otra mano.
— ¿Te encuentras bien, papá? — le preguntó Samantha.
— Sí, estoy bien, fue algo sin importancia. Y ustedes, un segundo y tercer lugar, Pequeña Damita es excelente — dijo.
— ¿Y mi Pequeña Damita?
Miraron por todos lados. No la encontraron. Y la ama de Sultán, el del primer lugar, el pug blanco, tampoco estaba.
Editado: 27.09.2026