Una Vida Perruna

CAPÍTULO 13 CONOCIENDO UN NUEVO HOGAR

Wanda platicaba con Samantha. Le pidió una disculpa por no contestar, había salido de viaje y apenas había regresado. Quedó preocupada por todo lo que le había pasado. Samantha le contó lo de su madrastra. Edgar dijo que él la iba a cuidar y proteger junto con todos esos perritos.

Salió del coche Samantha con la caja con Pequeña Damita y sus tres crías. Se quedó en el coche Wanda con Sultán y se bajaron Rufus con los otros tres perros.

Edgar entró a su casa.

— ¡Mamá, ya llegué! — dijo Edgar.

— ¡Por fin, hijo, me tenías con el Jesús en la boca! ¿Y los perritos? — dijo Doña Candelaria.

— Traje a los perritos y otros perros más, no te enojes por favor, y una joven — dijo Edgar.

— ¿Pero por qué trajiste a tantos? — dijo Doña Candelaria.

Entraron todos los perros y Samantha con la caja cargando.

— ¿Me daría permiso de quedarme hoy? — dijo Samantha.

— ¡Pero criatura, claro que sí! — dijo Doña Candelaria.

La abrazó, les dio de comer y Samantha le contó su historia. La señora se ofreció a ayudarla. Durmieron por esa noche, pero Samantha le habló por teléfono a Cleotilde.

Contestó Cleotilde en su casa.

— Pero mi niña, ¿cómo está? ¿Dónde se encuentra? Ya a todos los corrieron — dijo Cleotilde.

— ¿Que si lo sabía? — dijo Samantha —

¿Y dónde estás? — pregunto Cleotilde

— Con un amigo — dijo Samantha y le dio la dirección.

Colgaron. Le apuntaban con una pistola el hermano de Verónica.

— Gracias. Ahora Cleotilde, vamos a ir por esa bribona — dijo Verónica.

— Yo hice mi parte, renuncié — dijo Cleotilde.

— Claro que no. Tú eres la tutora, necesito la firma de las dos y en esa finca está el abogado y los papeles que van a firmar. Así que vamos a dar una vuelta. Pero antes mi madre va a ir a la veterinaria Huellita Feliz por esos perros — dijo Verónica.

La jalaron y la sacaron, la empujaron al auto. Subió con Verónica y uno de sus hermanos. Su madre y su otro hermano tomaron un taxi, eran bochitos amarillos.

Amaneció y Doña Candelaria fue por la leche y gritaba que ya se levantara Edgar.

— ¿Le puedo ayudar? — dijo Samantha.

— No hija, aquí adelante voy, no me tardo — dijo Doña Candelaria.

— ¡Rufus, vas con ella! — dijo Samantha.

Ladró el San Bernardo y lo siguieron atrás Volcán el pitbull y le siguió el otro pitbull y el tipo pastor alemán.

— No es necesario — dijo Doña Candelaria.

Aún estaba oscuro, así que se fue ella con los cuatro perros que la cuidaban porque era muy temprano. Samantha iba a subir y le gritó a Edgar que su mamá dejó hot cakes. De pronto, de una patada abrieron la puerta.

En la veterinaria llegaron la mamá de Verónica con el hermano de Verónica. Entraron, aún no abrían y resultó que se metieron a la fuerza. Revisaron la veterinaria, no había perritos, solo uno inconsciente, así que se fueron.

Los vio que salían de ahí Camila y la recepcionista. Esta última sí les gritó qué estaban haciendo ahí, pero no le hicieron caso y tomaron un taxi.

Entró la recepcionista al ver la puerta rota y atrás Camila.

— Hola — dijo Camila.

— Hola, ¿quieres ver al cachorro? — dijo la recepcionista.

— ¿Sí puedo? — dijo Camila.

— Sí — dijo la recepcionista.

— ¿Qué pasó? — dijo Camila.

— No lo sé, se metieron a robar, pero no hay nada — dijo la recepcionista.

Entraron y prendió la luz y vio al cachorro, mientras la recepcionista marcó por teléfono a Elisa. Llegó el asistente Jonathan:

— ¿Qué pasó? — gritó Jonathan.

— ¡Aquí estamos! — gritó la recepcionista Ana.

Camila metió su dedo en la jaula y le agarró su patita gorda, se la levantó al pug.

— Te vas a aliviar, bolita de algodón, yo estoy aquí para cuidarte — dijo Camila.

Abrió los ojos bolita de algodón y se movió y chilló, movió su colita. Estaba feliz Camila.

— ¡Despertó bolita de algodón! — gritó Camila.

Se acercaron Jonathan y la recepcionista Ana.




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