Una Vida Perruna

CAPÍTULO 8 LA FUGA DE LOS TRES AMIGOS

Samantha esperó a la noche. Era la medianoche.

Sacó sus útiles de la mochila, agarró el dinero de su mesada — aún tenía un buen para comer algo — agarró una cobija y envolvió a Pequeña Damita. La metió en su mochila junto a su walkman y sus pilas, y se llevó las llaves de su bicicleta.

Tocaron la puerta. Era Juanita y dijo en voz bajita:

— Señorita, le voy a meter su comida, coma por favor. No sé si ya supo, pero corrieron muy feo a Cleotilde. Le traje, señorita, muchas galletas, como sé que le gustan, por si me ordenan que no le suba de comer, al menos tiene que comer.

Samantha dijo:

— Gracias — y la abrazó.

— Sabe que la quiero mucho, como a una hija — dijo Juanita —. Sus padres fueron muy buenos y me regalaron mi casita, mi departamento, y es algo que no se olvida, mi niña.

Le besó la frente y le hizo con el dedo _shhh_.

— Que nadie sepa que le di comida. Y la debo de dejar encerrada.

Samantha dijo:

— Sí, lo entiendo. ¿Y cómo está Rufus?

— Lo maltrató y lo van a llevar para venderlo a peleas, de esas horribles de perros. Y no quiso comer Rufus. Señorita, no va a aguantar. Javier le dijo a la señora que se lo diera, pero le dijo ella que no, que esa empresa de ese perro va a ser de ella.

Samantha dijo: Gracias por decírmelo.

Juanita sacó de la bolsa de su mandil unas llaves:

— Si quiere verlo, esta es la de la jaula y esta chiquita es de su bozal y tiene un clip para que la cadena se suelte.

— Gracias — dijo Samantha.

Se despidieron y la dejó encerrada en su habitación. Así que guardó todas las galletas y comió su gelatina, su leche con un pan y un sándwich. Le dio a Pequeña Damita y le dijo:

— Tenemos que comer bien. Tú vas a ir en mi mochila, no debes de hacer ruido.

La cargó y pesaba. Estaba muy gordita.

— Estás muy gorda y muy pesada. ¿Es porque te la has pasado echada o extrañas a Sultán?

La metió y cerró el cierre, se cargó la mochila, amarró sábanas y cortinas y bajó por la ventana. Se escondía de los de seguridad y fue a buscar a Rufus. Se agachó y lo vio. Abrió la jaula y le dijo:

— Hola Rufus, te voy a sacar de aquí, pero no hagas ruido.

Rufus estaba echado y se puso de pie. Le quitó el bozal y la cadena. Ella le decía que no hiciera ruido. La siguió Rufus como si entendiera lo que decía Samantha, y sí la entendía.

Jaló su bicicleta y no hacían ruido y se escondían de los de seguridad y pasaron la fuente y las jardineras. Abrió la reja y se subió a su bicicleta y le gritó a Rufus que corriera detrás de ella y lo hizo. Así que los tres se fueron sin rumbo, alejándose de ahí, y se perdieron en la noche oscura.

Vieron una caseta de teléfonos públicos y le echó monedas para la operadora y marcó el número de Wanda, pero Wanda había salido de la ciudad, dejó la contestadora y le contó que huyó de la casa y querían matar a Rufus, y no sabía a dónde ir y Pequeña Damita estaba muy gorda, a lo mejor estaba enferma, le colgaba una gran panza, y que iba a buscarla a su casa, porque no tenía a dónde ir.

Colgó y se subió a la bicicleta y atrás de ella corría Rufus. Se perdió en la noche. Ella siempre salía con chofer y no sabía las casas de sus amigos de la escuela, ni las casas de su servidumbre. Se soltó llorando Samantha y se bajó de la bicicleta y vio unas cajas, muchas cajas de cartón, y les dijo:

— Hoy vamos a pasar la noche aquí y nos escondemos con estas cajas. Espero y no haya ratas.

Se sentó en el suelo. Acostó la bicicleta y abrazó a Rufus y sacó de la mochila a Pequeña Damita y durmieron abrazados los tres.




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