Cuando salieron de la cafetería, ninguno de los dos tuvo apuro por despedirse.
El café ya se había terminado.
La conversación también.
Pero los dos seguían caminando despacio por la vereda, como si ninguno quisiera ser el primero en decir "nos vemos".
La tarde estaba tibia.
Había estudiantes cruzando la calle, colectivos pasando y el ruido habitual del centro, pero alrededor de ellos parecía haberse formado una burbuja donde todo iba un poco más lento.
Ciro llevaba las manos en los bolsillos.
Bastián caminaba a su lado, mirando el piso por momentos y levantando la vista cada tanto.
Bastián soltó una risa.
Bastián negó con la cabeza.
Otra vez esa palabra.
Observar.
Ya se había convertido en algo que solo ellos entendían.
Llegaron hasta la esquina donde normalmente cada uno tomaba un camino distinto.
Los dos frenaron casi al mismo tiempo.
Silencio.
Los dos se rieron.
Era extraño.
Ya no necesitaban buscar tanto las palabras.
Las pausas habían dejado de ser incómodas.
Ciro volvió a hablar antes de irse.
Bastián tardó unos segundos.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
En cuanto terminó de decirla sintió que había hablado de más.
Bajó la vista.
La voz de Ciro fue tranquila.
Bastián levantó despacio la cabeza.
Ciro lo estaba mirando con una expresión distinta.
Más suave.
Ninguno habló durante varios segundos.
Hasta que un bocinazo desde la calle rompió el momento.
Los dos rieron por la interrupción.
Otra vez nadie se movió.
Hasta que finalmente Ciro dio un paso hacia atrás.
Bastián esperó.
Él sonrió.
Bastián soltó una carcajada.
Cada uno empezó a caminar en dirección contraria.
Después de unos veinte metros, casi al mismo tiempo, ambos giraron.
Se encontraron mirándose otra vez desde lejos.
Ninguno esperaba que el otro también se hubiera dado vuelta.
Los dos sonrieron.
Pequeño.
Natural.
Después siguieron caminando.
Esa noche
Bastián estaba acostado mirando el techo.
El celular vibró.
No necesitó mirar el nombre.