Bastián no volvió a preguntarle a Ciro por su pasado durante el resto del día.
Había aprendido algo importante.
Cuando Ciro decía que todavía no podía hablar de algo, insistir no hacía que confiara más.
Hacía lo contrario.
Así que esperó.
Esa noche, cerca de las once, el celular vibró.
Ciro:
"¿Estás despierto?"
Bastián sonrió.
"Sí."
Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.
Desaparecieron.
Volvieron.
Hasta que finalmente llegó el mensaje.
"¿Podemos hablar?"
Bastián se incorporó en la cama.
"Claro."
Esta vez Ciro tardó bastante más.
"No quiero que pienses que no confío en vos."
Bastián respondió:
"Nunca pensé eso."
"Hay una parte de mi vida que nunca te conté."
Bastián sintió que algo cambiaba.
"Si querés contarme, te escucho."
Pasaron casi dos minutos.
Entonces llegó:
"No sé cómo empezar."
Bastián escribió:
"Por el principio."
Ciro tardó.
Después:
"Se llamaba Tomás."
Ciro había conocido a Tomás cuando tenía diecisiete años.
No había sido una amistad inmediata.
Al principio apenas compartían algunos grupos.
Después comenzaron a entrenar juntos.
Después a salir.
Después a hablar todos los días.
Y, finalmente, a contarse cosas que no le contaban a nadie más.
Tomás sabía todo de Ciro.
Sus problemas.
Sus inseguridades.
Las discusiones con su familia.
Sus planes.
Sus miedos.
Incluso aquellas cosas que Ciro todavía no se animaba a reconocer sobre sí mismo.
Eran inseparables.
Hasta que un día algo cambió.
Ciro:
"Empezamos a darnos cuenta de que había algo más."
Bastián leyó el mensaje sin responder.
Otro apareció.
"Nunca dijimos 'me gustás'."
"Pero los dos sabíamos."
Bastián sintió una presión en el pecho.
Ciro continuó.
"Nos buscábamos todo el tiempo."
"Nos poníamos celosos."
"Nos enojábamos cuando el otro salía con alguien."
"Y después fingíamos que no pasaba nada."
Bastián escribió:
"¿Por qué no hablaron?"
La respuesta tardó.
"Porque teníamos miedo."
Ciro le contó que durante meses vivieron en ese lugar extraño.
Demasiado cercanos para llamarse amigos.
Demasiado asustados para llamarse algo más.
Hasta que una noche Tomás se lo dijo.
No fue una declaración romántica.
No hubo música.
No hubo un momento perfecto.
Fue después de una discusión.
Tomás estaba cansado.
Cansado de fingir.
Y le preguntó directamente:
—¿Qué somos?
Ciro no supo responder.
Tomás esperó.
Ciro tampoco dijo nada.
Y ese silencio fue la respuesta.
Después de aquella noche intentaron seguir como si nada.
No funcionó.
Todo empezó a sentirse diferente.
Las conversaciones tenían tensión.
Los abrazos duraban demasiado.
Los silencios significaban cosas.
Y los celos se volvieron constantes.
Hasta que llegó el día que terminó todo.
Ciro:
"Fue por una estupidez."