Llegaron a la cabaña y bajaron a Samantha con Cleotilde y Edgar y los amarraron. Mandó a descansar a los trabajadores y llamó Verónica al abogado, no podía ese día llevar los papeles, pero mañana a primera hora iba a verlos a la cabaña.
La mamá de Verónica les aventó en una charola algo de comer. No quisieron comer Cleotilde y Samantha, pero Edgar sí se comió todo, tenía mucha hambre.
Revisó la línea del teléfono, dijo Samantha:
— Lo cortaron —enseñó el cable roto.
Estaba sentada en la cama Cleotilde. Dijo:
— Debemos de dormir un rato, pero usted señorita debe de escapar con el joven. Yo solo les estorbaría. Y pedir ayuda. No debe de tener a todos, no debe de estar aquí ni Pequeña Damita, se deben de ir, pero mañana. Ahorita es muy peligroso, de noche hay víboras y lobos, es peligroso. Y cuídese mucho, mi niña. Debemos dormir.
Samantha casi no durmió. Edgar durmió en el suelo, le dieron una cobija y en la noche estaba temblando de frío. Así que Pequeña Damita bajó de la cama de un salto y se fue a acurrucar con Edgar y la abrazó él y se durmieron.
Samantha despertó al oír ruido, era la mamá de Verónica, Susana, con chamarras muy gruesas y abrigadoras. Era una mujer bajita e insípida, aunque sus hijos... Verónica era una mujer muy hermosa e impactante, con elegancia y sofisticación, salida de una revista de moda. Sus hermanos igual, rubios, altos, robustos, que daban miedo, aunque no eran muy listos.
Cleotilde le hizo un rebozo como cangurera y le puso a Pequeña Damita. Dijo Cleotilde:
— Tengan cuidado, yo me quedo, voy a ser un estorbo, pero tengan cuidado. Joven, cuídeme a mi niña.
Dijo Edgar:
— Así lo haré.
Se salieron por la ventana y se fueron agachados y se dirigieron al establo. Como estaba en el establo, dijo Edgar:
— ¿Qué hacemos aquí?
Dijo Samantha:
— Voy por Copito de Nieve, es muy noble.
Entraron y resultó que era una yegua muy hermosa, blanca, y relinchaba. Dijo Samantha:
— Ven hermosa, tranquila, ¿te acuerdas de mí?
La tocó y la acarició y le dio un beso, estuvo muy tranquila y feliz Copito de Nieve.
Dijo Edgar:
— Yo no voy a subir a eso.
Dijo Samantha:
— ¿Por qué? ¿No sabes montar a caballo?
Dijo Edgar:
— No.
Copito de Nieve se agachó y se subió Samantha con Pequeña Damita y ayudó a Edgar, le dijo que se sujetara bien de ella.
Así que salieron a caballo a todo galope. Los veía su mamá, o sea Susana, y gritó que se escapaban. Le cerraban los hermanos de Verónica la cerca, así que Samantha gritó:
— ¡Sujétate, no te sueltes!
Edgar la abrazó y de pronto Copito de Nieve saltó como si fuera un ave, como si volara. Y siguió a todo galope. Así que los hermanos se subieron al auto e iban atrás de ellos.
Verónica entró gritando. Cleotilde dijo... dijo Susana:
— ¡Habla! ¿Dónde se fueron?
Dijo Cleotilde:
— No lo sé, yo dormía y se fueron.
Dijo Verónica:
— A otra con ese cuento, ¿a quién fueron a ver?
Jaló a Cleotilde. Dijo Cleotilde:
— De verdad no sé, solo se fueron y sin mí.
Edgar dijo:
— ¿Hacia dónde vamos?
Dijo Samantha:
— A la ciudad y ahí llamamos a la policía.
Veían a lo lejos un evento con tarimas y globos, juegos, comida y muchísimos perros y pistas de obstáculos para los perritos.
Dijo Samantha:
— Hoy es el evento del concurso del Gran Canino, siempre iba Rufus y le ganó este último año Sultán y Dragón, ese Rottweiler es muy bonito.
Seguían a galope por los árboles y piedras. Pero Copito de Nieve iba más lento por la terracería y árboles y barrancos.
Editado: 27.09.2026