Una Vida Perruna

CAPÍTULO 5 UN GRAN AMOR PERRUNO

La joven y Don Román buscaban a Pequeña Damita y a Sultán. Los encontraron a los dos pugs echados en un escenario, encima de unos cables.

Dijo la joven, cruzada de brazos:

— ¡Ha! ¡Con que sí, Sultán! ¿Ella es tu novia y yo preocupándome por ti, señor Casanova? ¡A casa, señor conquistador!

— ¡Pequeña Dama con novio! — dijo Samantha.

— Me llamo Wanda — dijo la joven —. Este es mi número y mi empresa de diseño, para que nuestros perritos estén juntos y tengan bebés.

— Gracias, por lo que veo sí se quieren mucho — dijo Don Román.

Se fueron por separado y los perritos chillaban.

— Tranquila, sí lo vas a ver muchas veces más — dijo Samantha a Pequeña Dama.

Se fueron a la mansión y su padre le dio la noticia a Samantha de que se iba a casar con una buena mujer que trabajaba en la empresa donde él estaba.

Samantha se enojó y le gritaba que tan rápido había olvidado a su madre.

— No es así, lo hago para no estar solos — dijo el señor.

— ¡Pero tenemos a todos aquí y a Rufus y a Pequeña Damita, no me hagas esto! — dijo Samantha.

— Ya es una decisión tomada. Pasado mañana nos casamos por el civil y va a vivir en esta casa — dijo su padre.

— ¡No lo acepto y no la quiero aquí! — dijo Samantha.

— Algún día lo entenderás por qué lo hago — dijo su padre.

Subió corriendo, lloraba en su habitación y azotó la puerta. Se acostó en la cama. La vio Pequeña Dama y la abrazó.

— Solo tú y Rufus me quieren. Mi papá va a traer a una bruja a esta casa. Es mi casa y de mi mamá, ella no va a ocupar su lugar — dijo Samantha.

La llevó a conocer. Era una mujer muy guapa y sofisticada, de esas mujeres salidas de revista de moda. Samantha demostró su descontento con ella, al igual que ella, sonrisa fingida, llamada Verónica. Sentados en la mesa se vio lo culta y muy distinguida, a decir verdad, mujer perfecta, y eso a Samantha no le pareció.

— ¿A qué se dedica? — dijo Samantha.

— Asistente personal de tu padre — dijo Verónica.

— Con razón, ahí lo engatusó — dijo Samantha.

— ¡Samantha! ¿Qué te sucede? Esos no son los modales de una señorita, discúlpate — gritó su padre.

— Descuida, a su edad es lógico que no confíe. No nos habíamos conocido antes y espero que me conozcas y verás que no soy una bruja que quiera engatusar a tu padre, sino que mires el gran amor que le tengo y podamos ser amigas — dijo Verónica.

— Eso espero — dijo Samantha.

Comieron y les dieron la noticia de que se iban a casar. Según, él se iba a ir a dejar a su prometida. Samantha estuvo llorando abrazando a Pequeña Damita y a Rufus. Tocaron la puerta.

— ¿Puedo entrar, mi niña? — dijo la nana Cleotilde.

— Sí — dijo Samantha.

Entró y vio que Samantha se limpiaba las lágrimas.

— Pero mi niña, ya no llores — dijo la nana y la abrazó. Se soltó llorando Samantha.

— No confío en ella, se ve que es hipócrita — dijo Samantha.

— Sí, lo sé, a mi parecer solo finge, pero tu padre está muy decidido a casarse y ¿qué podemos hacer? Yo he hablado con él, pero no entiende razones. Argumenta que tú necesitas una mamá y no debes de estar sola — dijo la nana.

— Pero tengo a mi papá, a ustedes y a Pequeña Damita y a Rufus — dijo Samantha. Ladraron y Pequeña Damita puso sus patitas en la rodilla de la adolescente.

Don Román llevó a Verónica a su departamento y se despidió, vio que entrara a su edificio y se subió al coche. Le dio una punzada en el brazo que le recorrió el pecho, se quejó y se sobaba el brazo, tiró las llaves y se tranquilizó, levantó las llaves y arrancó el auto.

Al llegar a su mansión fue a su despacho y le habló por teléfono de cuello de cisne al abogado. Le dijo que preparara todo, ya sentía su fin, ya que el medicamento no le hacía.

Colgó y llamó a Cleotilde. Entró.

— ¿Me llamaba, señor?

— Sí, quería saber si ya se durmió Sami.

— Sí, señor, ya está descansando. Y si me lo permite...

— Adelante, dígame.

— Está muy triste por su casamiento con la señorita Verónica.

— Lo hago por su bien, es buena mujer. Ella no lo ve así porque está muy chica, pero acabará por aceptarla y llevarse bien — dijo Don Román.




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